Nicola
Me giré hacia ella, mis ojos fríos, llenos de furia.
—Te aseguro, Claudia, —dije, con un tono bajo pero peligroso, —que no solo encontraré a las chicas, sino que me aseguraré de que la Camorra no vuelva a meter un pie en Palermo sin pagar el precio.
Mi voz resonó en la sala, y pude ver cómo algunos de los jefes me evaluaban de nuevo. Sabían que era serio, sabían que no iba a dudar. Pero también sabían que este era mi momento para demostrar lo que realmente significaba ser un Moretti.
—Que así sea, —respondió mi padre, dando por cerrada la discusión con una última mirada a los demás. —Pero recuerden todos aquí, —agregó, mirando a los jefes con dureza, —un ataque contra mi hijo es un ataque contra nuestra familia.
—Nicola está comprometido con sus propias prioridades, —continuó Matteo, mirando a los demás, buscando apoyo. —Su cabeza no está en los negocios. Está en otra parte. ¿Cómo podemos confiarle la organización cuando no puede concentrarse en lo que es más importante?
—Nicola es el indicado para liderar esta organización, —dijo mi padre con la autoridad indiscutible que siempre había tenido. —Es mi hijo, mi heredero, y está preparado para ocupar mi puesto cuando yo ya no esté.
—Con todo respeto, Don Vittorio, —empezó Barbieri con un tono que dejaba claro que no había respeto alguno, —creo que deberíamos reconsiderar si Nicola es realmente el más adecuado para liderar.
Mis músculos se tensaron. Pude sentir el calor subiendo por mi pecho, pero me forcé a no responder.
De pronto, la puerta de la sala se abrió, y un guardia entró rápidamente, su expresión tensa. Caminó hasta mi padre con paso rápido, inclinándose para susurrarle algo al oído. Su rostro se mantuvo impasible, pero sus ojos se oscurecieron, lo que indicaba que la información que había recibido no era buena.
—Dame eso, —ordenó con voz grave.
El guardia le entregó una pequeña memoria USB. Mi corazón comenzó a acelerarse. Algo estaba mal.
Conectó el USB a la computadora frente a él. Una pantalla grande en la pared se iluminó, y de inmediato, una figura femenina apareció en la imagen. Estaba vestida completamente con ropa oscura, de pies a cabeza, con una máscara que ocultaba su rostro.
—Saludos, Don Vittorio, —dijo la voz distorsionada de la mujer en la pantalla. Una sonrisa perversa se adivinaba bajo la máscara, como si disfrutara de la situación. —Les agradezco que me den su atención, para los que no me conocen aún, soy la Pantera.
El silencio era sepulcral. Todos los ojos estaban fijos en la pantalla, pero yo apenas podía contener el impulso de apretar los dientes y romper algo. Ya sabía lo que iba a decir. Lo sentía en los huesos.
—Tengo a las chicas, —continuó con calma. —Lamento informar que dos de ellas ya están muertas.
Mi corazón se detuvo en ese momento. El aire no llegaba a mis pulmones y estaba perdiendo la poca compostura que me quedaba.
Ella dio un paso hacia un lado, y la cámara mostró a cuatro chicas. Las secuaces de Marena estaban tiradas en el suelo, sus cuerpos inertes y ensangrentados.
Bianca y Valentina, atadas, con los ojos llenos de terror, sus cuerpos temblando. Verlas en esa situación casi me hizo palidecer. El dolor en sus ojos... el miedo en su expresión... Si tan solo hubiera estado con ellas... si tan solo hubiera podido protegerlas...
El vídeo continuó.
—Quiero el muelle, —dijo, sin preámbulo. —Y todas las operaciones que se manejan desde allí. A cambio, pueden tener a las chicas... bueno, a las dos que quedan vivas.
El vídeo se apagó.
El aire en la sala estaba cargado de una mezcla de miedo, furia y confusión. Pero lo que me llenaba era pura sed de venganza. Quería destruir a esa mujer, acabar con todo lo que representaba. Ella se había atrevido a tocar a Valentina, a Bianca. Y eso no lo iba a dejar pasar.
Antes de que pudiera hablar, Salvatore Barbieri intervino, su tono tan frío como siempre.
—No vale la pena cambiar todo el operativo por dos chicas, —dijo con una indiferencia que me hizo hervir la sangre. —Siempre han intentado mantener a la Contessa alejada de este mundo. Si la hubieran entrenado como corresponde, no estaría en esa situación ahora mismo.
Mi visión se nubló de rabia. Me levanté de golpe, mis manos sobre la mesa, inclinándome hacia él.
—No vuelvas a hablar de mi hermana de esa manera, Salvatore, —gruñí entre dientes. —No tienes idea de lo que estás diciendo.
Alessandro habló antes de que pudiera destrozar a Barbieri.
—Nicola tiene razón, —dijo con calma, mirando a Salvatore con una advertencia en los ojos. —Bianca es la Contessa. Es nuestra responsabilidad protegerla, no lanzarla al fuego.
Giulia asintió lentamente, sus ojos fijos en mí.
—Este es un ataque directo contra la familia Moretti, —dijo con su tono suave, pero firme. —Si cedemos el muelle, estaremos mostrando debilidad. Y nada nos asegura que esa mujer no le haga daño a mis sobrinas.
Mi padre miraba la pantalla en silencio. Sabía que su mente estaba trabajando, evaluando cada palabra, cada movimiento.
—No vamos a ceder, —dijo después de unos minutos. —Pero no las dejaremos en las garras de esa... Pantera.
Mis manos seguían temblando, el odio en mi interior me consumía. No iba a dejar que mis mujeres pagaran el precio por los juegos de poder de otros. No mientras yo estuviera vivo.
—Nos encargaremos de la Pantera, —dije con una voz baja, obligándome a recuperar el control de mis emociones. —Las chicas volverán a casa. Eso lo juro.
Salí de la sala de reuniones en silencio, con la sangre aún hirviendo en mis venas. Mi padre había dado por terminada la reunión, dejando claro que no íbamos a ceder ni un centímetro de nuestro poder en el muelle. Pero eso no quitaba el nudo que sentía en el pecho.
Caminé por los pasillos de la mansión, subiendo las escaleras con pasos pesados. Mis hombres sabían que no debían interrumpirme, así que el camino hacia mi habitación fue silencioso. Un silencio que solo hacía crecer mi ansiedad.
Al llegar, cerré la puerta detrás de mí y me dirigí directamente al escritorio, donde mi equipo me esperaba. Sabía que no había nada más que pudiera hacer en ese momento, excepto revisar una vez más las cámaras de seguridad.
El silencio de la habitación me envolvía, pero mi mente no estaba tranquila. Estaba llena de recuerdos que, sin previo aviso, me asaltaron.
Mi madre.
Era inevitable pensar en ella en momentos como este. Momentos donde el mundo parecía colapsar sobre mis hombros.
Cerré los ojos, y el recuerdo me golpeó con fuerza, como una ola que arrasa con todo.
Era solo un niño, pero su sonrisa me hacía sentir como si el mundo entero estuviera en orden. Mi madre, con su cabello oscuro y sus ojos brillantes, siempre fue la mujer más hermosa que había visto. Tenía una suavidad en su mirada, una dulzura en su toque, que contrastaba con el poder que mi padre emanaba.
A pesar de que su matrimonio había sido un arreglo entre familias, ellos se amaban más que nada en el mundo. Lo veía en la manera en que se miraban, en cómo mi padre la tocaba, casi como si fuera un tesoro que debía ser protegido. Y ella, siempre tan fuerte, había sido nuestro escudo, nuestra fuerza silenciosa.
Era una Moretti por matrimonio, pero nunca lo demostró con frialdad. Al contrario, ella traía calidez a esta casa, esa calidez que desapareció el día que ella nos dejó.
Recuerdo cómo discutía con mi padre sobre mí, sobre cómo debía ser criado. Él quería que yo fuera un guerrero, un futuro líder que se enfrentara a cualquier enemigo sin miedo. Ella, por otro lado, creía que yo debía ser más que eso. No era que se opusiera a mi destino, pero siempre intentó que no perdiera mi humanidad en el proceso.
Hubo una ocasión en particular que nunca pude olvidar...
El día que mi hermana Bianca nació. El día que perdí a mi mamá.