Capítulo 1: Recuerdos
Lunes.
7:31 a.m.
Estaba sentada en el comedor desayunando al lado de Benjamín, mi pequeño de tres años.
Tan rápido había pasado el tiempo que apenas me había dado cuenta de cuánto había crecido. Era un niño hermoso y saludable, con unos ojos grandes y curiosos que parecían reflejar toda la inocencia del mundo. Su risa era contagiosa, y su energía iluminaba cada rincón de nuestra casa.
Y aunque a lo largo de sus años no había crecido teniendo una figura paternal, no parecía afectarle demasiado. Yo me había esforzado al máximo por ser suficiente para él, para que no sintiera ese vacío que otros podrían haber percibido.
Sí, así había sido su infancia, marcada por la ausencia de su padre, Lucas, un hombre que en su momento pensé que sería mi compañero de vida.
Habíamos sido novios durante cinco años, y todo parecía ir bien… hasta que dejó de ser así. Todo sucedió de manera tan rápida que me tomó completamente por sorpresa, porque él lo tenía bien oculto. Lucas siempre mostró que me quería o, al menos, eso creí yo de ilusa. Jamás imaginé que detrás de esa fachada se escondía alguien capaz de traicionarme de la peor manera.
Y lo más grave llegó cuando, estando embarazada de dos meses, descubrí que Lucas me había sido infiel.
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INICIO DEL FLASHBACK
Era una tarde tranquila y me dirigía a la casa de Lucas, ya que aún no nos habíamos mudado juntos. De hecho, estábamos buscando departamentos para dar ese paso, y mucho más con nuestro primer hijo en camino, pero siempre nos topábamos con obstáculos: ninguno parecía ajustarse a lo que buscábamos, y el plan se posponía una y otra vez.
Pocos minutos después, llegué a mi destino y aparqué el auto.
En realidad, no le había avisado a Lucas que venía a visitarlo, pues mi visita había sido completamente espontánea.
Pero nunca imaginé que, al llegar de esa manera, terminaría descubriendo algo que cambiaría mi vida para siempre.
Subí hasta su departamento y abrí la puerta con la llave que él me había dado.
— Hola, Lucas. Soy yo, Rebeca — dije, anunciando mi llegada para no asustarlo.
Fui directamente a la sala, pero no estaba allí. Por lo que supuse que estaría en su habitación, a menos que no estuviera en casa.
De inmediato, me acerqué a la puerta de su cuarto, y fue cuando los vi. Lucas estaba acostado sobre una mujer, besándose tan intensamente y con tanto deseo, que ni siquiera notaron mi presencia. Ambos estaban vestidos, pero por la forma en que se acariciaban y se movían, supe que en unos minutos todo cambiaría.
— Lucas — dije, con una voz temblorosa y rota por la sorpresa. Él se giró de inmediato, se separó de su acompañante y, en ese instante, reconocí a la mujer: era Valeria, una de mis “amigas”.
Lucas: — ¡Ah! Rebeca. Estás aquí — dijo con una sonrisa nerviosa mientras se arreglaba la ropa.
En ese momento, no dije nada más. Me quedé ahí de pie, mirando cómo en sus caras se reflejaba tanto asombro y en la mía, tanta confusión.
Al instante, me di la vuelta lentamente, incapaz de procesar lo que acababa de presenciar. Podría haberle gritado a Lucas, enfrentarlo y recriminarle su traición con otra mujer, pero no tenía fuerzas para hacerlo. En lugar de ira, lo único que sentía era una parálisis que me consumía, impidiéndome reaccionar.
Valeria: — Rebeca, puedo explicarlo
— dijo desde la habitación, pero yo seguí mi camino.
Lucas: — Oye, Rebeca, espera. No es lo que crees. No sabía que ibas a venir, me hubieras avisado — dijo, acercándose a mí con una expresión que me parecía más una disculpa que una justificación.
— ¿Y para qué te iba a avisar? Igualmente, te las hubieras follado otro día — respondí, sintiendo cómo mi corazón se desmoronaba con cada palabra. La rabia y el dolor me inundaron, y mi voz salió entrecortada, cargada de frustración.
Lucas: — No es lo que crees, fue un error. Ella vino, tomamos mucho, y luego… bueno, una cosa llevó a la otra
— mencionó, quitándole importancia al asunto y en ese momento, se apareció Valeria detrás de él.
— De verdad, no me lo esperaba de ti
— le dije a Valeria justo antes de abrir la puerta y marcharme. No estaba dispuesta a quedarme ahí, escuchando sus excusas, en su mayoría vacías y llenas de mentiras.
Bajé las escaleras y mi cabeza recordaba una y otra vez lo que había visto. En ese momento, sentía miles de emociones, pues la traición había sido doble. Uno me había traicionado en nuestra relación, eligiendo a alguien más cuando se suponía que compartíamos algo único.
Y la otra, mi amiga, había roto nuestra confianza, dándome la espalda en el momento en que más la necesitaba.
FIN DEL FLASHBACK
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Desde esa noche ya no volví a ser la de antes. Ya no volví a hablar con Valeria. Por ello, con dolor en el pecho, corté por completo todo lo que nos unía, y esa amistad que había construido desde hace años se fue al carajo. Porque tenía claro que no podía perdonarla. Su traición había cruzado una línea que para mí era inquebrantable; no solo me había fallado, sino que había destruido algo que yo creía genuino y valioso.
Mientras tanto, con Lucas, durante los siguientes días a su infidelidad, trató de convencerme de que lo nuestro todavía podía funcionar, a pesar de lo que había pasado con Valeria. Pero yo no caí en sus mentiras, ni en las promesas que repetía una y otra vez para justificarse.
De hecho, sabía que si había sido capaz de traicionarme una vez, no tardaría en hacerlo de nuevo. Por eso, me fui alejando de él, dejándole claro no solo con palabras, sino con actos, que no tenía intención alguna de regresar con él ni de mantener algún vínculo fuera de nuestra responsabilidad compartida hacia Benjamín.
Es más, con el tiempo, Lucas fue perdiendo el interés poco a poco, hasta que desapareció y dejó de buscarme.
Fue entonces cuando supe que ya no había vuelta atrás, que iba a estar sola con mi embarazo. Además, siempre intenté evitarlo porque consideraba que su actitud era manipuladora e inestable. Lucas parecía cambiar de humor y discurso según lo que le convenía, y eso no me daba confianza para permitirle estar cerca en un momento tan importante para mí.
Así que, finalmente, decidí no dejarlo entrar de nuevo en mi vida ni en la de mi hijo. Me dolió, sí, pero opté por seguir adelante sin él. Aprendí que no lo necesitábamos para ser felices, porque yo era una mujer fuerte, llena de amor y dispuesta a trabajar duro por nuestro bienestar. Tenía todo lo necesario para salir adelante junto a mi hijo.
Durante esos nueve meses, me enfoqué en mi embarazo y en preparar cada detalle para la llegada de Benjamín. Me prometí a mí misma que jamás permitiría que alguien nos hiciera sentir insuficientes o inseguros. Al final, aunque la ausencia de Lucas dejó un vacío, Benjamín llenó mi vida de formas que nunca habría imaginado. Él se convirtió en mi mayor motor y en la razón por la que, incluso en los días más difíciles, sabía que habíamos encontrado nuestra propia felicidad.
Silvia: — Buenos días — saludó mi hermana mientras se acercaba al comedor. Ella, como trabajaba desde casa, y no tenía hijos, había decidido cuidar de Benjamín mientras yo trabajaba. De lunes a viernes lo llevaba a la escuela, lo cuidaba durante el día y, cuando yo llegaba a casa, tomaba el relevo. Los fines de semana, en cambio, eran completamente mi responsabilidad, ya que Silvia solo podía ayudarme entre semana, pero ya con eso que hacía era suficiente porque así tenía a alguien más y de confianza, que se pudiera encargar de Benjamín.
— Buenos días — respondí, tomando mi bolso y alistándome para irme.
Silvia: — Buenos días, Benjamín
Benjamín: — Buenos días
Silvia: — ¿Ya te vas para el trabajo?
— Sí
Benjamín: — ¿Mami, vas a tardar mucho?
— No, cariño. Volveré rápido. Ni cuenta te vas a dar — respondí, dándole un beso en la frente.
Benjamín: — Vale
Silvia: — Benjamín y yo nos iremos luego para la escuela
— Está bien. Me avisas para cualquier cosa. Ya sabes que estoy pendiente del teléfono
Silvia: — Claro. Buena suerte en tu trabajo
— Gracias. Adiós
Silvia: — Adiós
— Chao, cariño. Nos vemos después
— me despedí, y Benjamín hizo un ademán con la mano, acompañándolo con una pequeña sonrisa, lo que me hizo sentir tranquila.
Recordaba aquellos tiempos cuando Benjamín era más pequeño, cuando me iba, él se ponía a llorar, y eso me partía el corazón. Era difícil verlo tan pequeño, tan dependiente de mí, como si mi ausencia le causara una gran tristeza. Pero, poco a poco, fue adaptándose a la rutina. Ya no lloraba como antes, aunque siempre sentía ese pequeño dolor al separarnos. Sin embargo, al mismo tiempo, me sentía algo triste, porque verlo hacerse más independiente me recordaba lo rápido que estaba creciendo, y me hacía darme cuenta de que esos momentos ya no volverían.