Apreté mis manos alrededor de la barra de pesas y elevé veinte kilos con ambos brazos. La tensión en los músculos dolía al principio, pero al cabo de cierto tiempo, aprendí que el dolor era la mejor medicina que mi cuerpo podía albergar. Mi cuerpo entero se bañó de sudor en tan solo minutos, cuando el sube y baja incesante de las pesas me brotaba esa asquerosa agua por los poros. Detestaba sudar, pero mi médico decía que era mejor a permanecer con el calor dentro del cuerpo. El malnacido me cobraba para decir cosas que podía leer en un tablón de internet, pero para manejar la compañía debía asistir a mis controles de ira. Dejé las pesas sobre las canaletas y respiré tan rápido como un maratonista al llegar a la ansiada meta. Busqué la toalla en el espaldar de una de las sillas y retiré e

