Capítulo 12

1434 Palabras
Justo cuando Pamela estaba pensando en todo esto, sonó el teléfono móvil del gerente. Al ver el número en la pantalla, el director del departamento —que momentos antes se mostraba arrogante— cambió por completo su actitud. Se enderezó de inmediato y contestó con evidente respeto. Después de escuchar lo que le decían al otro lado de la línea, su expresión cambió drásticamente. Colgó y se apresuró a alcanzar a Camila, que estaba a pocos metros. —¡Por favor, espere un momento! El director corrió hacia ella. La manera en que la miraba ahora era completamente distinta: estaba sorprendido, arrepentido… e incluso asustado. —¡Cometí un error! ¡Lo siento muchísimo! —repetía una y otra vez, intentando recuperar el portapapeles que Camila tenía en la mano. Pero Camila reaccionó con rapidez y escondió el portapapeles detrás de su espalda. Al notar el pánico en sus ojos, sonrió con ironía. —¿Qué está haciendo? El gerente sonrió con nerviosismo y adulación, aunque no se atrevió a intentar arrebatárselo otra vez. Sus ojos seguían cada movimiento del portapapeles. —Lo siento mucho, señora Taylor. Me disculpo por mi comportamiento de hace un momento. Fui demasiado precipitado y no investigué los hechos con claridad. Por favor, perdóneme. ¿Podría devolverme ese portapapeles? Si continúa sosteniéndolo, estaré realmente preocupado. Camila no se había alejado demasiado de la oficina, así que entendió que el cambio repentino de actitud del gerente se debía a la llamada telefónica. También pudo adivinar quién había llamado y de qué habían hablado. ¡Probablemente solo Gabriel Montalbán podía hacer que el director cambiara de esa manera tan drástica! A pesar del comportamiento inexplicable de Gabriel, Camila no iba a perder la oportunidad de poner en evidencia a Pamela. En lugar de devolver el portapapeles, lo ignoró y caminó hacia el ascensor, como si realmente fuera a la cantina a recibir el supuesto castigo. Al verla avanzar, el gerente se puso aún más nervioso y corrió tras ella, casi dispuesto a arrodillarse frente a la esposa del presidente. No sabía que Camila —a quien Pamela había acusado falsamente— era la esposa de Gabriel Montalbán, el presidente de la empresa. —¡Señora Taylor, por favor, no avance más! Todo es culpa mía. ¡Me arrodillaré si es necesario! Si usted va a la cantina, el señor Montalbán quedará en ridículo. ¡No puedo permitir que algo así suceda! Pamela llegó poco después. Al escuchar aquellas palabras, pisoteó el suelo con rabia. —¡Gerente! ¿Qué está haciendo? ¿Ha olvidado lo que me prometió? Al oír la voz de Pamela, el gerente adoptó una expresión seria y respondió con firmeza: —Señorita Montalbán, usted ordenó a los empleados antiguos que intimidaran a los recién llegados, y debe asumir la responsabilidad. Además, me mintió y acusó injustamente a la señora Montalbán. ¡La única culpable aquí es usted! ¿La esposa del presidente…? Las mujeres que estaban junto a Camila se quedaron atónitas. Sus rostros palidecieron al escuchar la verdad. Al ver sus reacciones, Camila no pudo evitar esbozar una sonrisa burlona. Esquivó nuevamente al gerente y continuó hacia el ascensor. El gerente, que aún discutía con Pamela, tardó unos segundos en notar sus movimientos. Cuando reaccionó, Camila ya estaba frente a la puerta del ascensor. Sonó el timbre y las puertas se abrieron lentamente. El gerente intentó detenerla, pero enmudeció al ver al hombre que se encontraba dentro del ascensor. Camila también se quedó atónita cuando vio a Gabriel Montalbán de pie, imponente, dentro del ascensor. No esperaba que estuviera allí. Además, apenas habían pasado unos minutos desde que él llamó al gerente. —¡Presidente! —el director del departamento bajó la cabeza; su voz temblaba ligeramente. —Gerente Todd, escuché que ordenó a mi esposa llevar la “tabla de la vergüenza” a la cantina. Su tono era tranquilo, pero cargado de advertencia. Las piernas del gerente comenzaron a temblar sin control. Hizo un gran esfuerzo por mantenerse firme. ¡No tenía idea de que aquella nueva empleada era la esposa del presidente Montalbán! Si lo hubiera sabido, jamás habría aceptado el dinero de Pamela para ayudarla a tenderle esa trampa. Ahora estaba lleno de arrepentimiento. Camila no respondió al gerente, pero lo que realmente la sorprendió fue el título con el que se dirigió a Gabriel. ¿Presidente? ¿Gabriel era ahora el presidente de Industrias Taylor? Hasta donde ella sabía, ese puesto había quedado vacante. Después de aquel incidente, Gabriel había destituido a Pamela y la había enviado al departamento de diseño. Desde entonces, la presidencia no había sido ocupada oficialmente. Pero Gabriel… él era el hombre que controlaba gran parte de los negocios de la familia Montalbán, con inversiones que abarcaban medio Chicago. ¿Cómo era posible que aceptara dirigir una simple filial como Industrias Taylor? ¿Para qué? ¿Acaso… por ella? ñ idea dejó a Camila desconcertada. El certificado de matrimonio que recibió aquella noche durante la cena, la manera en que Gabriel actuó en la fiesta y la forma en que la defendió en la entrada de Industrias Taylor… todo resultaba difícil de creer. Pero… La chispa de emoción en sus ojos se apagó rápidamente. Sabía que no debía hacerse ilusiones. Gabriel siempre tenía un propósito para todo lo que hacía. Ella no era más que una pieza útil en sus planes. Al pensar en eso, Camila se calmó. Su única preocupación era que había creído que no volverían a verse después del falso certificado de matrimonio. Sin embargo, ahora que él se había convertido en el presidente de Industrias Taylor, eso significaba que tendrían que verse todos los días. —Presidente, todo es culpa mía. Casi lastimo a la señora Montalbán. ¡Por favor, castígueme! La voz del gerente devolvió a Camila a la realidad. Ahora que Gabriel estaba allí, ella ya no necesitaba seguir actuando. Lanzó el portapapeles a un lado y se apoyó contra la pared, cruzándose de brazos mientras observaba la escena como si se tratara de un espectáculo. Aunque no conocía del todo a Gabriel, pensó que, ahora que era llamada “señora Montalbán”, era muy probable que él la respaldara. Por otro lado, el gerente casi había pisoteado su dignidad, así que al menos merecía que le descontaran varios meses de bono. Sin embargo, Camila subestimó el poder de Gabriel… o quizás nunca entendió realmente el lugar que ocupaba en su corazón. Gabriel miró fijamente al director del departamento y dijo con frialdad: —Aceptaste sobornos de empleados y acosaste a una persona inocente. Industrias Taylor no necesita basura como tú. Ve a cobrar tu salario del mes pasado y abandona la empresa. El gerente cayó de rodillas, devastado. No esperaba que Gabriel lo despidiera sin la menor vacilación. Había trabajado en la empresa durante siete u ocho años y era director de departamento. Camila tampoco lo anticipó y se quedó paralizada. Mientras seguía aturdida, una mano grande y cálida tomó suavemente su muñeca. Gabriel bajó la mirada hacia el dorso de su mano y rozó con los dedos sus nudillos enrojecidos por el altercado de hacía unos minutos. Ese gesto… era demasiado íntimo. Camila volvió en sí cuando el gerente, aún arrodillado, rompió en llanto. —Presidente, por favor, perdóneme. Ya me disculpé con la señora Montalbán. ¡Le ruego que me dé otra oportunidad! Gabriel no respondió. Fue su asistente quien dio un paso al frente y bloqueó el camino del gerente. —Señor Todd, el presidente Montalbán no cambiará de opinión. Por favor, retírese. De lo contrario, tendrá más problemas. Aquellas palabras silenciaron a todos. El antes arrogante gerente Todd se marchó cabizbajo y derrotado. Gabriel tomó la mano de Camila y entró con ella al ascensor. Subieron hasta la oficina presidencial en el último piso, como si nada hubiera ocurrido. En la oficina solo estaban Gabriel, Camila y el asistente. Camila retiró la mano con torpeza y apartó la mirada. —No voy a agradecerte por lo que pasó. Puedo manejarlo sola, incluso sin tu ayuda —dijo con orgullo. Al mirarla, Gabriel curvó levemente los labios. —¿Y cómo pensabas hacerlo? ¿Usando el teléfono que dejaste grabando sobre el escritorio? Camila levantó la cabeza, sorprendida. El asistente tomó una tableta y reprodujo la grabación de la cámara de vigilancia del departamento de diseño. En el video se veía claramente que, después de que Camila se fuera, Pamela tomó su teléfono móvil, lo arrojó al suelo y lo pisoteó con fuerza. Al ver cómo destruían su única prueba, el rostro de Camila se ensombreció.
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