Tenía cerrados sus grandes y hermosos ojos, que estaban un poco rojos e hinchados. Aún quedaban rastros de lágrimas en su rostro, señal de que había llorado antes de quedarse dormida. La ama de llaves tenía razón. Sus labios estaban resecos y más rojos de lo habitual. Camila fruncía ligeramente el ceño. Su expresión parecía dolorosa, como si estuviera teniendo una pesadilla. Dormida, ya no mostraba enojo y parecía una silenciosa muñeca de porcelana. Al observar sus labios enrojecidos, Gabriel fue hasta la sala de estar, tomó un poco de ungüento del botiquín, colocó una pequeña cantidad en su dedo índice y luego lo aplicó con cuidado sobre los labios de Camila. El suave contacto de sus dedos hizo que el corazón de Gabriel se ablandara. —Mmm… Al sentir la perturbación, Camila frunció

