Esa mañana ella observó cómo recogía mi ropa y empacaba cada una de mis pertenencias en la maleta que le ordené a mi chofer subir al apartamento. No se despegó ni un segundo de mi lado hasta que todo estuvo en su lugar, sujeté el agarradero de la maleta y bajé por el ascensor hasta desaparecer de su lado. Al parecer no confiaba en que me marchara por mis propios medios y mantuvo el teléfono en sus manos. Cuando las puertas del ascensor se cerraron, lancé la maleta al fondo de mismo y estampé mi puño en el espejo hasta que mis nudillos sangraron. El dolor que sentía tras desgarrar la carne, era miserable comparado con el desprecio de Andrea. Los dedos podrían sanarse al paso de unos días, pero la tachadura en mi historial con ella, crecía cada segundo más, a la velocidad de la proliferació

