Antes de abrir los ojos supe que me encontraba con él. Su aroma me impregnaba, cada respiro de Alex parecía el monto exacto de aire que yo requería para poder vivir. La necesidad de seguir envuelta entre sus brazos hizo que mi cuerpo se encogiera y una sensación cálida me recorriera de arriba abajo, al mismo tiempo que un cosquilleo tentador se hacía poseedor de mi estómago. ―Te amo, Olive Shrader Cameron. Su confesión seguía haciéndose eco en mis pensamientos. Incluso a esas horas de la mañana, cuando apenas podía sentir el calor de un matutino sol filtrándose a través de las cortinas, cada fragmento de la noche anterior me envolvía de forma entusiasta. Todo había sido tan perfecto, tan correcto, tan real. Desafortunadamente, alguien había creado la palabra «pero». Esa estúpida palabra

