Capítulo 53

1391 Palabras
Nicola Estábamos en casa, y mi madre me abrazó fuerte, su vientre estaba grande y redondo. Mi madre siempre había sido cariñosa, pero ese día, su abrazo fue diferente. Lo sentí más cargado de todo el amor que me tenía. —Nicola, amore mio, —susurró, su voz era suave. —Voy a necesitar que hagas algo muy importante para mí. La miré con los ojos grandes, sin comprender del todo, pero asintiendo. Ella siempre sabía lo que era correcto. —Voy a darte un regalo muy especial hoy, —me dijo, colocando una mano sobre mi rostro, acariciando mi mejilla. —Una hermana. Pero tienes que prometerme algo, Nicola. Prométeme que siempre la protegerás. Que estarás allí para ella, que no dejarás que nada ni nadie le haga daño. Su mirada era más seria de lo que había visto antes. Algo en su tono me hizo sentir que lo que me pedía era una responsabilidad de vida o muerte. Asentí, aunque no sabía lo que todo eso implicaba. ¿Protegerla de qué? ¿De quién? Pero mi madre no respondió esas preguntas. Solo sonrió y me besó en la frente antes de salir con mi padre para el hospital. El día que Bianca nació fue también el día que mi madre murió. Recuerdo la confusión, el caos en la mansión. El silencio de mi padre cuando regresó. Sabía que algo estaba mal, pero nadie me dijo nada. Al principio pensé que era algo temporal, que volvería pronto, que el hospital solo la había retenido por alguna complicación. Pero los días pasaban y ella no regresaba. Nadie esperaba lo que sucedió en la sala de parto. Nadie podía saber que mi madre, tan fuerte, tan llena de vida, no sobreviviría al nacimiento de mi hermana. La culpa comenzó a asfixiarme. Bianca. Sabía que su nacimiento fue el momento exacto en que todo cambió. Durante semanas, la pequeña figura que era mi hermana no era más que una presencia lejana para mí. No me acerqué a ella, no quería. No podía. La culpaba. No podía evitar sentir que, de alguna manera, ella era la razón por la que nuestra madre ya no estaba, por la que mi padre había construido una barrera entre él y el resto del mundo. Pero él insistió hasta que me llevó a la habitación donde estaban cuidando de la pequeña asesina de mi mamá. Entramos y allí estaba ella, en su cuna, tan pequeña, tan vulnerable. No estaba preparado para lo que sentí en ese momento. Me acerqué a ella con pasos vacilantes, casi temiendo lo que encontraría al mirarla. Pero cuando la vi, cuando sus ojos pequeños y curiosos me observaron por primera vez, algo cambió dentro de mí. Todo el odio, toda la rabia que había estado acumulando, se desvaneció en un instante. Bianca era igual a mi madre. Sus rasgos, sus ojos, la suavidad de su piel... Era como si un pedazo de mi madre hubiera vuelto a mí. Un dolor agudo se clavó en mi corazón, porque al verla me recordaba todo lo que habíamos perdido. Pero al mismo tiempo, no pude sentir nada más que amor. Acerqué una mano hacia ella, acariciando su mejilla con cuidado. Su pequeño cuerpo se estremeció ante el contacto, pero no lloró. Simplemente me miró, como si supiera, en lo más profundo de su ser, que yo era su hermano. Que yo sería quien la protegería de ahora en adelante. Mi madre siempre decía que la familia es lo primero. Y tenía razón. Desde entonces, Bianca fue mi responsabilidad, mi promesa a mi madre. Con el tiempo, lo comprendí. Y ahora, con cada segundo que ella pasaba en manos de esa psicópata, me carcomía por dentro el miedo de fallar, de no poder cumplir con lo que le prometí a mi madre. Volviendo al presente, abrí los ojos y observé el reflejo de mi rostro en la pantalla oscura de mi monitor. El dolor de esos recuerdos aún seguía allí, siempre presente, pero ahora era un motor. Una razón para seguir adelante, para luchar. Por Bianca. Por Valentina. Y por la promesa que le hice a mi madre. Sabía que si fallaba esta vez, no solo perdería a dos miembros de mi familia, sino que fallaría en la promesa que me había mantenido desde que era un niño. No podía permitírmelo. Toqué unas teclas y el monitor se encendió, mis ojos fijos en las múltiples cámaras que tenía acceso por toda la ciudad, tratando de encontrar alguna pista, algún movimiento, cualquier cosa que me indicara dónde estaban Bianca y Valentina. Habían pasado horas, pero no podía apartar la mirada de la pantalla, ni permitirme descansar. No hasta que las tuviera de vuelta. Entonces, el sonido de una alerta resonó en la habitación. Mi corazón se aceleró al instante. Me acerqué más a la pantalla, mis dedos golpeando las teclas con rapidez. La notificación de movimiento era clara. La Camorra. —Bastardos… —murmuré entre dientes. Toqué un par de teclas más y la ubicación apareció en la pantalla. Una de las guaridas de la Camorra, oculta en una de las zonas cercanas a Palermo. Sabía que había una posibilidad de que no fuera el lugar donde retenían a las chicas, pero no iba a dejar pasar la oportunidad. Estos desgraciados estaban moviéndose demasiado cerca de nuestro territorio. Me levanté de la silla con un solo pensamiento en mente: Destruirlos. A todos. "El mundo arderá hasta que no las encuentre." Minutos más tarde, estaba en uno de los autos, Lorenzo y mis hombres de confianza venían conmigo. Ninguno habló durante el viaje. Cada uno de nosotros sabía lo que estaba en juego. Mis manos descansaban sobre las piernas, pero podía sentir la furia fluyendo en mi interior, un torrente incontrolable que solo se calmaría con sangre. Cada segundo que las chicas pasaban lejos de mí era una daga clavada en mi pecho, y cada uno de esos segundos lo pagaría la Camorra con sus vidas. No habría piedad. Llegamos a la ubicación. El auto se detuvo a unos metros del almacén abandonado en las afueras de Palermo. Los hombres de la Camorra eran astutos, pero no lo suficiente. Nos esperaban. Sabían que vendríamos por ellos tarde o temprano. Pero poco sabían sobre el nivel de furia que iba a caerles encima. Habían cometido un error al pensar que yo no los atacaría de inmediato. Mis hombres estaban tensos, en sus posiciones, las manos listas sobre sus armas. Lorenzo, a mi lado, apretaba la mandíbula, pero sabía que no se atrevería a decir nada Nos detuvimos a una distancia prudente, ocultos en la sombra de los edificios cercanos. Uno de mis hombres, Marco, sacó los binoculares. —Son ellos, jefe. La Camorra. Están armados hasta los dientes, pero no parecen preparados para lo que se les viene. —Perfecto —murmuré, y una oscura sonrisa se extendió por mis labios. —Nos deshacemos de todos —dije, con voz grave, mis ojos fijos en los hombres delante. —Les sacaremos la información necesaria pero no tomaremos prisioneros. Con una señal, nos acercamos al almacén con sigilo, sin hacer el más mínimo ruido. El viejo edificio estaba deteriorado, con las ventanas rotas y la pintura descascarada. Alrededor de la estructura había varias camionetas viejas con los logos de empresas fantasmas; era el sello distintivo de la Camorra. Esperé, mis ojos fijos en la entrada. La furia dentro de mí seguía creciendo, golpeando mis costillas, empujando por salir. Estaba ardiendo en mi interior. Y pronto todo se derramaría sobre ellos. Alcé dos dedos, señal para que Marco y Dante se encargaran de los guardias. No hubo un solo sonido; dos disparos silenciados hicieron que los cuerpos cayeran al suelo como muñecos de trapo, sin que ninguno de los Camorra dentro se diera cuenta. Nos acercamos más. Al cruzar el umbral, escuché las voces de varios hombres dentro, discutiendo con sus dialectos del sur. No tenían idea de que estaban a segundos de su final. Esto sería rápido. Implacable. Mortal. Me moví entre las sombras, como un depredador acechando a su presa. Vi a uno de los hombres de los Camorra pasar frente a mí, distraído, ajeno a la sombra de la muerte sobre él. No lo pensé dos veces. Disparé, y su cuerpo se desplomó al instante. El caos se desató.
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