—Lo siento, Camila. ¡Rezaré por ti esta noche! Cuando Gabriel se acercó al sofá, Camila, que estaba recostada allí, finalmente notó que alguien se aproximaba. Abrió los ojos, nublados por el alcohol, y miró al hombre frente a ella. De repente, sonrió y preguntó: —¿Has vuelto? Su voz, suave y perezosa, hizo que Gabriel sintiera que ella no se preocupaba por él en absoluto, como si en ese momento no fuera más que un conocido cualquiera. Al verla levantar de nuevo la copa de vino, a punto de beber, Gabriel extendió la mano y se la arrebató. La dejó con fuerza sobre la mesa de centro. El golpe seco hizo que Camila recuperara un poco la lucidez. Sin embargo, por haber bebido demasiado, su mirada seguía algo desenfocada. Al observarla en ese estado, Gabriel se enfureció. Extendió la mano

