Desprendí nuestras manos y caminé de regreso al auto, no sin antes mirar una última vez atrás y observar cómo sonreía. Solo de esa manera podría marcharme con la esperanza de llamarla en la noche y hablar como siempre lo hacíamos en cada uno de mis viajes. La peor parte de mi trabajo era esa: alejarme de ella y no saber si la podría volver a ver o moriría en alguno de esos aviones a otros estados. Arranqué el auto y me marché de casa. Recorrí la distancia que me separaba de las oficinas centrales y entré al garaje de la compañía. Saludé al vigilante de guardia, bajé la maleta y cerré las puertas con seguro. Siempre que me tocaba asistir a otros lugares, dejaba el auto en el estacionamiento e iba al aeropuerto en taxi, siempre y cuando fuera el único que viajaría; cuando me tocaba ir con a

