Nicola
El sótano tenía ese aire pesado que siempre me había provocado tranquilidad, incluso cuando era un niño y mi padre me traía aquí para presenciar cómo se trataba a los traidores.
Siempre olía a hierro oxidado, a humedad atrapada por años entre las paredes gruesas de piedra. La luz era tenue, apenas suficiente para guiarme, pero eso no importaba. Ya sabía cómo moverme aquí debajo.
Con cada paso que daba, sentía el pulso en mi sien martillando con fuerza. La idea de que Valentina y Bianca pudieran estar tan cerca y que no lo hubiera notado antes me corroía por dentro.
No podía permitirme otro error, no esta vez. Tenía que encontrarlas.
Ella... mi principessa... estaba en algún lugar de este maldito sótano.
Giré en una de las esquinas, acercándome al final del pasillo oscuro, cuando un golpe seco me alcanzó por detrás de la cabeza. El impacto fue tan fuerte que me dejó sin aire, cayéndome de rodillas
Llevé una mano a la cabeza, sentí el calor del líquido pegajoso entre mis dedos.
—Mierda… —jadeé antes de que todo se volviera más oscuro por un momento.
A pesar del dolor, me obligué a levantarme.
El mundo giraba a mi alrededor, los sonidos se volvían ecos lejanos y distorsionados. Apreté los dientes y me sostuve de la pared para evitar caer de nuevo.
Tenía que seguir adelante. Tenía que encontrarlas. Mis piernas se sentían pesadas, pero el dolor no me detendría. No ahora.
Fue entonces cuando alguien pasó a mi lado. Una figura masculina, vestida de cuero, se paró frente a mí. Su rostro estaba cubierto por una máscara oscura, sus movimientos eran calculados y controlados. Parecía que me había estado esperando.
—Nicola Moretti... —su voz era baja, con un tono de burla que me hizo hervir la sangre. —Bienvenido al infierno de Shadow.
La postura... su voz... había algo familiar en él. Pero mi mente, aún aturdida por el golpe, no conseguía encajar las piezas. ¿Quién demonios era?
Me enderecé, afirmándome a la pared, y lo miré directo a los ojos.
—¿Dónde están? —gruñí, luchando por mantener el autocontrol, aunque la rabia se filtraba en mi voz.
La figura no se movió de inmediato, como si disfrutara del dolor que me estaba provocando. En lugar de responderme con palabras, escuché que bufó divertido, podía imaginar su sonrisa bajo la máscara, y comenzó a caminar lentamente hacia mí.
—¿Eso es lo que te preocupa ahora, Moretti? —su tono era burlón, casi como si estuviera disfrutando del momento. —¿Tus mujeres?
Avancé con rapidez, levantando mi puño para derribarlo, pero él fue más rápido. Saltó hacia un lado, evitando mi ataque. Estaba jugando conmigo, como un gato que acecha a su presa antes de dar el golpe final.
Intenté recuperarme, avanzando para encontrar a las chicas, pero el golpe anterior aún me nublaba la vista. La risa de Shadow resonaba por todo el sótano.
—No tienes escapatoria, —seguía riendo mientras me seguía de cerca, sin necesidad de apresurarse.
No me importaba lo que dijera. No me detendría.
Cada sala de tortura que dejaba atrás, cada rincón del sótano que revisaba, me acercaba más a ellas. Podía sentirlo.
Me movía lo más rápido que mis piernas entumecidas me lo permitían. Shadow mantenía la distancia, pero no lo suficiente como para perderme de vista.
—¿Te preguntas por qué no te detengo, Nicola? —Dijo, su voz ahora sonando como un susurro que rebotaba en las paredes. —Es divertido verte correr sin rumbo. Ver cómo desesperas por algo que nunca vas a recuperar.
Mi rabia aumentaba.
—Te mataré... —murmuré entre dientes mientras avanzaba hacia otra habitación.
Giré una esquina, y frente a mí otro pasillo igual al anterior. Las puertas eran idénticas. Todo se veía igual. La misma piedra, las mismas luces intermitentes y ese maldito olor a muerte.
Algo estaba mal. Mi mente aún nublada me estaba engañando, haciéndome ver cosas que no eran.
Mis instintos me empujaban hacia adelante. El dolor en mi cabeza, el latido constante, me mantenía al borde de la desesperación, pero no iba a rendirme.
—Ya estás cerca... —dijo Shadow, su voz ahora más cerca. —Pero no llegarás a tiempo.
Ignoré sus palabras. Seguía buscando, moviéndome cada vez más rápido, abriendo puertas, revisando las habitaciones vacías. Valentina y Bianca estaban allí, en algún lugar de ese maldito laberinto.
Un susurro detrás de mí, un movimiento apenas perceptible. Me di la vuelta rápidamente, pero no había nadie. Las sombras del pasillo parecían haberse tragado todo.
Avancé nuevamente, mi respiración pesada y cada músculo de mi cuerpo pidiendo que me detuviera. Pero no podía.
Ellas me necesitaban.
Al fondo del pasillo, entre las sombras y la oscuridad de las demás salas, una puerta dejaba ver la luz encendida de una sala.
Sabía que allí estaban.
Avancé un paso, antes de sentir un golpe brutal en el estómago. El aire se me escapó de los pulmones, y caí al suelo, jadeando por recuperar el aliento.
Shadow había pasado por mí, dándome un golpe certero, y ahora estaba detrás, a unos pocos pasos de distancia.
—Es el final del camino, Moretti —lo escuché muy cerca. —No van a salir de aquí.
Intenté levantarme, aunque el dolor me intentaba paralizar. La figura de Shadow se acercaba, disfrutando de cada segundo de mi sufrimiento.
Pero no importaba. No podía detenerme. No lo haría.
Me levanté de nuevo, tambaleándome, con la vista fija en esa puerta al final del pasillo. Tenía que llegar.
Cada paso que daba, mi corazón latía más rápido, sabiendo que estaba cada vez más cerca de ellas. Valentina y Bianca me esperaban al otro lado.
Con mucho esfuerzo, llegué a la puerta.
Me apoyé en el marco, forzando mi cuerpo debilitado a seguir. Mi vista aún estaba nublada, pero no me importaba.
El dolor en mi costado me recordaba lo ineficiente que había sido al no preveer los ataques, cada respiración me costaba más que la anterior. Pero no podía detenerme ahora.
Empujé la puerta con todas mis fuerzas y entré, pero la energía me abandonó por un momento y caí de rodillas. A pesar de todo, lo único que me importaba era lo que estaba frente a mí.
Las escuché gritar, aterrorizadas, y mi mirada se enfocó de inmediato en ellas.
Bianca y Valentina.
Había pasado días de tortura mental, de no saber si las volvería a ver. Ahora estaban allí, atadas y magulladas, pero respirando.
Por un segundo, el alivio recorrió mi cuerpo, aunque fue solo un respiro breve.
Porque junto a ellas, de pie en las sombras, estaba la Pantera.
Mi mirada se endureció al verla. Esa figura...
Algo no encajaba, aunque no lograba comprender qué. Algo en su postura, en su altura... Era diferente a la Pantera que había visto antes, incluso si la había visto en una pantalla.
—Nicola... —la voz de Valentina era apenas un susurro cargado de angustia.
Intenté levantarme, pero mis músculos seguían rígidos, mi cuerpo estaba debilitado por el golpe y por no haber descansado desde el día que habían desaparecido. Apreté los dientes y forcé mis piernas a moverme. No podía parecer débil. No delante de ellas.
Me puse de pie con dificultad, pero mi mirada nunca dejó de estar fija en la Pantera.
—Pensé que no llegarías, —su voz fría y burlona cortó el aire, una voz que sin dudas había escuchado antes.
La máscara oscura cubría su rostro, pero sus ojos... esos malditos ojos parecían disfrutar del sufrimiento ajeno.
Valentina tenía la mirada fija en mí, sus ojos llorosos pero llenos de rabia. La sangre en el rostro de Bianca estaba seca, haciendo que su mirada fuera más terrorífica.
—Las soltarás ahora, —mi voz salió forzada, mientras me plantaba firme sobre mis pies.
La Pantera soltó una risa fría.
—Siempre tan predecible. ¿De verdad crees que puedes venir aquí y llevártelas así como así?
Di un paso adelante. Cada músculo en mi cuerpo exigía lanzarse contra ella, arrancarle esa máscara y hacerla pagar por todo lo que les había hecho.
Mi instinto me gritaba que algo estaba mal. Que ésa no era la misma mujer que había visto antes.
Pero eso no importaba. Tenía que sacar a Valentina y a Bianca de allí.
Y ella, fuera quien fuera, moriría.