Capítulo 1: La Casa de los Susurros

1032 Palabras
El aire olía a lluvia reciente y tierra húmeda mientras Emily conducía por la carretera serpenteante que la llevaba a Velmora. Las colinas cubiertas de niebla se alzaban a su alrededor, y el cielo gris parecía presionar contra la tierra, sofocante y pesado. Llevaba casi cuatro horas manejando sin descanso, con el peso de la herencia de su abuela oprimiéndole el pecho. La mansión Voss ahora era suya. Era extraño regresar después de tantos años. Su última visita había sido cuando tenía nueve, y su memoria de aquel tiempo era borrosa. Solo recordaba retazos: los pasillos oscuros, el crujido del suelo de madera bajo sus pies y la sensación constante de que alguien la observaba. Cuando cruzó el pueblo, notó cómo la gente la miraba. Las mismas calles adoquinadas, los mismos edificios de piedra con letreros antiguos. Pero lo que la incomodó fue la forma en que los habitantes susurraban entre sí al verla pasar. Como si supieran algo que ella ignoraba. Nadie se atrevió a mirarla a los ojos, pero sus susurros eran inconfundibles "la bruja ha vuelto" Emily mantuvo la vista al frente y aceleró. La mansión apareció en la cima de la colina, oscura y solitaria, como un animal dormido al acecho. El portón de hierro forjado estaba cubierto de óxido, y cuando empujó la reja, esta crujió como si se quejara por su regreso. Se quedó inmóvil por un momento, observando la casa. Esa casa había estado vacía durante años, pero la abuela de Emily siempre le decía que su familia era muy distinta. "Las brujas siempre regresan a su origen" solía decir. Emily nunca entendió esas palabras. Creció ignorante sin sospechar siquiera que las leyendas de su abuela estaban más cerca de la verdad de lo que imaginaba. Era enorme, de piedra ennegrecida por el tiempo, con ventanas altas y estrechas. La hiedra cubría parte de la fachada, trepando como dedos huesudos sobre los muros. Un viejo rosal crecía junto al camino de entrada, sus espinas retorcidas y afiladas. Emily inhaló profundamente y subió los escalones. Sacó la llave antigua de su bolsillo y la introdujo en la cerradura. Un clic resonó en el interior, y la puerta se abrió con un chirrido. Adentro, el aire estaba denso, cargado con el aroma de madera vieja y polvo. Las cortinas pesadas bloqueaban la luz de la tarde, proyectando sombras en los muebles cubiertos con sábanas blancas. Dio un paso dentro y la puerta se cerró detrás de ella. Entonces lo escuchó. Un susurro, apenas audible. "Emily" Un escalofrío le recorrió la espalda. —¿Hola? —preguntó, su propia voz sonando demasiado alta en el silencio. Nada. Su mente intentó racionalizarlo. Seguramente era el viento filtrándose por las grietas de la casa. Dejó su bolso en la mesa del recibidor y recorrió el pasillo. Cada paso hacía crujir las viejas tablas del suelo. Entró en el salón principal, donde una chimenea de mármol n***o dominaba la habitación. Pero lo que más llamó su atención fue el gran espejo antiguo junto a la pared opuesta. El marco estaba tallado con motivos florales y figuras que parecían moverse bajo la tenue luz. Emily sintió un ligero mareo al mirarlo, como si su reflejo tardara un segundo más en reaccionar a sus movimientos. Se acercó, pasándose los dedos por el cabello oscuro, despeinada por el viaje. Había algo extraño en su reflejo. No el rostro en sí, sino en los ojos... como si fueran un poco más oscuros de lo normal. De repente, una ráfaga de aire helado recorrió la habitación. Las cortinas se agitaron. Y en el espejo... vio una sombra moverse detrás de ella. Emily se giró de golpe. Nada. Solo el vacío de la habitación, la chimenea apagada y los muebles cubiertos con sábanas. Tragó saliva y volvió la vista al espejo. Su reflejo parecía normal ahora. Sacudió la cabeza y se frotó los brazos. Estaba demasiado cansada. No debía dejar que su imaginación la traicionara. Decidió explorar un poco más la casa. Subió las escaleras, donde un candelabro de hierro colgaba del techo alto. El corredor del segundo piso estaba oscuro, pero recordaba que su habitación estaba al final del pasillo. Empujó la puerta. El dormitorio estaba intacto. La gran cama con dosel, el armario de roble y la ventana con vista al jardín trasero. Todo igual, como si el tiempo se hubiera detenido desde la última vez que estuvo ahí. Emily dejó caer su bolso sobre la cama y suspiró. Tal vez dormir un poco le ayudaría a despejar la mente. Pero cuando apagó la luz y se sumergió en la oscuridad, el susurro volvió. Más claro esta vez... Su nombre. —Emily... Abrió los ojos de golpe, su corazón latiendo con fuerza. Se incorporó en la cama, su respiración agitada. El sonido venía del pasillo. Por un momento, luchó contra el impulso de esconderse bajo las sábanas como cuando era niña. Pero no. No iba a dejar que un viejo caserón la intimidara. Tomó el móvil de su mesita de noche y encendió la linterna. Con cada paso que daba hacia el pasillo, sentía la piel erizarse. La luz iluminó el corredor vacío. Solo sombras. Solo silencio. Pero cuando giró hacia las escaleras, vio algo que hizo que su estómago se hundiera. La puerta del salón estaba abierta. Emily estaba segura de haberla cerrado. Avanzó lentamente, su respiración contenida. Bajó los escalones uno a uno, el crujido de la madera resonando en la casa silenciosa. Al llegar al salón, sintió un nudo en la garganta. El espejo. El reflejo estaba borroso, cubierto de una neblina oscura. Y entonces, lo vio. Una figura alta, de hombros anchos, con cabello oscuro y ojos como brasas apagadas. Estaba dentro del espejo. La sombra levantó la cabeza... y la miró directamente. Emily sintió un frío aterrador recorrer su espalda. No pudo moverse, no pudo respirar. La figura abrió los labios, y un susurro cruzó la habitación como un eco imposible. —Bienvenida a casa. - dice él- Tú prometiste volver por mi- La linterna de su móvil parpadeó y la luz se apagó. Y en la oscuridad, el espejo emitió un crujido... como si algo intentara salir de él.
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