El frío se filtraba por las paredes de la mansión, pero Emily apenas lo notaba. Sus ojos estaban fijos en el espejo, en la figura que no debería estar allí.
Un hombre. Alto, con el cabello oscuro cayéndole en mechones desordenados sobre la frente. Sus ojos, de un gris profundo, parecían brillar en la penumbra, atravesándola como si pudieran ver más allá de su piel, de su mente.
Emily sintió un nudo en la garganta. No estaba soñando.
—¿Quién eres? —susurró, su propia voz sonando más temblorosa de lo que le habría gustado.
El hombre inclinó ligeramente la cabeza, como si analizara cada parte de su rostro.
—¿No lo recuerdas?
La pregunta la descolocó. ¿Recordarlo?
Emily dio un paso atrás, alejándose del espejo. Su piel estaba erizada, y la sensación de ser observada se intensificó.
—No sé quién eres, ni qué está pasando aquí, pero… —intentó mantener la calma— esto no es posible.
El hombre alzó una ceja.
—Para alguien con sangre Voss, tienes poca fe en lo imposible.
Emily sintió un escalofrío. Ese apellido. Lo había escuchado toda su vida, pero solo como parte de historias antiguas, de advertencias veladas de su abuela. Las brujas Voss. Mujeres con la habilidad de ver lo que otros no podían.
—¿Cómo sabes mi apellido?
El hombre soltó una risa baja, casi sin emoción.
—Porque tu familia me encerró aquí.
Emily sintió cómo la sangre le abandonaba el rostro.
—¿Encerrarte?
—Hace mucho tiempo —continuó él, sin apartar la mirada de ella—, las brujas de tu linaje usaban estos espejos para sellar aquello que no podían destruir. Yo fui uno de sus errores.
Emily tragó saliva.
—Eso no tiene sentido.
El hombre no respondió. En cambio, levantó la mano lentamente. Su palma se posó contra la superficie del espejo.
Emily sintió un tirón en el pecho. Un cosquilleo en los dedos, como si algo dentro de ella reaccionara al gesto.
El espejo… vibró.
Era un sonido leve, un zumbido apenas perceptible, pero lo sintió en los huesos.
—Emily —dijo el hombre con un tono más bajo—. No tienes idea de lo que eres.
Sus palabras hicieron que su corazón se acelerara. Lo que eres.
No pudo seguir escuchando. Su instinto le gritó que huyera. Se giró y salió del salón, su respiración agitada. Subió las escaleras apresuradamente y se encerró en su habitación, con el corazón golpeando contra su pecho.
Por unos segundos, solo hubo silencio.
Luego, el susurro regresó.
—Emily…
La voz era suave, como un roce de viento.
Se llevó las manos a la cabeza, tratando de organizar sus pensamientos. No puede ser real.
Pero lo era.
Ese hombre no era una alucinación. Estaba atrapado en el espejo, y de alguna manera, ella podía verlo.
Tomó aire, intentando calmarse. Necesitaba respuestas.
Y solo había una persona que podía dárselas.