Capítulo 56

1442 Palabras
Valentina Horas, tal vez habían pasado días. La oscuridad de la habitación nos envolvía, solo rota por la tenue luz que se filtraba por una pequeña ventana en lo alto de la puerta. Mi cuerpo estaba adolorido, el frío de las cadenas alrededor de mis muñecas y tobillos me hacía temblar, pero lo peor era el hambre, la sed… y el miedo. Había visto al tipo, el hombre al que la Pantera llamaba Shadow, entrar en la habitación varias veces. Se había llevado los cuerpos de Ana y Sofía, como si fueran nada más que sacos de basura. También había dejado algo de comida. Bianca y yo apenas habíamos tocado esos pedazos de pan seco y agua. Sabía que tenían algún tipo de somnífero, porque cada vez que comíamos un poco, el sueño nos vencía. Nos mantenían medio dormidas, casi sin fuerzas. Bianca estaba justo a mi lado, su respiración entrecortada me indicaba que había estado llorando, pero ya no le quedaban lágrimas. Estaba agotada, su cuerpo temblaba, pero más por el miedo que por el frío. —Tenemos que salir de aquí, —murmuré en un susurro apenas audible, no sabía si alguien nos escuchaba o si había cámaras, pero tenía que intentarlo. Ella apenas giró la cabeza hacia mí, con una expresión de resignación en sus ojos. —Valen, cambiaron las cuerdas por cadenas, —respondió en un murmullo. —Esto es difícil… —Su voz era apenas un susurro de la chica fuerte que conocí. Pero luego levantó un poco la cabeza y murmuró algo que me dejó sorprendida. —Aunque... podríamos coquetear con Shadow. Una risa ronca resonó desde una esquina de la habitación, y mis músculos se tensaron al instante. Él apareció de las sombras, su figura alta y oscura se recortaba contra la tenue luz. Su rostro seguía cubierto parcialmente, pero podía ver la mueca de diversión en su boca. —Sería divertido verlas intentarlo, —dijo con voz grave, —pero no pasará. Escuchar la ironía en sus palabras hizo que la bilis subiera a mi garganta, no sabía si él disfrutaba más vernos desesperadas o mirándonos desde las sombras. Quise gritar, pero estaba agobiada, el miedo y la rabia se mezclaban dentro de mí. —¿Por qué nos hacen esto? No tenemos nada que ver con… —comenzó a decir Bianca, pero Shadow la interrumpió con un gruñido, acercándose un paso hacia nosotras. —Tienen todo que ver, —respondió con furia, apretando los dientes. —Por culpa de tu familia, la familia de la Pantera está muerta. —La amargura en su voz se intensificó. —Siempre hacen todo sin pensar en los inocentes. —¡Nosotras somos inocentes! —grité de repente, mi voz escapando en un rugido que ni yo misma esperaba. Mis ojos destilaban ira y desesperación. No podía creer que nos estuvieran acusando de algo así. Pero Shadow solo se rio. Una risa cruel, llena de desprecio. —No, piccola, —dijo, sus palabras llenas de burla. —No lo son. Y tú menos que nadie. Un escalofrío recorrió mi columna. De repente, la puerta se abrió de golpe y entró la Pantera. Pero esta vez algo estaba diferente. Había una tensión en su postura que no había visto antes. Su máscara cubría su rostro, como siempre, pero sus ojos… sus ojos tenían algo distinto. Eran ojos que yo había visto antes. Antes de que pudiera hacer nada, la Pantera me lanzó un golpe, pero Bianca se movió rápido, interponiéndose entre nosotras. El golpe resonó en la habitación y vi cómo mi amiga caía al suelo, con su cabeza sangrando. La Pantera tenía un objeto metálico en la mano, que ahora estaba manchado con sangre. Bianca gimió de dolor mientras yo sentía que la rabia crecía en mi interior. —¡Maldita loca! —grité, mi voz llena de furia mientras tironeaba de las cadenas que me ataban. Intenté levantarme, moverme, hacer algo, pero la fuerza de las cadenas me mantenía atrapada. La Pantera se detuvo por un momento, mirando a Bianca en el suelo, luego volvió su atención hacia mí, una sonrisa visible por sus palabras. —Así que Nicola no es el único Moretti que está dispuesto a saltar delante de tí, —dijo con una burla en su tono, su voz cargada de un veneno que me estremeció. Pero había algo más... Esa voz.... Estaba segura de que la había escuchado antes. Ella levantó su mano de nuevo, el brillo metálico del objeto listo para golpearme, pero esta vez Shadow la detuvo. Su mano atrapó la muñeca de la Pantera en el aire, con una fuerza que parecía inesperada. —Basta. —Su voz era firme, él estaba enojado. Ella lo miró con furia, pero él no se movió, su postura rígida, como si la estuviera midiendo. Retrocedió, liberando su brazo, y dio un último vistazo a Bianca, que ahora estaba inconsciente en el suelo, su cara manchada de sangre. —Principessa, —susurró la Pantera mientras me miraba, sus palabras llenas de burla. —No saldrán con vida de aquí. Se agachó lentamente, sacó una cámara de algún lugar de su traje, y con la tranquilidad de quien disfruta un momento especial, nos tomó varias fotos. —Le mandaré besos y abrazos a tu prometido, —dijo con tono irónico, el clic de la cámara sonaba una y otra vez. —¿Quién sabe si no decide sumarse a nuestra fiesta aquí? Mi estómago se revolvió. Nicola. El mero pensamiento de él acercándose a este infierno me paralizó por un segundo, pero la furia rápidamente superó el miedo. Mis manos tiraron de las cadenas, sintiendo cómo la piel de mis muñecas se rozaba contra el metal, pero no me importaba. —¡Maldita! —gruñí entre dientes, luchando por liberarme. La Pantera solo se rió, esa maldita risa aguda que me perforaba los oídos como agujas. Se giró con lentitud, caminando hacia la puerta, como si no hubiera ninguna prisa, como si todo estuviera bajo su control. Y lo estaba... de momento. —¡Esa no es la Pantera! —le grité a Shadow. Él estaba ahí, de pie, observando en silencio. No movió un solo músculo, pero sé que me escuchó. Lo vi tensarse por un segundo, aunque rápidamente volvió a esa pose impasible, sin decir nada. —¿De verdad crees que Nicola te va a perdonar la vida cuando sepa lo que le han hecho a Bianca? —le pregunté con odio en la voz, forzando cada palabra. Mi ira iba dirigida a ambos. No solo por mí, sino por lo que le estaban haciendo a Bianca. Mi mejor amiga, que ahora estaba desmayada, por salvarme. Shadow se mantuvo en silencio, su silueta apenas visible a la luz tenue del lugar. —¿Y eso a ti, en qué te afecta, piccola? —respondió finalmente, su voz gélida y desprovista de emoción, como si nada de lo que sucedía le importara en absoluto. Me reí. Una risa amarga, casi desquiciada. Mi cuerpo temblaba por la furia acumulada, pero también por el miedo, el terror de perder a Bianca, de perderlo todo. —En nada... Al final, yo voy a matarlos a los dos, —le dije, mi voz tan baja que apenas fue un susurro, pero lo suficientemente clara como para que él lo escuchara. Mis ojos se clavaron en los suyos, transmitiendo todo el odio que sentía. —A esa perra por lo que le hizo a Bianca... y a ti, por permitirlo. Una sonrisa cruzó su rostro. Era cruel, pero también había algo peligroso en ella. Se acercó lentamente, hasta quedar frente a mí. Su rostro estaba a pocos centímetros del mío. Podía sentir su respiración en mi cara. —Estoy deseando verte intentarlo, piccola, —murmuró con una suavidad que me heló la sangre. Y antes de que pudiera reaccionar, me besó. Un beso rápido, robado, lleno de posesión mezclada con desprecio. Su boca apenas rozó la mía, pero fue suficiente para que sintiera el impulso de apartarme. Él se alejó, con esa sonrisa arrogante todavía en sus labios, dejándome atrapada en mi odio y mi impotencia. Mi corazón latía con furia en mi pecho, y lo único que podía pensar era en cómo cada segundo que pasaba me acercaba más al punto de quiebre. —¡Maldito enfermo! —grité con la voz rota, llena de rabia, mientras lo veía salir de la habitación, dejándonos a Bianca y a mí atrapadas en esa pesadilla sin escapatoria. El sonido de la puerta cerrándose detrás de él sonó en la sala como una sentencia final.
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