Capítulo 54

1530 Palabras
Nicola Los disparos comenzaron a sonar en el almacén como una melodía macabra. Era una masacre, pero yo no sentía nada. Mi mente estaba en otro lugar, en otro momento, con la imagen de Valentina en mi cabeza. Cada disparo, cada vida que arrebataba, era por ella. Era por Bianca. Por mi familia. Lorenzo y los demás no se quedaron atrás. Mis hombres eran profesionales, letales en cada movimiento. Cada integrante de la Camorra que se encontraba en el almacén caía como piezas de dominó. El olor a pólvora llenó el aire. Los cuerpos comenzaron a apilarse en el suelo, y cada uno de ellos me dejaba más cerca de mi objetivo: eliminar a todos. Avancé, mi mente fría y calculadora. El miedo que solía generar la Camorra en sus víctimas no me afectaba. Sabía que ellos también tenían miedo, pero no les iba a dar tiempo para reaccionar. No esta vez. De repente, algo llamó mi atención. Mientras revisaba los cuerpos de los caídos, me agaché junto a uno que aún respiraba, jadeando por el dolor de las balas que habían atravesado su pecho. Lo agarré por la camisa, levantándolo un poco del suelo, acercándolo a mi rostro. —¿Dónde están? —gruñí, apretando los dientes, mi paciencia agotándose. El hombre me miró, escupiendo sangre, pero sin decir una palabra. Podía ver el miedo en sus ojos. Sabía que iba a morir. Pero estaba demasiado orgulloso, o demasiado aterrado de su propia organización, como para decirme lo que quería saber. —Mierda. —Lo solté de golpe, dejando que su cuerpo cayera pesadamente al suelo. Esto no iba a detenerme. —Prendan fuego a todo, —ordené sin emoción en la voz. Marco y Lorenzo intercambiaron una mirada, pero no dijeron nada. Sabían que estaba fuera de mí. Sabían que, hasta que no las recuperara, iba a hacer que todo Palermo y las ciudades vecinas se convirtieran en un infierno. Mientras mis hombres rociaban gasolina por el almacén, yo observaba los cuerpos sin vida de los Camorra, avanzando hacia la salida. Cuando el fuego comenzaba a devorar el edificio, me subí al auto y miré las llamas elevarse en el retrovisor. —El mundo entero arderá... —murmuré para mí mismo, sabiendo que no había fin para esto hasta que las tuviera de vuelta. Para cuándo llegué a la mansión, mi mente aún ardía con la imagen de las llamas que consumieron el escondite de la Camorra. No era suficiente. Nada lo sería hasta que encontrara a Valentina y Bianca. El mundo seguía siendo un infierno de caos, y yo iba a ser el encargado de avivarlo, de ver arder a todo el que se interpusiera en mi camino. Y mi camino era la destrucción. Pero cuando llegué al vestíbulo de la mansión, justo después de cruzar la puerta, una voz aguda y familiar me detuvo. —Nicola, espera. —Una voz femenina me envolvió, con esa mezcla de desesperación y necesidad que tanto me repugnaba. Me giré lentamente, apretando la mandíbula, deseando no perder tiempo, pero sabiendo que tendría que enfrentarla una vez más. Renata estaba allí, de pie en el pasillo con un vestido ajustado que intentaba hacerla parecer más provocativa de lo que jamás sería para mí. Sus ojos estaban llenos de una mezcla de súplica y frustración, como si no pudiera soportar la idea de que yo no le prestara atención. —¿Qué diablos quieres ahora? —le espeté, sin el menor interés por ocultar el veneno en mi voz. Ella dio un paso adelante, sus manos extendiéndose hacia mí. —Nicola... yo te amo, te he amado desde siempre. —Su voz se rompió al decir esas palabras, como si estuviera esperando que yo le respondiera con algo que jamás le daría. Mis músculos se tensaron. Ya no había paciencia, ni tolerancia. Renata era un obstáculo, una molestia que se había creído algo que nunca tendría. Dio otro paso más, intentando cerrar la distancia entre nosotros. —Tú... tú no necesitas a nadie más, esa mocosa no te merece. Yo soy la que ha estado a tu lado, desde siempre, la que te ha amado en silencio. —Su voz se hacía cada vez más desesperada, suplicante. —Puedo hacerte feliz, Nicola. Olvídate de ella. Deja a esa inútil y quédate conmigo. —Calla. —El comando salió de mis labios como un gruñido gutural, oscuro. Renata se acercó aún más, como si no comprendiera lo que acababa de decirle. Intentó tocarme, su mano temblorosa apenas rozando mi chaqueta. No lo pensé dos veces. En un solo movimiento rápido, la agarré por el cuello. Sentí su piel cálida bajo mis dedos mientras la levantaba un poco, acercándola a mi cara. Sus ojos se abrieron de par en par, llenos de miedo. La fuerza en mis dedos no era suficiente para hacerle daño de verdad, pero sí lo bastante firme para que comprendiera lo frágil que era en ese momento. Se ahogó en su propio pánico. —Escúchame bien, Renata, y escúchame con atención. —Mi voz era baja, fría como el hielo. —Si vuelves a intentar interponerte entre Valentina y yo, si siquiera piensas en tocarme de nuevo, te lo juro por mi vida... —Apreté un poco más su cuello, acercando mi rostro al suyo hasta que nuestros labios casi se rozaron. —No dudaré en matarte. —Nicola... —gimió, su voz ahogada, el pánico inundando sus ojos. —Silencio. —La interrumpí antes de que pudiera decir una palabra más. —Mantente lejos de mí. Si quieres sobrevivir a este juego, Renata, lo mejor que puedes hacer es desaparecer de mi vista. Porque la próxima vez que trates de hacer algo tan estúpido, no me contendré. ¿Entendido? Ella asintió, o al menos lo intentó, ya que mis dedos todavía envolvían su cuello con fuerza. Vi lágrimas formándose en sus ojos, pero no sentí nada más que rabia hacia ella. —¿Tienes alguna idea de lo que está pasando? —la interrogué, acercándome aún más a su rostro. Mis ojos, fríos y calculadores, buscaban cualquier indicio de traición. Sabía que Renata era capaz de muchas cosas, pero si estaba involucrada en el secuestro de Valentina... Dios, estaría firmando su propia sentencia de muerte, aunque fuera la hija de mi tío. Renata comenzó a sollozar, su rostro completamente descompuesto. —Lo hice todo por ti, Nicola... por ti. —sus palabras salieron entrecortadas, su rostro cada vez más rojo por la presión de mis dedos en su cuello. —¿Qué sabes del secuestro, Renata? —le gruñí, apretando apenas lo suficiente como para que sintiera el peligro. —¡Nada! No sé nada de eso! —Renata lloró, intentando agarrar mis manos. —Por favor, Nicola... yo no lo haría. No le haría daño. No haría nada para herirte. No aflojé el agarre, mis ojos buscando cualquier indicio de la verdad en los suyos. Renata siempre había sido buena para ocultar cosas, pero esta vez algo la había quebrado. —No te creo, —siseé. —Siempre estás donde no debes. Y justo ahora... te pones en mi camino cuando más necesito irme. Habla. La solté de repente, y ella cayó de rodillas frente a mí, tosiendo y tratando de recuperar el aliento. Me observó por unos segundos, y entonces algo cambió en su expresión, como si hubiera aceptado algo dentro de sí misma. —No tiene nada que ver con Valentina... ni con Bianca... —su voz temblaba, pero la presión de mis ojos la hizo continuar. —Yo solo... Nicola, todo lo que hice fue por ti. Siempre ha sido por ti... ¡Todo! —Sus palabras se atropellaban, su desesperación palpable. —¿Qué hiciste? —le exigí, dando un paso más cerca de ella. Mi mirada ya no era solo de sospecha, sino de advertencia. —Lo que digas ahora determinará si sales de esta casa con vida. —No es sobre Valentina, te lo juro... no tengo nada que ver con eso. —sollozó, su cuerpo encogido. —Pero lo que pasó con... su madre... eso fue por ti. El mundo alrededor de mí se ralentizó. —¿Qué? —mi voz fue apenas un susurro, cargada de incredulidad. No podía haber escuchado eso bien. Renata levantó la cabeza, el dolor y la culpa escritos en su rostro. —Ella iba a traicionarte... no lo sabes, Nicola, pero ella estaba planeando algo... algo que te iba a destruir a ti y a tu familia. —Su voz era un eco quebrado. —No pude permitirlo. Yo... la maté. Lo hice por ti. —Tú... la mataste... —mis palabras eran frías, venenosas. —Renata, si no fuera por lo que tengo que hacer ahora, te mataría yo mismo por haberme robado esa muerte. Ella lloró más fuerte, su cuerpo sacudido por los sollozos, pero yo no podía sentir nada por ella. No le presté más atención, simplemente me di la vuelta y me dirigí hacia la puerta. Renata no era nada. Una sombra que nunca importaría. —Recuerda lo que te dije... —fue lo último que le dije sin mirar atrás.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR