—¡Samantha Connick! —vociferé a través de la puerta con el cartel prohibido el paso, colgado con cuatro pedazos de una cinta adhesiva que no combinaba con el resto de sus adornos—. ¡Tercera y última vez que te llamo la atención por la música! —Tercera y última vez que te digo: ¡son mis tímpanos, no los tuyos! —¡No me interesa! —grité con la garganta inflamada. Llevaba horas con esa horrenda música roquera a todo volumen. Esas vibraciones provocaban temblores en las ventanas, los vasos de la cocina y mí no tan joven corazón. Odiaba que le gustara esa clase de sonido tan espantoso, que solo le rompería los oídos en unos años. Ni en mis tiempos escuchaba esa bazofia llamaba música en onda. Coloqué las manos en mis caderas y grité: —¡Samantha, quiero que conserves los tímpanos unos veint

