Capítulo 51

1398 Palabras
Nicola Mi mente estaba en blanco, solo había una cosa clara: encontrarlas. Mi Bianca. Mi Valentina. El aire a mi alrededor era denso, cada músculo en mi cuerpo tensado al máximo, como si fuera a explotar en cualquier momento. Sabía que lo haría si algo les sucedía. Pero no iba a perderlas. La fiesta continuaba en el salón principal, nadie se había percatado de las personas que faltaban y todavía no sabía que había ocurrido con los guardias que deberían estar cuidando a mi mujer. "Tú debiste cuidarla, imbécil," me maldije frustrado. Al llegar a la puerta principal, una mano se apoyó en mi hombro, frenándome de golpe. Lorenzo. Sabía que era él. Nadie más se atrevería a detenerme en este estado. Giré lentamente mi rostro hacia él, y la furia que había estado controlando explotó de golpe. —¿¡Qué!? —gruñí, mi voz temblando con una ira que no me molestaba en contener. —Nicola, —dijo con su voz tranquila, esa maldita calma que siempre había mostrado, incluso en las situaciones más peligrosas. —Los jefes... Han requerido tu presencia para una reunión. Ahora. Mi ojo derecho se contrajo, mi rabia nublado mi vista. ¿Una reunión? ¿Justo ahora? Sentí el calor en mi pecho subir hasta mi garganta, haciendo que mi respiración se volviera irregular. No había tiempo para esto, no cuando las dos mujeres que significaban todo para mí estaban ahí afuera, posiblemente en manos de enemigos. Perdí el control. —¡No! —grité, mi voz reventando en el aire mientras mi mano golpeaba la puerta con fuerza. —¡Tengo que irme! Lorenzo no retrocedió ni dio un paso atrás. Lo miré directamente a los ojos, sin aliento, sintiendo cómo mis puños se cerraban y abrían involuntariamente. —Nicola, escúchame, —insistió, acercándose un paso para hablarme solo a mí. —No te equivoques conmigo, hermano, yo también quiero ir tras Bianca. Pero ahora nos están llamando, y sabes lo que significa ignorar esa llamada. Mis pulmones ardían, mi cuerpo casi temblaba por la necesidad de salir por esa puerta, pero Lorenzo tenía razón en algo... Los jefes no eran pacientes, ni indulgentes. Sabía lo que estaba en juego, pero la razón no me importaba en ese momento. No me importaba nada. Solo quería arrancarles a esos malditos la vida, con mis propias manos, si le tocaban un solo cabello a Valentina o Bianca. —¡Ellas están en peligro! —gruñí entre dientes, apretando tanto la mandíbula que sentí un crujido. Mis músculos ardían, listos para lanzarme fuera. —¡No puedo quedarme aquí y discutir sobre una maldita reunión! —Nicola, sé que te duele, —continuó, su voz baja, sus ojos mirándome con intensidad. —Sé que ella significa todo para ti, —se detuvo un segundo, vi cómo apretaba su mandíbula, —las dos lo significan. Pero si no vamos ahora, te aseguro que será peor. Y no solo para nosotros. —Si algo les pasa... —mi voz bajó a un susurro peligroso. —Si algo les pasa por esta maldita reunión, te juro que no me importa quiénes sean los jefes. —Lo miré, directo a los ojos. Mi amenaza estaba clara, aunque sabía que él también sufría lo mismo. —Los haré pagar a todos. Ambos sabíamos lo que estaba en juego, pero solo había una manera de resolver esto. Respiré lentamente, comprendiendo que no tenía otra opción, pero no lo hacía por obedecer las órdenes de los jefes. Lo hacía porque si salía por esa puerta ahora, las chicas lo pagarían caro. —Iremos a la reunión, —dije, casi escupiendo las palabras. —Pero te juro que si no resuelvo esto hoy, alguien morirá. Al final de las escaleras, una puerta de roble macizo nos esperaba, más intimidante por lo que había detrás que por su estructura imponente. La sala de reuniones. Cuando abrimos la puerta, lo primero que noté fue el silencio que se hizo, mientras todos estaban sentados en la gran mesa redonda, observándome como si yo fuera el centro de una evaluación. Y lo era. Los ojos de cada uno de los jefes de las familias se posaron en mí. Sentía sus miradas calculadoras, sus evaluaciones sutiles. Para ellos, yo era una promesa en transición. El futuro jefe de ellos que aún tenía que probar su valor. A mi derecha, en la cabecera, estaba mi padre con su presencia imponente, incluso sentado. Él siempre sabía más de lo que decía. Y por alguna razón, eso me irritaba profundamente en este momento. ¿Cómo podía estar tan tranquilo mientras Bianca y Valentina estaban desaparecidas? Alessandro estaba a su lado, siempre atento y listo para protegerlo, su fiel consigliere y cuñado. Salvatore Barbieri, muy pegado a ellos, como siempre intentando llamar su atención. A su izquierda, Giulia Ferraro y Matteo Bianchi. Enzo Conti estaba justo frente a mí, el padre de Lorenzo, un hombre que siempre parecía tener una opinión más calculada y distante. Y finalmente, Claudia Romano, que se mantenía en silencio, pero sus ojos parecían observar cada movimiento, cada palabra, como si fuera a usarla después. Lorenzo y yo nos sentamos en nuestras sillas, pero todo en mi cuerpo seguía tenso. Mi mente no podía dejar de pensar en ellas, en Valentina, en lo que podría estar sufriendo ahora mismo. Cada segundo que pasaba era una tortura. —Nicola, —la voz de mi padre rompió el silencio, calmada y grave. —Ya sé lo que ha pasado con tu hermana y tu prometida. Asentí, sintiendo cómo mi rabia se acumulaba bajo la superficie. Mi mandíbula se apretó instintivamente, y tuve que contenerme para no explotar en ese momento. Quería acción. Quería moverme, buscar, destruir todo lo que se interpusiera en mi camino para encontrarlas. —Estamos trabajando en ello, —respondí con una voz más dura de lo que pretendía, haciendo un esfuerzo monumental para no levantarme y simplemente salir de esa sala. Mi padre me miró con calma, con esa serenidad que siempre había tenido. Mis manos se cerraron en puños bajo la mesa. No podía entender cómo él podía mantener esa fachada de control absoluto. Pero ese era su papel. Era el Don. Alessandro intervino, inclinándose hacia adelante. —Hemos reunido algunos hombres adicionales para las búsquedas, Nicola. Están revisando los puntos más obvios... pero esto parece más organizado de lo que esperábamos. —¿Y cuánto tiempo más vamos a sentarnos aquí hablando? —interrumpió Matteo Bianchi, su voz teñida de desprecio. Sabía que no le caía bien. Nunca lo había hecho. Tenía otros planes para el futuro de la organización, y yo no encajaba en esos planes. —El futuro Don parece estar más enfocado en su mujer que en la organización, —escupió. —¿Cómo puedes ser líder si su mente está distraída? Su debilidad es obvia para todos aquí. Mis ojos se entrecerraron al escuchar esas palabras. El odio subió por mi pecho como una ola. Todo lo que quería hacer era levantarse y acabar con él ahí mismo, demostrarle que no tenía idea de lo que estaba hablando. Valentina no me hacía débil. Si acaso, me hacía más peligroso. Giulia intervino antes de que pudiera explotar. —Matteo, no seas imbécil, —dijo con una risa seca. —Todos tenemos algo que proteger. ¿Acaso tú no? Porque si no, tal vez es por eso que eres un hombre tan amargado. Un silencio tenso cayó sobre la sala. Bianchi apretó los puños, pero no respondió. Sabía que no debía hacerlo frente a Giulia. No cuando ella tenía tanto peso en la mesa. —Nicola, —mi padre volvió a hablar como si todo el intercambio no hubiera pasado. —Sabemos que las cosas con la Camorra no han terminado. Este secuestro es una declaración, lo que significa que tienes que demostrarles que estás listo. La Camorra. Ese nombre me ardía como si fuera veneno corriendo por mis venas. Habían estado golpeando nuestras operaciones, intentando meterse en nuestro territorio. Y ahora, si eran responsables del secuestro, sabían que me estaban probando. —¿Estás seguro de que puedes con esto, Nicola? —Claudia Romano habló por primera vez, mirándome con esos ojos cargados de asco. —Tu ascenso depende de cómo manejes esto. Demuestra que tienes lo necesario para ser el próximo líder. Si no, tal vez deberíamos reconsiderar.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR