Después de hablar con mi hija, llorar junto a ella y contarme gran parte de esa vida que me perdí por nuestras diferencias, nos unimos tanto que se sentía en la libertad de contarme su salida con el muchacho, Keith, y lo que él le propuso hiciera. Aun así no me sentía cómoda con dejar ir a mi hija a un lugar que no conocía, con un completo desconocido y sin una supervisión de un adulto, aun cuando ella era una adulta. Mi hija quería que le permitiera viajar a Gresham, Oregón, para ver cabalgar a un muchacho que no conocía. Cualquier madre con amor hacia sus hijos les hubiese impedido siquiera continuar con esa amistad desconocida, pero en mi caso ameritaba saber un poco más del asunto para decirle que no. Sabía que Sam tenía veinte años y ni siquiera debía pedirme permiso, pero lo hacía,

