Capitulo II

1300 Palabras
La Calma Que Construimos El hombre sonrió con diplomacia. —Traemos intención de paz. —La intención no es suficiente —dijo ella—. Necesito garantías. La mujer dio un paso al frente. —Las tendrán. Durante los siguientes minutos, las palabras fluyeron con cuidado. Cada frase medida, cada propuesta analizada, cada silencio cargado de significado. Neriam escuchaba. Evaluaba. Decidía. Y mientras lo hacía… algo dentro de ella seguía inquieto. No por los emisarios. No por el Sur. Era otra cosa. Algo que no estaba en esa sala. Algo que aún no tenía forma… pero que ya comenzaba a existir. Neriam desvió apenas la mirada. No lo suficiente para que los emisarios lo notaran… pero sí lo suficiente para perderse, por un instante, en sus propios pensamientos. Tres meses. Habían pasado tres meses desde aquella noche. Desde las luces doradas. Desde los fuegos en el cielo. Desde la promesa que ahora reposaba, invisible pero presente, entre ella y Ángel. Su compromiso. No necesitaba un anillo para recordarlo. Lo llevaba en la forma en que él la miraba. En cómo su voz se suavizaba solo para ella. En la manera en que, incluso en medio del poder… la elegía. Siempre. Pero no solo eso había cambiado. El Norte también lo había hecho. La paz no había sido un instante fugaz… había comenzado a convertirse en estructura. En sistema. En legado. —Alfa Neriam —la voz del emisario la trajo de vuelta—. ¿Está de acuerdo con los términos planteados? Ella sostuvo su mirada. Firme. Clara. Presente otra vez. —Estoy de acuerdo… con modificaciones. El hombre asintió, preparado. La negociación continuó. Pero esta vez… Neriam no solo pensaba como líder. Pensaba como alguien que estaba construyendo algo que debía sobrevivirle. Y por eso… los había preparado. A ellos. El entrenamiento había comenzado semanas después del baile. Sin anuncios. Sin ceremonias. Solo decisiones. —Si vamos a proteger lo que construimos —había dicho Neriam aquella mañana en el gran salón—, necesitamos más que fuerza. Necesitamos continuidad. Y los tres habían estado ahí. Sara. Aron. Marion. De pie frente a ella. Listos… aunque aún no lo supieran completamente. Aron fue el primero en recibir su rol. No porque fuera el más fuerte… sino porque entendía el peso de proteger. Ahora entrenaba junto a Marco y Ronald. Aprendiendo estrategias de defensa. Distribución de la guardia. Movimientos de patrullaje. Pero también… decisiones. —Proteger no es solo pelear —le había dicho Marco—. Es saber cuándo hacerlo. Y Aron escuchaba. Observaba. Aprendía. Se estaba formando… no como un guerrero impulsivo, sino como un guardián consciente. Marion, en cambio, tomó un camino distinto. Uno que, en el fondo, siempre le había pertenecido. El consejo. Junto a Kael. Su padre no la trataba como hija dentro de esa sala. La trataba como igual. —Aquí no puedes dudar —le dijo una vez—. Pero tampoco puedes decidir sin pensar. Marion había aprendido rápido. A leer silencios. A interpretar intenciones. A hablar cuando era necesario… y callar cuando era estratégico. Su presencia en el consejo ya no era simbólica. Era… respetada. Y Sara… Sara había sorprendido a todos. Incluida Neriam. Porque donde antes había impulsividad… ahora comenzaba a haber precisión. Se convirtió en el puente. La encargada de relaciones externas. De coordinar encuentros. De observar lo que otros no decían. —La diplomacia no es debilidad —le explicó Neriam—. Es control sin necesidad de violencia. Y Sara… lo entendió. A su manera. Seguía siendo ella. Directa. Intensa. Pero ahora… sabía cuándo serlo. —Alfa —intervino la mujer emisaria—. ¿Desea añadir algo más? Neriam volvió completamente al presente. —Sí. Se levantó. Su presencia llenó la sala sin necesidad de alzar la voz. —El Norte no busca expansión. Los emisarios intercambiaron miradas. —Pero tampoco tolerará amenazas disfrazadas de acuerdos —continuó—. Si el Sur desea paz… la tendrá. Una pausa. —Pero será una paz real. El líder del grupo asintió lentamente. —Lo entendemos. Y esta vez… no hubo duda en su voz. La reunión concluyó poco después. Sin tensiones visibles. Sin conflictos abiertos. Todo… como debía ser. Pero cuando los emisarios se retiraron y las puertas del gran salón se cerraron… el silencio cambió. Neriam descendió del trono con calma. Ángel se acercó a su lado de inmediato. —Salió bien —dijo él. —Sí —respondió ella. Pero no sonaba completamente convencida. Sara fue la siguiente en hablar. —Fueron demasiado fáciles. Aron asintió. —Pensé lo mismo. Marion, en cambio, observaba en silencio. —No es facilidad —dijo finalmente—. Es cálculo. Todos la miraron. Kael, desde su lugar, sonrió apenas. —Bien dicho. Neriam cruzó los brazos. —Sea lo que sea… no bajaremos la guardia. —Nunca lo hacemos —respondió Ángel. Y aun así… ella sabía que algo era distinto. Más tarde, cuando el salón quedó vacío… Neriam caminó sola por los pasillos. Sin prisa. Sin escoltas. Sus pasos resonaban suavemente contra la piedra. Todo estaba en orden. Todo funcionaba. Todo era exactamente lo que había luchado por construir. Y aun así… esa sensación no desaparecía. Se detuvo frente a una de las grandes ventanas. El bosque se extendía ante ella. Tranquilo. Silencioso. Perfecto. Pero ya no lo sentía completamente así. Sus dedos rozaron el cristal frío. —Tres meses… —murmuró apenas. Tres meses de paz. Tres meses de crecimiento. Tres meses de creer… que tal vez podían sostenerlo. Cerró los ojos un instante. Y entonces lo entendió. No era miedo. No era peligro. Era… anticipación. Como si algo… ya estuviera en movimiento. Y aún no hubiera llegado. Cuando abrió los ojos, su reflejo la miró de vuelta. Fuerte. Serena. Lista. —Que venga —susurró. Y aunque el Norte seguía en calma… algo, en lo profundo de esa calma, acababa de cambiar. El murmullo del castillo volvió poco a poco. La vida retomando su curso. Guardias cambiando turnos. Sirvientes organizando el salón. Voces suaves que llenaban los espacios que, minutos antes, habían estado cargados de tensión. Neriam no regresó de inmediato. Necesitaba ese momento. Ese pequeño espacio entre lo que era… y lo que estaba por venir. Pero no estuvo sola por mucho tiempo. —Sabía que te encontraría aquí. La voz de Ángel fue baja. Familiar. Ella no se giró. —Siempre sabes dónde estoy. —No —respondió él, acercándose—. Solo sé dónde necesitas estar. Se detuvo a su lado. El reflejo de ambos en el cristal parecía… distinto. Más humano. Más real. —Estás pensando demasiado —añadió él. —Estoy pensando lo necesario. Ángel la observó en silencio unos segundos. —Tres meses —dijo entonces. Neriam lo miró. —Tres meses de paz —continuó—. Tres meses en los que no hemos tenido que pelear por sobrevivir. Una leve pausa. —Eso también es nuevo para ti. Ella sostuvo su mirada. —Para nosotros. Él sonrió apenas. Y, sin decir nada más, tomó su mano. Ese gesto… seguía siendo su ancla. —¡Ah, aquí están! La voz de Sara rompió el momento. Llegó con esa energía que nunca parecía agotarse. Aarón y Marion venían detrás. —¿Siempre desaparecen después de reuniones importantes o solo hoy? —preguntó Sara, cruzándose de brazos. —Es una tradición nueva —respondió Ángel con calma. —No me gusta esa tradición —replicó ella. Aarón soltó una risa baja. —A mí sí. Significa que todo salió bien. Marion observó a Neriam con atención. —¿Salió bien? La pregunta no era casual. Nunca lo era en ella. Neriam asintió. —Sí. Pero esta vez… no añadió nada más. Hubo un breve silencio. No incómodo. Pero tampoco ligero.
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