Mi hija no creía que mi cambio de actitud con él fuese algo que perduraría, pero le demostré de muchas maneras que cuando su madre decía que no, era no. Jamás en la vida dejaría que Maximiliano regresara a mi vida, como una persona más a la que le perdonaría todos sus errores. No podía hacerlo, por amor propio y consciencia humana. —¿Le colgaste? —preguntó Samantha al dejar el bolso en el suelo. —Como siempre. Ella danzó hasta mi lugar en las ventanas, me rodeó con sus brazos y reposó su mentón en mi hombro. Nos quedamos allí, observando la lluvia caer a cantaros sobre las bancas del parque, los autos que transitaban y los paraguas de los transeúntes. El cielo se tornó tan gris como la unión de dos colores opuestos, el clima descendió lo suficiente para encender la chimenea y mi hija es

