Nicola
Estaba sentado en mi oficina, la que estaba conectada directamente con mi habitación, evaluando una vez más todo lo que teníamos sobre los Camorra.
Una pizarra grande ocupaba casi toda una de las paredes. En ella había fotos, mapas, diagramas de las rutas que usaban, las conexiones entre sus principales familias y las bases que ya habíamos atacado. Cruzaba información, líneas y flechas que se entrelazaban como una telaraña.
Me froté el puente de la nariz. Estaba muriendo por dentro con cada minuto que pasaba.
El ruido de la puerta abriéndose me sacó de mis pensamientos, aunque no giré para mirar. Sentí los pasos pesados de mi padre acercándose. Sabía que era él antes de que dijera una palabra.
—Estoy sorprendido, —dijo con su tono habitual, mientras se acercaba a mi lado, deteniéndose frente a la pizarra. —En menos de 48 horas has desmantelado más de diez bases de los Camorra.
Mi mandíbula se tensó, pero no me moví, mis ojos fijos en las fotos y conexiones que había trazado. Mis pensamientos seguían fijos en un solo punto.
—Sí, —murmuré, sin emoción en mi voz. —Y nada de Bianca y Valentina.
Mi padre se quedó en silencio por un momento, mirando la información que tenía frente a él, pero yo podía sentir su mirada sobre mí.
—¿Qué pasa si no fueron ellos los que las llevaron? —dijo entonces, su voz cortando el aire como un cuchillo.
Esa pregunta me hizo contener el aire. Me giré para mirarlo, mi ceño fruncido, mi corazón acelerándose aunque no lo demostrara externamente.
—¿Qué quieres decir? —pregunté, pensar que estaba en los pasos equivocados...
Mi padre se cruzó de brazos, su postura era tensa, también estaba sufriendo por el secuestro de Bianca, sus ojos no se detenían, analizando todos los ángulos de la información delante de nosotros.
—Has estado tan enfocado en los Camorra, en destruir su territorio, que quizá te estás perdiendo algo. —Hizo un gesto hacia la pizarra, como si quisiera señalar algo invisible. —¿Qué pasa si esta Pantera ha estado jugando con nosotros?
Sus palabras me golpearon. Sentí un nudo en el estómago. No, no era posible. Las pistas apuntaban a los Camorra, las marcas, los hombres que habían dejado, todo.
Pero al mismo tiempo... no había encontrado nada sobre las chicas. Nada concreto.
Mis pensamientos se aceleraron. ¿Y si tenía razón? ¿Y si había estado perdiendo el tiempo atacando el frente equivocado?
Me giré de nuevo hacia la pizarra, con la mandíbula apretada y la mente en marcha. Revisé todas las conexiones otra vez, las bases atacadas, los nombres de los jefes de los Camorra, las rutas que utilizaban.
Algo no cuadraba.
—Mira las cámaras de seguridad otra vez, —dijo mi padre, caminando a mi lado, observando la pizarra con un gesto de preocupación y ansiedad. —Revisa los movimientos, vuelve a repasar los detalles. Algo no encaja.
Asentí. Ya había visto las cámaras antes, decenas de veces, pero si había algo que me estaba perdiendo, algo que había pasado por alto, necesitaba volver a revisar todo desde el principio.
Justo en ese momento, un golpe en la puerta interrumpió mis pensamientos. Un guardia entró, sosteniendo un sobre en la mano. Mi mirada se oscureció.
—Señor, —dijo el guardia, caminando hacia mí y entregándome el sobre. —Esto estaba en la mesa de la entrada, dirigido a usted.
Lo abrí con rapidez, y lo primero que vi fueron las fotos. Mi corazón se detuvo por un segundo.
Las imágenes eran claras y crueles, golpeándome directo en el pecho como un puñetazo.
Valentina, sentada en el suelo, con las manos atadas a su espalda, su rostro cubierto de lágrimas.
Pero lo que más me impactó no fue el hecho de verla en esa posición, sino la expresión en sus ojos. Un odio feroz, una determinación indomable. Sus dientes estaban apretados, y aunque lloraba, su mirada era letal.
Pero no estaba sola. Bianca estaba inconsciente con la cabeza sobre su regazo. La sangre caía desde una herida en la cabeza.
Las fotografías de ambas atadas, heridas, me desgarró el alma. Sentí cómo la rabia empezaba a consumir todo rastro de autocontrol que me quedaba.
Y luego, el mensaje.
Se te acaba el tiempo...
—¿Qué es eso? —preguntó mi padre, aunque su voz ya había perdido su calma habitual.
Le entregué las fotos sin decir nada, las palabras atoradas en mi garganta. Cada músculo de mi cuerpo estaba tenso, cada pensamiento de mi mente gritaba por venganza.
—La Pantera, —murmuré, mi voz apenas audible salía de entre mis dientes apretados.
Mi padre miró las fotos en silencio, sus ojos abriéndose con dolor y furia.
Mi mente vagaba en círculos, buscando una grieta en el plan de la Pantera, algún error. Algo que me dijera dónde estaban las chicas.
Me levanté, sacándole las fotos de las manos a mi padre, corrí hasta mi habitación y encendí las pantallas. Revisé las cámaras de seguridad una vez más. Era la enésima vez que veía esas grabaciones, los mismos momentos, los mismos movimientos repetidos en una secuencia interminable.
Pero algo seguía faltando. Tenía que haber una pieza en el rompecabezas que no había visto antes.
Miré las imágenes desde el momento en que Valentina y Bianca habían desaparecido de la fiesta. La Pantera las había secuestrado sin dejar ni un rastro. ¿Cómo era posible?
Había guardias, había cámaras... Y sin embargo, nada.
Estaba pegado a la pantalla de la computadora, mis ojos recorriendo una y otra vez las imágenes, buscando cualquier detalle que me hubiera pasado por alto. Mis manos estaban tensas sobre el escritorio, el tic tac constante del reloj resonando en mis oídos.
El maldito tiempo pasaba, y ellas seguían ahí fuera, en algún lugar. Si algo más les pasaba… no, no lo permitiría.
De repente, algo captó mi atención.
Un movimiento casi imperceptible en la esquina de una de las cámaras. Apenas se veía, pero estaba ahí. Fruncí el ceño, acercándome más a la pantalla.
Sobre una pared que parecía a simple vista vacía, una sombra cruzó, desapareciendo casi tan rápido como había aparecido.
—¿Qué demonios...? —murmuré para mí mismo mientras rebobinaba el video.
Volví a verlo. Ahí estaba otra vez. Un punto ciego, apenas visible. Algo o alguien había pasado por ahí. Me incliné hacia adelante, concentrándome en el punto.
Tomé las fotos de las chicas, esas malditas imágenes que me atormentaban, y las revisé una y otra vez. Observé cada detalle. El suelo, las paredes… y entonces me dí cuenta.
Conocía el lugar.
—Maldita sea, —escupí mientras me levantaba de golpe, el sudor frío corriendo por mi espalda.
Había pasado horas ahí.
Mi corazón martilleaba en mi pecho, la adrenalina inundando cada fibra de mi cuerpo. No había tiempo que perder. Salí de la habitación, mis pasos resonando contra el suelo de mármol, rápidos y decididos.
Mientras bajaba las escaleras, casi me choqué con Lorenzo. Me llamó, tratando de detenerme, pero no podía escuchar nada más que el rugido en mis oídos, esa furia ardiente que me impulsaba hacia adelante.
—¡Nicola! —gritó, pero lo ignoré, empujando la puerta hacia el patio con fuerza.
Mi mente trabajaba a toda velocidad, repasando cada detalle de las imágenes. Me paré en medio del patio, mis ojos fijos en el lugar donde había visto ese maldito movimiento.
Lo sabía. Algo estaba escondido aquí.
Observé la cámara de seguridad sobre la pared, justo al lugar donde el movimiento había sido captado. Respiré hondo, dejando que el aire frío de la noche llenara mis pulmones. Mis ojos escanearon cada centímetro del terreno.
Me moví hacia los arbustos con rapidez, apartando las ramas con una mano. Y ahí estaba. Una pequeña puerta, medio oculta a simple vista. Nadie la hubiera visto si no sabías qué buscar.
—¡Hijos de puta! —gruñí entre dientes, apretando la mandíbula con tanta fuerza que dolía.
Ese maldito lugar, que para mí había sido una segunda casa, era el mismo sitio donde las estaban escondiendo.
Esa puerta llevaba a mi maldito sótano.