UNA HORA MÁS TARDE La tarde fue vaciando el restaurante poco a poco. Los dos hombres de la otra mesa pagaron y se fueron hace rato. La mujer que tenía el delantal limpió sus sartenes con el mismo ritmo metódico con que lo hacía todo. El toldo amarillo recibía la luz oblicua del final del día y la devolvía de un color más suave. Dalia tenía las manos sobre la mesa, con los dedos entrelazados sobre el mantel de tela rústica, y pensaba. No era una reflexión ordenada. Era más bien la acumulación de cosas que habían pasado en las últimas horas llegando todas juntas sin que pudiera procesarlas de una en una. La capilla. El sacerdote. El nombre de él diciendo el suyo. El anillo deslizándose en el dedo con ese peso que al principio era frío y ya no lo era. El beso. El beso. Había sido casto.

