Pantera
Caminar por los pasillos de la mansión Moretti era tan fácil como caminar por mi propia casa.
Lo que hacía todo esto fuera tan ridículamente simple.
Aquellos que se creían invulnerables, rodeados de guardias y seguridad, siempre olvidaban el detalle más insignificante: la confianza.
Había sido un juego sencillo. Los hombres que se suponía la cuidaban... pobres excusas de soldados.
Bastó con una droga, algo tan básico como una distracción y un sedante disuelto en sus bebidas, para que cayeran. Ni siquiera tuvieron tiempo de darse cuenta de lo que les había pasado.
Saboreé el recuerdo con una pequeña sonrisa. Deshacerse de ellos fue más fácil de lo que esperaba.
Mientras me movía en la penumbra, Shadow apareció a mi lado, su figura alta y tensa. Siempre a mi sombra, siempre con esa mezcla de lealtad y desconfianza.
—La doble se pasó, Pantera. —Su voz era baja, pero llena de reproche. —No debía dejarlas tan marcadas. —Me miró de reojo, evaluando mi reacción.
—¿Tú crees? —respondí sin mirarlo, mi tono seco, cargado de desdén. Sabía exactamente lo que había pasado.
Las dobles eran necesarias en este tipo de operaciones. Necesitaba estar en varios lugares a la vez para desviar la atención.
Confundir, distraer, ganar tiempo.
Pero la incompetencia... esa era otra cosa.
—Es una maldita inútil, —le respondí, mi mirada fija al frente, a mí siguiente objetivo.
Sabía que no tendría que buscar mucho para encontrar a esa doble inútil. El miedo se olía en el aire, llevándome a dónde ella estaba. Nadie quería enfrentarme.
Doblé una esquina del oscuro pasillo y entré a la habitación donde estaba. La impostora. La que se había atrevido a usar mi rostro, a llevar mi máscara... y había fallado miserablemente.
El pánico se reflejaba en sus ojos antes incluso de que me viera entrar. La joven estaba agachada en una esquina, temblando como un animal herido, incapaz de mantener su dignidad.
—Señora... yo... no fue mi culpa... —comenzó a balbucear, intentando explicar lo que fuera que creía que me importaba.
La miré con una frialdad que helaría la sangre de cualquier ser humano decente. Pero yo no era decente.
—¿Tu culpa? —repetí, mi tono cargado de sarcasmo. Me acerqué lentamente, disfrutando del miedo que destilaba con cada respiración. —¿De verdad crees que me importa quién tuvo la culpa?
Ella tembló, su cuerpo encogiéndose aún más, como si quisiera desaparecer dentro de sí misma.
Cobardía.
—Por favor... —gimoteó, arrastrándose hacia atrás hasta que su espalda chocó contra la pared. —Lo haré mejor la próxima vez, lo juro... —Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro, y todo lo que pude sentir fue un desprecio profundo.
Despreciaba a la gente débil.
Me arrodillé, quedando justo frente a ella. Mi máscara cubría mi rostro, pero podía ver en sus ojos que lo último que quería era verme de cerca. Extendí una mano y le acaricié la mejilla, con una suavidad que podría haber sido tierna... si no fuera por el veneno que ocultaba.
—Oh, querida, —dije suavemente, casi susurrando, mis dedos acariciando su piel con la delicadeza de una madre amorosa. —¿De verdad estás arrepentida?.
Dejó escapar un suspiro de alivio antes de asentir con rapidez varias veces.
—El problema... es que no habrá otra oportunidad, —los dedos de mis ambas manos se cerraron alrededor de su cuello con una fuerza brutal, apretando con una frialdad implacable.
Sentí cómo su garganta intentaba resistirse, cómo sus uñas arañaban desesperadas mis muñecas, pero no me detuve.
Sus ojos se abrieron más, la desesperación brillando en ellos mientras trataba de liberar su cuello de mi agarre. No había lugar para la misericordia. El miedo en su rostro era algo que había aprendido a saborear. Cada segundo en que luchaba por su vida, era mío.
Los débiles no tienen cabida en mi mundo.
—Hiciste un trabajo terrible, —dije entre dientes mientras la miraba. Sentí el poder bajo mi control, el poder de decidir su destino. —Las marcas, la torpeza... todo fue un desastre.
Ella intentó hablar, pero ya no podía. La falta de aire le robaba cualquier palabra de súplica. Las lágrimas caían, inútiles, al suelo. Su cuerpo comenzó a temblar más fuerte, los últimos intentos de su sistema nervioso por sobrevivir.
Y entonces, con una última convulsión, todo se detuvo. Su cuerpo se quedó inmóvil, los ojos vidriosos, aún abiertos. La dejé caer.
Me levanté con calma, observando el desastre que había sido su vida, ahora acabado en menos de un minuto. Una incompetente menos en el camino.
Shadow apareció en la puerta, observando el cadáver con una expresión de calma resignada. Él sabía cómo funcionaba todo esto. Sabía que la debilidad y la incompetencia no eran toleradas. No cuando el precio del fracaso era tan alto.
—Haz que desaparezca, —le ordené con un gesto de la mano, mi tono tan frío como siempre.
Shadow asintió, moviéndose de inmediato para limpiar. A veces, las cosas no salían exactamente como las planeabas.
Pero siempre había una solución.
—Necesitamos otra pantera sustituta antes de volver a nuestras posiciones, —dijo en un tono monótono, ya pensando en nuestros próximos pasos.
Nada lo perturbaba.
Siempre con esa calma inquietante, como si cada movimiento estuviera calculado de antemano.
Me giré lentamente hacia él, mi máscara aún sobre el rostro, mi mirada oculta, pero podía sentir su atención clavada en mí.
—Confío en que tú elijas a alguien a la altura, Shadow... —respondí con suavidad, caminando hacia él mientras me quitaba la máscara y dejaba que mi cabello cayera libre sobre mis hombros.
No todos pueden llevar este peso.
Shadow asintió levemente, sin perder ni un segundo en reaccionar a la orden. Era eficiente, un soldado leal hasta la médula, pero no era estúpido. Sabía que un paso en falso, una mala decisión, y acabaría como la pobre desgraciada que ahora estaba inerte en el suelo.
—¿Y qué haremos con el vídeo que envió la sustituta? —preguntó mientras inclinaba un poco la cabeza hacia un lado, esa mueca de curiosidad apenas visible en su rostro.
Me reí, una risa baja y seca, llena de satisfacción.
—Eso fue lo único que hizo bien, —respondí mientras me acercaba aún más a él.
Mis dedos rozaron su pecho mientras le pasaba por al lado, moviéndome como una pantera acechando en la selva.
Podía sentir cómo su cuerpo se tensaba bajo mi toque, pero sabía que él jamás retrocedería. Shadow era tan leal que a veces me preguntaba si tenía algún límite, si alguna vez me cuestionaría.
—Nicola está como loco, —continué, sin detener mi avance. —Desviamos su atención hacia los Camorra. Ese fue el verdadero golpe maestro. Lo cegamos.
Sabía cómo funcionaba la mente de los hombres , en especial la de los Moretti. Eran controladores, protectores, pero siempre subestimaban a quienes realmente podían dañarlos.
Ahora, Nicola estaba convencido de que sus problemas venían del lado de los Camorra, mientras yo tejía mi red, moviéndome entre las sombras como siempre había hecho.
—¿No crees que, en cualquier momento, sospechará? —preguntó, siempre tan racional, tan cuidadoso.
—Claro que lo hará, —respondí con un deje de burla en mi voz. —Pero para cuando eso ocurra, todo estará listo. La Camorra es el perro rabioso que lanzamos para distraerlo. Cuando intente golpear la verdadera mano detrás de todo esto, ya será demasiado tarde.
—Y ahora, —continué, dándome la vuelta para mirar a Shadow con una sonrisa en mis labios, —nos aseguramos de que todos jueguen su papel.
Nicola Moretti estaba perdiendo el control, y ese era mi objetivo desde el principio. Un hombre que pierde el control es un hombre débil. Lo había visto mil veces antes. Era algo que mi tutor siempre me había enseñado: quiebra su mente, y su cuerpo caerá.
—Entonces, ¿la nueva sustituta? —repitió Shadow, volviendo al asunto.
—Haz que sea alguien competente, —le dije soltando un suspiro de resignación, —pero que también sepa cuál es su lugar.
—Hecho, —respondió Shadow con la misma calma de siempre, inclinando la cabeza antes de girarse para salir de la habitación con el cuerpo.
Lo observé irse, mi mente ya estaba en otra cosa.
Mi próxima jugada.