Capitulo 1
Victoriana
Mi alarma suena sin parar, como todas las mañanas. Juro por Dios que si tuviera el dinero para comprar miles de despertadores, lo haría sin pensarlo, para poder destruir cada uno de ellos al momento de sonar. Pero como soy una simple empleada con un salario estúpidamente miserable, no me puedo dar ese lujo. Así que lo apago tan delicadamente, pues juro por Dios que es tan viejo que un día de estos ya no me levantará más.
Cuando me siento en la cama, estiro mis manos tan alto que, Dios, esto es delicioso. Mi cama también es tan vieja que ya da lástima. Estoy por ponerme de pie cuando una voz hace que pegue un brinco.
—¿Seguirás lamentándote como todas las mañanas o por fin te pondrás de pie e irás a trabajar?
Yo volteo y lo fulmino con la mirada, pero cuando lo veo bien, de inmediato frunzo el ceño y por fin me pongo de pie y lo señalo.
—Eres un metiche, Alaric, pero mejor, ¿por qué no me dices qué haces aquí sin el uniforme del colegio que se supone ya deberías tener puesto para irnos? Se hace tarde.
Él me sonríe y se acerca a mí, pasa su brazo por mis hombros y besa mi mejilla.
—No tiene importancia, anda, ve a bañarte. Te acompañaré a la parada del bus.
Yo quito su brazo de mis hombros, coloco mis manos en la cintura y empiezo a negar.
—No quieras darle la vuelta al tema. ¿Que está sucediendo? Alaric. Estoy esperando una explicación o que te vayas a cambiar ahora mismo para marcharnos juntos: tú al colegio y yo al trabajo.
Él suspira y se sienta en la cama. Yo veo cada paso que da, muy atenta. Cuando él me ve a los ojos, suspira y puedo ver preocupación, y no me gusta. Quiero que sea un chico como los demás, que salga a divertirse con sus amigos, no que se esté preocupando por cosas que no le corresponden, o al menos, todavía no.
—Escucha, Triana, sé que te vas a molestar conmigo, pero he decidido no seguir en el colegio. Es lo mejor.
Mis manos están en mi cintura y juro por Dios que ahí las dejaré, porque si no, soy capaz de agarrarlo a golpes por pensar que dejar de estudiar es lo mejor. Mocoso insolente. Yo empiezo a negar y pellizco el puente de mi nariz para no decirle dos o tres verdades.
—Escucha, Alaric, en este momento irás a tu recámara, te pondrás tu uniforme y en 10 minutos saldremos directo al colegio. Así que levanta ese trasero si no quieres que me moleste de verdad y te golpee por estar pensando en estupideces. ¡Anda!
Yo lo tomo del brazo y lo guío hacia la puerta. Él se resiste y vaya que es mucho más fuerte que yo, obviamente físicamente, porque sigue siendo un niño al cual, si es necesario, llevarlo arrastrando al colegio, lo haré.
—Triana, espera, espera, por favor, déjame ayudarte.
Cuando él dice esto, mi corazón se hace chiquito. Yo lo suelto y le sonrío, tomo su rostro entre mis manos y suspiro.
—Alaric, eres muy joven para ayudar con la casa. Escucha, hagamos algo: le preguntaré a mi jefe si puede darte un trabajo sencillo, ¿vale? Si él acepta, yo te avisaré. Obviamente sería después del colegio.
Él asiente, no muy feliz con lo que le había dicho. Beso su mejilla y se va a su recámara. Yo me meto a la ducha lo más rápido que puedo, porque se ha hecho muy tarde. Cuando bajo las escaleras, Jason y Jared ya están sentados desayunando. Yo volteo los ojos con fastidio, pues ellos son más grandes que Alaric y ni siquiera se preocupan por todo lo que falta en casa, y justo este es un ejemplo de esto.
—Mamá, ¿me das un vaso de leche?
Yo paso por detrás de ellos y golpeo sus cabezas sin que mamá, que ya busca la leche en la nevera, se dé cuenta. Ellos me ven molesta, pero yo lo estoy más, pues ni siquiera pueden servirse un vaso de leche. Pero mi madre saca el cartón vacío y se los muestra.
—Lo siento, cariño, se ha terminado, pero espera un momento y voy a traer más.
Yo volteé a ver a Jason con los ojos muy abiertos, mientras a él no le importa que mi madre se moleste en ir a traer la leche. Así que yo suspiro y quito el cartón de las manos de mi madre y le sonrío.
—No te preocupes, mamá, Jason ya no quiere leche, ¿cierto, Jason?
Él me ve con fastidio, pero yo lo miro molesta y asiente. Mi madre no dice nada más y sigue lavando la loza. Yo niego. Está bien que son hombres, pero no se convierten en chicas si le ayudan a mi madre a hacer las labores de la casa. Estoy por decirle algo cuando Alaric llega a la cocina. De inmediato lanza su mochila a una de las sillas y se acerca a mi madre, y él es el que empieza a lavar la loza. Coloco mis manos en la cintura, molesta, y obviamente mis hermanos se dan cuenta, así que de inmediato toman sus mochilas, besan la frente de mi madre y se marchan sin más. Definitivamente son unos idiotas.
Cuando salimos de casa, caminamos Alaric y yo hacia la parada del bus. Yo río por las tonterías que dice mi pequeño hermano y él no para de hablar como un pequeño loro. Cuando de pronto, enormes camionetas negras pasan a un lado nuestro, cerca de cinco camionetas, pero el semáforo se pone en rojo, así que se detienen. Alaric ha guardado silencio y agacha la cabeza. Yo frunzo el ceño y lo miro extrañada.
—¿Acaso sabes quiénes son? Digo, jamás los había visto. Parecen personas de mucho dinero.
Alaric sigue con su mirada hacia el suelo y susurra.
—No los mires.
Yo frunzo el ceño, confundida, porque no lo haría. Además, no se ve absolutamente nada dentro de estas enormes camionetas, pues las ventanillas están completamente oscuras.
—¿Por qué no puedo verlos? Digo, obviamente todas las personas...
Yo volteo a mi alrededor para ver a todas las personas, pero ellos hacen justo lo que mi hermano está haciendo ahora. Estoy más confundida, pero el semáforo cambia a verde y ellos se marchan. Cuando esto sucede, Alaric levanta el rostro y me mira muy molesto.
—¿Por qué no hiciste lo que te dije?
Yo le sonrío y me encojo de hombros como si no me importara.
—¿Por qué lo haría? Ni siquiera sé quiénes son. Además, ¿tú cómo los conoces si jamás los había visto por el barrio?
Llegamos a la parada del bus y tomamos asiento. Él toma mi mano y me sonríe más tranquilo.
—Él es el rey. Bueno, así le dicen. Ellos siempre andan por el barrio, solo que lo hacen de noche.
Yo suelto una carcajada y niego.
—¿De verdad le dicen el rey? ¿Se cree Elvis Presley o qué? O, ¿por qué le dicen de esa manera? No entiendo.
Yo no paro de reír por el estúpido apodo, pero él abre sus ojos muy grandes y algunas personas me miran como si yo fuera un bicho raro. Cuando me doy cuenta de cómo las personas me miran y que él se ha puesto muy nervioso, paro de reír. De repente llega el bus y de inmediato toma mi mano y, casi corriendo, subimos a este. Cuando tomamos asiento, él mira para todos lados como si alguien nos estuviera siguiendo, pero solo nosotros hemos subido. Así que tomo su mano para que se tranquilice y así sucede.
—El rey se llama Alexandros Lombardo y no, no es porque se crea Elvis Presley, es porque es el rey de la mafia.
Yo abro los ojos tan grandes que están a punto de salirse. Pero, ¿qué diablos?
—¿Qué...?
Él coloca su mano en mi boca.
—Shhhhh, guarda silencio. En el barrio todos lo conocen y tiene oídos por todos lados. Créeme que no le gusta que lo miren. Espero que no tengamos problemas más adelante con él. Reza para que así sea.
Yo quito su mano de mi boca, le cierro los ojos. Cuando los abro, lo miro con los ojos entrecerrados.
—Creo que estás exagerando demasiado, pero está bien, digamos que te creo. ¿Qué podría hacer en contra de dos personas que ni siquiera lo hacen en el mundo? Relájate y deja de pensar en tonterías. Mejor ponte de pie porque hemos llegado al colegio.
Cuando bajamos del bus, caminamos hacia la puerta del colegio, pero sorpresa, el director ya me esperaba ahí. Cuando me ve, me sonríe. Tengo que admitir que ese hombre me da escalofríos. Me extiende su mano y yo la recibo. Mi sonrisa es apenas una línea en mis labios.
—Buenos días, señor director.
—Buenos días, Triana. Qué bueno que la veo. Me gustaría hablar con usted en privado. ¿Podríamos...?
Yo estoy a punto de aceptar cuando Alaric se interpone entre los dos.
—Lo lamento, director, pero mi hermana va tarde a su trabajo. ¿Se podría otro día? Digo, no creo que sea tan urgente, ¿o sí?
Él lo veo molesto, pero asiente. Vuelve a tomar mi mano, pero ahora la besa. Yo lo miro con repulsión. Dios, este hombre siempre me ha parecido tan... ¿cómo decirlo? Rabo verde. Sí, eso es. Por fin suelta mi mano y se da la vuelta. Yo volteo a ver a Alaric y él está a punto de soltar una carcajada. Yo lo señalo molesta.
—No se te ocurra decir absolutamente nada porque estarás castigado por el resto de tu vida, ¿entiendes?
Él suelta una carcajada, se acerca a mí y besa mi mejilla.
—Sí, pero ahora me debes una. Ese hombre es extraño y la verdad es que no me gustaría que estés a sola con él. Triana, tienes que tener cuidado, se puede aprovechar. ¿Recuerdas que debo un par de mensualidades?
Yo suspiro y le sonrío porque lo recuerdo perfectamente. Le devuelvo el beso y me doy la vuelta y a mi trabajo, ese trabajo que, aunque odio, gracias a Dios me ha ayudado a mantener a mi familia. Pero de mi cabeza no sale quién es el rey de qué habla mi hermano y en realidad, ¿será tan peligroso? Pero, ¿quién me iba a decir que yo misma lo descubriría? ¿Quién era realmente Alexandros Lombardo, el rey de la mafia?