Capítulo 13

1215 Palabras
Gabriel no se sorprendió en absoluto; simplemente le recordó: —Pamela no es tan estúpida como crees. Si quieres guardar pruebas, sé más inteligente la próxima vez. Camila estaba furiosa. Pamela era la hermana menor de Gabriel. Siempre discutían entre ellos, pero, al final, él terminaba protegiéndola. A Camila le parecía que ambos se estaban burlando de ella. ¿Acaso todavía debía agradecerles? Solo pensarlo la enfurecía aún más. Mirando a Gabriel frente a ella, levantó la cabeza y gruñó: —¡Ella es complicada, y tú tampoco eres mejor! ¡Ninguno de los dos es buena persona! Gabriel quedó ligeramente sorprendido. Sin embargo, al ver su expresión de enojo, no se enfadó. En cambio, se volvió hacia el asistente y dijo con calma: —Pamela no solo descuidó su trabajo en el departamento de diseño, sino que además instigó a otros a intimidar a la recién llegada. Que lleve una tabla colgada al cuello y permanezca de pie en la cantina durante un mes. —Entendido, presidente —respondió el asistente antes de retirarse. Camila se quedó atónita. Su expresión la hacía parecer completamente desconcertada. Debía de haber escuchado mal. ¿Gabriel realmente quería castigar a Pamela y obligarla a permanecer en la cantina durante un mes? Era su hermana. ¿Cómo podía ignorar sus sentimientos y darle un castigo así? Camila no pudo evitar alzar la vista. Gabriel también la estaba mirando. En sus ojos no había duda ni vacilación, solo firmeza… y algo más. Por un momento, Camila quedó paralizada. De niña, siempre había envidiado a las chicas que tenían hermanos mayores. La manera en que ellos protegían a sus hermanas era incomparable. Más allá del amor de los padres, Camila siempre había soñado con que alguien la favoreciera así, que estuviera de su lado sin importar lo que pasara. Pensó que Mauricio le daría esa sensación, pero la realidad la golpeó con dureza. Sin embargo, nunca imaginó que quien le haría sentir esa protección sería Gabriel… Tal vez fue por la intensidad de su mirada. La ira de Camila se disipó de inmediato. Sin darse cuenta, una sonrisa comenzó a dibujarse en su rostro mientras lo observaba. Al notar su propio cambio de humor, bajó la cabeza con vergüenza, aunque la sonrisa aún permanecía en sus labios. Gabriel no dijo nada y siguió mirándola. Camila, incómoda por el silencio, cambió de tema. —Es tu hermana. Si la tratas así, la gente hablará. —A ella no le importó cuando te inculpó. No necesito complacer a nadie. Su tono era tranquilo, pero sus palabras estaban cargadas de poder y determinación. Camila no pudo evitar contemplar al hombre que tenía delante. Ese hombre… parecía haber nacido para mandar. Cualquier mujer se rendiría ante alguien como él. Si no hubiera conocido a Mauricio años atrás, si no hubiera sufrido aquella traición, todavía creería en el amor. Quizá incluso fantasearía con un matrimonio feliz… y podría llegar a enamorarse de él. Sin embargo, Camila, que ya había experimentado la traición, no creía que aún existiera el amor verdadero en este mundo. Para ella, una relación no era más que un acuerdo. Si Mauricio había sido capaz de traicionarla, con mayor razón lo sería un magnate de los negocios como Gabriel Montalbán. Camila sacudió la cabeza, apartando esos pensamientos de su mente. —Vete temprano a casa hoy. Empaca tus cosas y múdate a mi villa. Aquí tienes la llave. La compañía de mudanzas ya está esperando en tu casa. Después de decir eso, Gabriel volvió a concentrarse en su trabajo. Camila miró la llave en la palma de su mano, completamente desconcertada. ¿Mudarse a su villa? ¿Pero qué demonios? Su matrimonio era falso. Incluso el certificado no tenía foto. No eran una pareja real. Entonces, ¿por qué Gabriel quería que viviera con él? Y si tenían que dormir en el mismo dormitorio… Solo pensarlo hizo que Camila se sonrojara al instante. La llave en su mano se sentía como una rosa llena de espinas: no podía tirarla, pero tampoco sabía cómo sostenerla sin lastimarse. Mientras tanto, Gabriel, que le había entregado la llave, ya estaba completamente concentrado en su trabajo, como si nada fuera fuera de lo común. Después de que Camila regresó al departamento de diseño, bajó la mirada y vio la llave sobre su escritorio. Resopló con vergüenza y decidió que no se mudaría con Gabriel. Luego guardó la llave en su bolso y no volvió a sacarla. Al mediodía, fue a almorzar a la cafetería de la empresa. En cuanto entró, vio a Pamela de pie en la entrada con un cartel colgado al cuello. Pamela también la vio y la miró con un odio intenso, como si quisiera despedazarla. —Camila, por la humillación de hoy, algún día te haré pagar un precio muy alto. ¡Solo espera! Al verla en ese estado, Camila se sintió inexplicablemente aliviada. —Pamela, ¿qué se siente provocar tu propia desgracia? ¿No decías que tu hermano siempre estaría de tu lado? Ya ves… no lo conoces tan bien. Pamela detestaba la expresión de satisfacción en el rostro de Camila. Si no fuera porque Gabriel le había ordenado permanecer quieta, ya se habría abalanzado sobre ella. —¡Camila, más te vale no ser tan arrogante! —¿Es tan obvio? Oh, lo siento. Me vuelvo un poco arrogante cuando alguien me favorece —respondió con una sonrisa—. Además, tu hermano fue tan amable conmigo que no pude evitarlo… jajaja. Camila entró a la cafetería riendo. Escuchar a Pamela maldecirla a sus espaldas la puso de tan buen humor que comió más de lo habitual. Por la tarde, Camila salió del trabajo a tiempo. Después de un día sorprendentemente agradable en el departamento de diseño, se había olvidado por completo del asunto de la mudanza. Sin embargo, cuando llegó a casa y abrió la puerta, se llevó una gran sorpresa: varias personas entraban y salían cargando sus pertenencias. —¿Qué está pasando? —gritó, asustando a los trabajadores. Entonces escuchó una voz familiar desde el interior. María corrió hacia ella, emocionada. —¡Camila! Niña traviesa, cuéntamelo todo. ¿Cuándo te… acostaste con el señor Montalbán? —¡Ejem! —Camila tosió, escandalizada por aquellas palabras, y rápidamente le cubrió la boca antes de que siguiera diciendo disparates. —Deja de decir tonterías, Mary. ¿Puedes explicarme qué está pasando? ¿Abriste mi puerta? Mary apartó suavemente las manos de Camila y sonrió con picardía. —Lo sabía. Con esa cara bonita y esos modales tan correctos, era cuestión de tiempo que consiguieras al novio más atractivo. Pero jamás imaginé que sería el señor Montalbán. ¿Sabías que es el hombre perfecto para todas las mujeres de la empresa? Dime, ¿cómo se conocieron? ¿Hasta dónde han llegado? Oh… espera… Si se van a mudar juntos, entonces ya debieron haberlo hecho… ya sabes… —¡¿Qué?! —Camila le dio un ligero golpe en la cabeza, exasperada. Cuando los trabajadores terminaron de bajar las últimas cajas, Camila entró en su apartamento… y lo encontró prácticamente vacío. Se quedó en medio de la sala, mirando alrededor con incredulidad. —¡María! —gritó—. Dime ahora mismo, por favor… ¿dónde están todas mis cosas?
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