Una paz imperfecta
Sara fue la primera en romperlo.
—Entonces deberíamos celebrarlo.
Ángel alzó una ceja.
—¿Celebrar qué exactamente?
—La paz —respondió ella sin dudar—. El hecho de que seguimos aquí. Que todo está funcionando.
Miró a los demás.
—Que lo estamos haciendo bien.
Aarón asintió.
—No es mala idea.
Marion dudó un segundo…
pero terminó sonriendo.
—No. No lo es.
Neriam los observó a los tres.
Y por un instante…
los vio no como lo que eran ahora,
sino como lo que estaban destinados a ser.
El futuro.
Su legado.
Y entendió…
que todo lo que estaba construyendo,
no era para sostener el presente.
Era para protegerlos a ellos.
—Está bien —dijo finalmente.
Sara sonrió de inmediato.
—¿En serio?
—En serio.
Ángel negó con una pequeña risa.
—Esto se va a salir de control.
—Siempre se sale de control —respondió Sara—. Pero vale la pena.
Y, por primera vez en mucho tiempo…
Neriam no lo contradijo.
Mientras caminaban juntos de regreso por el pasillo,
las voces se mezclaron.
Risas.
Comentarios.
Planes improvisados.
Vida.
Real.
Presente.
Pero justo antes de cruzar el umbral del gran salón…
Neriam se detuvo apenas.
Un segundo.
Nada más.
Esa sensación volvió.
Más tenue.
Más profunda.
Como una sombra que aún no se ve…
pero ya existe.
Sus ojos se alzaron hacia el frente.
Serenos.
Firmes.
Listos.
Y sin decir nada,
continuó caminando.
Porque si algo había aprendido…
era que no todo lo que se acerca
anuncia su llegada.
Y a veces…
lo más peligroso,
es aquello que entra
sin hacer ruido.
El gran salón los recibió con luz.
Cálida.
Viva.
Llena de movimiento.
Como si el castillo entero hubiera decidido respirar al mismo tiempo que ellos.
Las mesas comenzaban a llenarse.
Copas.
Frutas.
Vino.
Algo sencillo… pero suficiente para lo que Sara tenía en mente.
—No dije una celebración formal —aclaró ella mientras tomaba una copa—. Dije celebrar.
Ángel negó con una sonrisa.
—Eso en tu idioma nunca es “sencillo”.
—Eso en mi idioma significa que no necesitamos excusas —respondió ella, encogiéndose de hombros.
Marion se acercó a Neriam.
—Creo que esto es bueno.
Neriam la miró de reojo.
—¿El caos?
—La vida —corrigió Marion suavemente.
Una pausa.
—Nos estamos permitiendo vivirla.
Esa frase… se quedó.
Neriam no respondió de inmediato.
Pero la sintió.
—
A unos pasos de distancia, Aron ya estaba hablando con Ronald, revisando algo sobre las patrullas del perímetro.
Incluso en medio de la celebración…
seguía atento.
Aprendiendo.
Marco observaba desde atrás, en silencio, con esa media sonrisa que rara vez mostraba.
Orgullo.
—
Sara, en cambio…
no estaba quieta.
Nunca lo estaba.
—Esto necesita música —declaró de pronto.
—No —dijo Ángel automáticamente.
—Sí —respondió ella al mismo tiempo.
—No.
—Sí.
—Sara—
Pero ya era tarde.
Uno de los sirvientes comenzó a moverse con rapidez.
Y segundos después…
la música llenó el salón.
Suave al inicio.
Luego más viva.
Más presente.
—
—Definitivamente esto se salió de control —murmuró Ángel.
—Te lo dije —respondió él mismo, resignado.
Neriam no pudo evitarlo.
Sonrió.
Leve.
Real.
—
—¿Bailas? —preguntó Ángel, extendiendo su mano hacia ella.
No había protocolo.
No había necesidad.
Solo… él.
Neriam observó su mano un segundo.
Luego lo miró a los ojos.
Y la tomó.
—
Mientras tanto…
Sara observaba la escena.
Y sonrió.
Pero no estaba mirando solo a ellos.
Sus ojos… buscaron algo más.
Alguien más.
Y por un instante—
no lo encontró.
Un leve vacío se instaló en su pecho.
Rápido.
Casi imperceptible.
—
—¿Buscas a alguien? —preguntó Marion, acercándose.
Sara parpadeó.
—¿Qué? No.
Pero no sonó del todo convincente.
Marion inclinó ligeramente la cabeza.
—Adrik no vino hoy.
Sara bajó la mirada un segundo.
—Dijo que tenía asuntos que atender.
Una pausa.
—Algo de su… familia.
Marion no respondió de inmediato.
Pero algo en su expresión cambió.
Sutil.
—
—Volverá —añadió Sara rápidamente, como si necesitara afirmarlo.
—Claro —respondió Marion—. Si dijo que lo haría.
Pero en su voz no había duda…
ni certeza.
Solo observación.
—
En el centro del salón…
Ángel y Neriam se movían con calma.
Sin prisa.
Sin necesidad de demostrar nada.
—Estás más tranquila —murmuró él.
—Estoy intentando estarlo.
—No.
Él negó suavemente.
—Lo estás logrando.
Neriam lo miró.
Y por primera vez…
no sintió la necesidad de contradecirlo.
—
Pero entonces—
como un susurro que nadie más escuchó—
esa sensación volvió.
Más fina.
Más precisa.
Más cerca.
—
Sus dedos se tensaron apenas sobre la mano de Ángel.
Él lo notó.
—Neriam…
Ella no respondió de inmediato.
Sus ojos recorrieron el salón.
Uno a uno.
Cada rostro.
Cada movimiento.
Todo parecía…
perfecto.
—
Y eso fue exactamente lo que no le gustó.
—
—Nada —dijo finalmente.
Pero esta vez…
ni ella misma se creyó la respuesta.
—
La música continuó.
Las risas también.
La noche avanzó.
Hermosa.
Viva.
Perfecta.
—
Y completamente…
engañosa.
La música llenaba el gran salón con una energía suave y envolvente.
Las risas ya no eran contenidas.
Eran libres.
Reales.
Como si, por una noche, todos hubieran decidido dejar de lado el peso que cargaban diariamente.
Mónica apareció junto a Ronald, entrelazando su brazo con el de él mientras observaba la escena con una sonrisa tranquila.
—No recuerdo la última vez que los vi así —murmuró.
Ronald giró ligeramente el rostro hacia ella.
—Eso es porque antes siempre estábamos esperando el siguiente problema.
—Y ahora…
—Ahora lo estamos ignorando —respondió él con media sonrisa.
Mónica soltó una pequeña risa.
—Prefiero llamarlo vivir el momento.
—
A unos pasos, Diana conversaba con Helena, ambas con copas en mano, observando a los más jóvenes con una mezcla de orgullo y nostalgia.
—Han crecido demasiado rápido —dijo Diana, con un suspiro suave.
Helena asintió.
—Siempre pasa. Un día los estás cuidando… y al siguiente están tomando decisiones que podrían cambiarlo todo.
Diana sonrió apenas.
—Al menos no lo están haciendo solos.
Sus ojos se desviaron hacia Ángel y Neriam, que aún se movían con naturalidad entre la música.
—No —añadió Helena—. Y eso lo cambia todo.
—
—Hablando de decisiones importantes… —intervino Mónica, acercándose a ellas—. ¿Ya empezaron a definir algo de la boda?
Diana soltó una pequeña risa.
—¿Definir? Apenas logramos que aceptaran que debe haber una.
Mónica arqueó una ceja.
—Eso no me sorprende.
Helena sonrió con complicidad.
—Neriam no es exactamente… tradicional.
—Ni Ángel paciente —añadió Diana.
Las tres rieron suavemente.
—
—Pero ya tengo algunas ideas —continuó Mónica, bajando un poco la voz—. Algo elegante… pero no exagerado. Que represente lo que ellos son.
—Fuerte —dijo Diana.
—Real —añadió Helena.
—Y absolutamente inolvidable —concluyó Mónica.
—
Mientras tanto, Kael se mantenía un poco más apartado, observando el salón con esa calma analítica que nunca lo abandonaba del todo.
Marion se acercó a él.
—Estás evaluando todo, ¿verdad?
Kael la miró de reojo.
—Siempre.
—No hay nada que evaluar hoy —dijo ella con suavidad—. Solo estamos celebrando.
Kael la observó un segundo más…
y luego asintió.
—Entonces supongo que también puedo permitírmelo.
Marion sonrió.
—
En el centro del salón, Sara giraba entre risas, arrastrando a Aron con ella.
—¡Vamos! —insistía—. Por una vez deja de pensar como guardia y actúa como alguien normal.
—Soy normal —protestó él.
—No, eres responsable —corrigió ella—. Y eso es peor.
Aron negó con la cabeza, pero terminó riendo.
—Solo por hoy.
—Solo por hoy —repitió Sara.
—
Ángel y Neriam se detuvieron finalmente.
No porque la música terminara…
sino porque no lo necesitaban.
—Esto era necesario —dijo él en voz baja.
Neriam observó el salón.
A todos.
Su familia.
Su gente.
Su legado.
—Sí —respondió.
Una pausa.
—Lo era.
—
Por un instante…
todo estuvo en calma.
Completa.
Plena.
Perfecta.
—
Pero en medio de esa perfección…
Neriam volvió a sentirlo.
Más leve esta vez.
Más profundo.
Como un hilo invisible tensándose en algún lugar que aún no podía ver.
—
Sus ojos se alzaron apenas.
Recorrieron el salón.
Se detuvieron en Sara.
En Aron.
En Marion.
—
Y luego…
más allá.
—
Nada.
—
Pero aún así…
no desapareció.
—
Ángel rozó su mano.
—¿Otra vez? —preguntó en voz baja.
Neriam tardó un segundo en responder.
—Sí.
—¿Peligro?
Ella negó suavemente.
—No.
Una pausa.
—Todavía no.
—
Y aun así…
su mirada no se relajó del todo.
—
Porque si algo había aprendido en su vida…
era que las verdaderas amenazas
no irrumpen.
—
Se instalan.
—
En silencio.