06. El nombre de los problemas

1839 Palabras
Luego de decir eso, Azrael desvió su mirada hacia donde la puerta estaba abierta. Podía escuchar la respiración del anciano en la sala. Podía oler su presencia. —Tu abuelo no se ha ido —dijo—. Sigue aquí —admitió sin nada de sorpresa. Dalia, al oír eso, pareció sorprendida. —¿Cómo lo sabe? —Puedo olerlo. Sigue aquí, vigilando. Desde la sala, la voz de Thoran llegó clara: —¡Por supuesto que no me he ido! —exclamó la voz del abuelo desde la entrada—. ¿Acaso pensabas que los iba a dejar solos? ¡Jamás! —¡Abuelo, te pedí que prepararas el cabrito! —exclamó Dalia, dejando escapar un suspiro de pura exasperación. Azrael sonrió, pero la expresión se desvaneció rápido. Al instante un pensamiento lo golpeó con fuerza. Si él había pasado cinco días aquí, suponía que su hermano y el resto no lo habían buscado. O sin darse cuenta, había corrido demasiado lejos durante su escape. Cualquiera de las dos opciones era posible. Pero si continuaba aquí solo significaba que no habían dado con su paradero. Sin embargo, no era seguro que permaneciera en ese lugar con estos humanos. Si Rhaegor o las leonas de Radina daban con él, los primeros en morir serían la mujer y el anciano. No tendrían piedad. Los matarían solo por haberlo ayudado. Así que lo mejor era que se fuera de ahí si deseaba que esos dos estuvieran a salvo. —Bueno, me iré —dijo Azrael—. Gracias por curarme. Pero, aunque pretendan que me quede, no puedo. Mis heridas se curarán en el camino. Intentó levantarse de nuevo. Esta vez logró incorporarse hasta quedar sentado, pero el movimiento le arrancó un quejido de dolor que no pudo contener. Su costado ardía. Su pierna palpitaba de una forma horrible. —¡No! —exclamó Dalia—¡No sea tan terco! Ya le dije que no puede irse. Tiene que quedarse hasta que esté sano —exclamó con el ceño fruncido, acercándose a Azrael para que se volviera a acostar. En ese momento, Thoran regresó y se quedó parado en el marco de la puerta, con sus brazos cruzados sobre el pecho. —Ya, no se preocupe, felino. Los que intentaron matarlo no vendrán por usted —dijo—. Si eso es lo que está pensando. Azrael abrió sus ojos de par en par, mostrando una verdadera sorpresa pintada en su rostro. —¿Cómo están tan seguros? Thoran miró a su nieta, luego volvió su atención al león. —No somos humanos cualquiera, si eso es lo que cree. Dalia se volteó viendo hacia donde estaba su abuelo. —¡Abuelo! —exclamó, con un tono de advertencia en su voz. —Es necesario que lo sepa, al menos —respondió Thoran encogiéndose de hombros. Azrael frunció el ceño, sintiendo como de repente, su curiosidad comenzó a despertarse a pesar de su dolor. —Si no son humanos cualquiera ¿Entonces qué son? Thoran lo miró directamente a los ojos, sin pestañear. —Cuando usted nos diga por qué lo querían matar y quién es usted de verdad, le diremos qué somos nosotros. Azrael alzó ambas cejas. No esperaba esa respuesta. El anciano era más astuto de lo que pensaba. —Bien —dijo después de un momento—. Es justo —admitió el león, mirando con atención al anciano—. Por el momento, ambos guardaremos secretos. Dalia escuchó la voz de Azrael con atención. Notó que se había molestado un poco. El tono había cambiado levemente, volviéndose más frío, más distante. Había tocado algo sensible. —Entonces… —continuó Azrael—. Sea lo que sea que hicieron, funcionó. Porque si han pasado cinco días y ningún león ha venido a buscarme, indica que ustedes están a salvo. —Mejor dicho, usted está a salvo, lord Azrael —corrigió Dalia. Azrael se volteó para verla otra vez, mirándola de pies a cabeza. Ella estaba sentada con la espalda recta, con su palo apoyado contra su regazo, con sus manos descansando sobre él. Había una serenidad en ella que contrastaba con el caos que él había vivido los últimos días. —Está bien —dijo Azrael luego de un rato—. Entonces descansaré. Se acostó con cuidado, acomodándose de lado para no presionar las heridas de su costado. El colchón era simple, relleno de paja, pero luego de estar desangrándose y huyendo de su propia gente, se sentía como el lujo más grande. —En una semana estaré curado a la perfección —aseguró el león, con su voz llena de convicción—. Ese será el tiempo que me quedaré aquí. Me iré, solucionaré mis asuntos y luego regresaré a recompensarlos. Lo dijo con tanta certeza y seriedad que Dalia no pudo evitar tragar saliva. Por primera vez en su vida, sentía curiosidad por saber cómo era el rostro de esa voz tan segura de sí misma. Siempre había vivido sin ver, sin lamentar lo que no conocía. Pero ahora, en este momento, con este extraño llamado Azrael recostado en su cama, deseó poder abrir los ojos y ver quién era… como lucía. Thoran observó a su nieta desde la puerta. Conocía esa expresión en su rostro. Era curiosidad, pero también algo más. Algo que lo preocupaba. —Bueno… voy a matar al cabrito —anunció—. Estaré en el patio si me necesitas, Dalia. Grítame por cualquier cosa. —Gracias, abuelo. Los pasos de Thoran se alejaron, esta vez de verdad. El sonido de la puerta trasera abriéndose y cerrándose confirmó que había salido de la casa. El silencio cayó sobre la habitación como una manta. Dalia se quedó sentada donde estaba, con sus dedos trazando el patrón de la madera de su palo. Azrael cerró los ojos, dejando que su cuerpo se relajara por primera vez en días. Pero el silencio no duró mucho. —¿Por qué se molestaron en salvarme? —soltó Azrael de pronto, manteniendo los ojos cerrados—. ¿Por qué me ayudaron? Le carcomía la duda; se preguntaba si ella le daría una respuesta honesta o una fachada piadosa. Dalia ladeó la cabeza, meditando sus palabras. —Lo encontré en el río mientras lavaba —dijo al fin, con una naturalidad que desarmaba—. Simplemente no podía dejar que muriera allí solo. Era lo que debía hacerse. —La mayoría de las personas no piensan así. En especial cuando se trata de hombres bestia y más uno que tenía signos de intento de asesinato. —Nosotros no somos la mayoría de las personas, Lord Azrael. Azrael abrió un ojo, mirándola con curiosidad. —Eso ya lo dejó claro tu abuelo. Siguen siendo humanos, ¿verdad? No son bestias. —Somos humanos —confirmó Dalia—. Pero diferentes. —¿Diferentes cómo? Ella sonrió, pero no respondió. En cambio, se puso de pie y caminó hacia la ventana. Sus pasos eran seguros, conocía cada centímetro de esta habitación. Se detuvo junto a la ventana, sintiendo la brisa fresca que entraba, y suspiró. —Mi abuelo le dirá cuando usted le cuente su historia —dijo—. Es un intercambio justo ¿no cree? Azrael la observó parada junto a la ventana, con el viento moviendo la trenza de su cabello. Había algo en ella que lo intrigaba. No era solo su ceguera, ni su amabilidad inexplicable. Era algo más profundo. Una calma que no debería existir en alguien tan vulnerable como era ella. —Está bien —dijo el león—. Guardaremos nuestros secretos por ahora. Dalia asintió, con su sonrisa todavía en su rostro. —¿Puedo hacerle una pregunta personal? Azrael frunció los labios, observándola en silencio. —Es sencilla, no se preocupe —continuó ella, sintiendo la renuencia de él—. Me pregunto si tiene familia... ¿Alguien que esté preocupado por usted? Ha pasado mucho tiempo y supongo que algún ser querido debe estar preguntándose dónde está. Esa interrogante de ella lo golpeó como un puñetazo en el estómago. Familia. Sí, tenía familia. Un hermano que había intentado matarlo. Amigos que se habían vuelto asesinos. Una prometida que había clavado una daga en su costado. —No, no tengo familia —respondió Azrael después de un momento demasiado largo—. No tengo a nadie. Estoy solo. Dalia frunció el ceño. Podía escuchar el dolor en su voz, aunque él trataba de ocultarlo. —Lo lamento mucho… —dijo con suavidad. —No lo sientas. Es mejor así. Otro silencio cayó entre ellos. Este era más pesado, tanto que Dalia sintió que se asfixiaba, por eso regresó a donde estaba sentada antes, acomodándose en la silla de madera junto a la cama. —Debe descansar ahora —dijo—. Su cuerpo necesita sanar. Azrael quería discutir, quería insistir en que no podía quedarse, que era peligroso para ellos. Pero el agotamiento lo abrumaba como una ola. Sus ojos se cerraron contra su voluntad. —Solo por una semana —murmuró, ya medio dormido. La mujer tenía razón, estaba muy débil todavía. —Solo por una semana —repitió Dalia, aunque algo en su voz sugería que no creía del todo en esas palabras. Lo último que Azrael escuchó antes de caer en el sueño fue el sonido de Dalia moviéndose por la habitación, ordenando los frascos de ungüentos y hierbas. Era un sonido reconfortante, casi doméstico. Tan diferente de los rugidos y gritos de traición que habían llenado sus últimos momentos con los suyos. Por primera vez desde que Radina lo apuñaló, Azrael se permitió bajar la guardia. Por primera vez en días, durmió sin pesadillas. Afuera, Thoran sujetaba el cuchillo con manos expertas mientras observaba al cabrito que estaba a punto de sacrificar. No era, ni mucho menos, un viejo enclenque; su cabello blanco y su tupida barba canosa eran lo único que delataba el paso del tiempo. Conservaba una musculatura sólida que recordaba a sus años de juventud, cuando lo apodaban “Thoran el Búfalo” por su fuerza y su imponente presencia. Aunque los años le habían restado bastante de ese ímpetu, su fortaleza seguía siendo formidable. Sin embargo, mientras degollaba al animal, su mente estaba lejos de allí: permanecía en el león que descansaba en la cama de su nieta. Había algo en ese hombre. Algo roto pero peligroso. Como una espada quebrada que todavía podía cortar y matar si la sabían usar. Y lo más preocupante de todo: Dalia parecía sentir curiosidad por él. En todos los años que la había criado, nunca la había visto mostrar tanto interés en un extraño. —Por favor, dioses de la tierra —murmuró Thoran, alzando la vista al cielo—. No dejen que ese león traiga problemas a mi nieta. Pero en el fondo de su corazón, sabía que ya era demasiado tarde para esa plegaria. Los problemas ya habían llegado. Y vinieron en forma de un león que se llamaba Azrael.
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