01. El León traicionado
El dolor despertó a Azrael, antes que nada.
Mientras dormía sintió un dolor agudo, imposible de ignorar, que lo atravesó desde el costado izquierdo hasta cada rincón de su cuerpo. Al instante, sus ojos se abrieron de golpe, encontrándose con el rostro de Radina, su prometida, inclinado sobre él. Por un segundo, solo un segundo, pensó que era un sueño, que quizás aún seguía dormido y que esto, era una pesadilla provocada por haber bebido demasiado vino durante la cena.
Pero entonces vio la daga en la mano de su leona.
Y la sangre. Su sangre. Su leona… Radina, le había apuñaleado mientras dormía.
—¿Qué...? —la palabra salió ahogada, confusa. Todavía no podía creerlo, «no» quería creerlo.
Radina no respondió. Su rostro, que por lo general era cálido cuando lo miraba, ahora se mostraba ante él como si se hubiera puesto una máscara de indiferencia. Sus ojos cafés no mostraban ni un poquito de culpa, ni siquiera satisfacción. Solo una frialdad calculada que Azrael jamás había visto en ella durante los tres años que llevaban juntos.
Como si eso no bastara, la daga se hundió de nuevo; esta vez en su pierna.
Radina aprovechó su desconcierto para atravesar músculo y tendón con una precisión que demostraba su práctica y frialdad en todo el asunto. Azrael gritó y su cuerpo se arqueó sobre la cama mientras sentía el veneno extenderse por sus venas a una velocidad que tenía que ser alarmante. En su agonía lo comprendió: esa era la única forma de quebrarlo. A traición y con veneno.
—Radina... —jadeó, tratando de moverse, de transformarse, pero sus músculos no respondían como siempre. Todo era más lento, más pesado—. ¿Por qué?
Ella bajó de la cama, aún desnuda, limpiando la daga ensangrentada en las sábanas de seda como si acabara de cortar un trozo de carne en la cena en vez de haber atacado a traición a su rey y prometido. El cuerpo de ella, de hermosa piel oscura se veía majestuoso bajo la luz de las antorchas que alumbraban la habitación del palacio de Eurea.
—Porque nunca fuiste el indicado, por eso —dijo con una voz plana carente de emoción.
De repente, las puertas de la habitación se abrieron de golpe. Azrael giró la cabeza, luchando por enfocar a través de la niebla que el veneno extendía sobre su vista, era un veneno fuerte porque ya estaba haciendo efecto en poco tiempo. En medio de su visión borrosa, vio que Kaelor entró primero. Su amigo de la infancia, era prácticamente su hermano, el león con quien había peleado su primera batalla a los quince años. Detrás de él aparecieron Maelis, Soren y Therin. Eran sus guerreros de confianza, los mismos con los que había reído y brindado en el banquete hacía tan solo unas horas. Pero el vino había quedado atrás; ahora, todos empuñaban dagas.
Todos estaban aquí para matarlo.
—¿Kaelor? —la voz de Azrael era apenas un susurro—. Hermano...
Kaelor no lo miró a los ojos. Solo se quedó parado junto a la puerta con su mandíbula apretada y sus nudillos blancos alrededor del mango de su daga. Se veía que ya había tomado una decisión.
—Lo siento —murmuró, con una voz tan baja que Azrael apenas pudo escucharlo.
—Cinco contra uno, hermano.
Aquella voz surgió de las sombras, helándole la sangre. Azrael sintió que el corazón se le detenía; aquello tenía que ser una pesadilla, debía serlo…
—Ni siquiera tú puedes ganar esta pelea —agregó el príncipe con una sonrisa triunfal.
Su hermano mayor emergió de la oscuridad como un depredador traicionero. Era Rhaegor Litharcan, Señor de la Dinastía de la Roca, Conquistador de los Mares del Oeste... el primogénito que debió ser rey. Su cabello castaño oscuro caía sobre unos hombros anchos, en agudo contraste con el rubio trigo de Azrael. Sin embargo, los ojos de ambos hermanos eran idénticos: grises, fríos, pero los de Rhaegor brillaban ahora con una combinación tóxica de triunfo y mucha amargura.
—Rhaegor... —Azrael intentó incorporarse, pero el veneno había hecho su trabajo. Apenas podía sentir sus piernas—. Tú... planeaste esto... tú…
—Durante meses —confirmó Rhaegor, acercándose a la cama con pasos lentos, se notaba que estaba disfrutando de ese momento—. Desde antes de que la maldita piedra brillara para ti.
La piedra. La piedra sagrada del dios de la tierra. El recuerdo golpeó a Azrael como otra puñalada más: la cima de la montaña, el ritual, la luz blanca que emanó cuando tocó la roca lisa. El momento en que su vida cambió para siempre. El momento en que, sin quererlo, sin pedirlo, se convirtió en rey de Lionburg. Él pensaba que no reinaría, pero el dios a quien adoraban había hablado y ahora debido a esa decisión, condenó a su hermano, el primogénito.
—Debiste... ser tú... —jadeó Azrael, sabiendo que las palabras eran inútiles ahora mismo, pero necesitó decirlas de todas formas—. Eres el primer hijo... el conquistador de más ciudades e islas... yo nunca quise...
—¡Exacto! —la máscara de calma de Rhaegor se rompió como un cristal lanzado con fuerza al suelo—. ¡Nunca lo quisiste! Yo he pasado mi vida entera conquistando territorios para este reino del oeste. He expandido nuestras fronteras más allá de lo que ningún rey león anterior logró. Las islas del oeste son nuestras por mi espada y mis garras. Las ciudades costeras se rindieron ante mi rugido. Yo he derramado más sangre, he arriesgado mi vida, ¡He construido nuestro poder!
Rhaegor se inclinó sobre su hermano y ahora su rostro estaba a centímetros del de Azrael.
—¿Y tú? Tú siempre te delegabas al segundo. Haciendo estrategias. Abriéndome paso. Y aun así... —su voz se quebró un poco mientras hablaba—. Aun así ¡el dios de la tierra te eligió a ti!
—No fue... mi decisión... y lo sabes —Azrael escupió sangre—. La piedra... eligió...
—Entonces corregiré el error del dios de la tierra ¡Yo me estaba preparando para ser el rey, no tú!
En medio de la tensión, Azrael captó un movimiento por el rabillo del ojo. Radina se había vestido con una calma descarada, como si no acabara de apuñalarlo, y ahora se deslizaba hacia Rhaegor. Cuando su mano buscó la de su hermano con una familiaridad chocante, algo se retorció en las entrañas de Azrael. No era solo una emboscada; era una entrega. Todo estaba claro y dolía demasiado.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó con su voz rota—. ¿Cuánto tiempo has estado con él, Radina?
La leona sonrió. Fue una sonrisa pequeña, casi tierna, pero dirigida a Rhaegor, no a él.
—Siempre —respondió—. Desde antes de que tú y yo empezáramos. ¿De verdad pensaste que una leona como yo se fijaría en el segundo hijo del rey? Estaba contigo para darle celos, para mantenerte cerca, para que bajaras la guardia. Y funcionó a la perfección.
Cada palabra era un veneno más letal que el de las dagas. Azrael había confiado en ella. Había compartido sus miedos, sus dudas, sus pensamientos más íntimos. Había creído que ella lo amaba, o al menos que sentía algo real por él.
Todo había sido una mentira. Ahora, en ese instante, con sus amigos con dagas en las manos, su hermano traicionándolo, su prometida, sentía que toda su vida fue una mentira.
—En fin, basta de charla —interrumpió Rhaegor, enderezándose—. Tienen sus órdenes. Mátenlo, pero háganlo parecer una pelea. Su cuerpo necesita mostrar signos de lucha. Cuando encuentren al rey muerto, atacado por rebeldes humanos o lobos del sur, yo asumiré el trono como heredero natural. El hermano leal buscando venganza.
—¡Perfecto, me encanta! Pero ¡ah, que molestia! ahora tengo que volver a desvestirme —murmuró Radina, besando la mejilla de Rhaegor mientras comenzaba a quitarse la ropa antes de transformarse.
Y así, en pocos segundos su cuerpo se retorció, los huesos crujieron y se reacomodaron, y en segundos, donde había estado una mujer ahora había una leona de pelaje dorado. Los demás la siguieron. Kaelor se transformó en un león de melena rojiza. Maelis, Soren y Therin hicieron lo mismo. Cinco leones rodearon la cama, y ahora sus ojos estaban fijos en el rey de Lionburg, listos para lanzarse sobre él y despedazarlo.
Sin embargo, Azrael cerró los ojos. El veneno quemaba sus venas. La traición desgarraba su corazón. Las heridas desangraban su vida. Cualquier hombre normal se habría rendido. Habría aceptado su destino.
Pero Azrael Litharcan, no era un hombre normal.
Era un león, era el rey escogido por el dios de la tierra. Y más que eso, era un Litharcan de pura sangre, descendiente directo del primer rey que recibió el don del dios de la tierra. El poder corría por su sangre, más fuerte en su linaje que en ningún otro. Era el poder que le daba su nombre a la dinastía de la roca donde había nacido.
Y en ese momento de desesperación absoluta, ese poder respondió a su furia.