Mauro Vittalio. —¡Isla! —grito su nombre cuando la veo desvanecerse ante mí. Reacciono lo más rápido que puedo y alcanzo a sostenerla antes de que su cabeza golpee el piso. Su suave cuerpo, ahora al borde de la inconsciencia, se queda pegado a mí, mientras la llevo hasta la butaca de cuero más cercana. La siento en ella y me aseguro que su cabeza esté bien apoyada sobre el respaldo. Me arrodillo a sus pies, con mis manos rodeando su rostro y tratando de hacerla reaccionar. —Isla… —repito su nombre cuando la veo pestañear, aturdida. Suelto un suspiro que ni sabía que estaba reteniendo y cuando sus ojos verdes vuelven a presentarse ante mí, acaricio su mejilla con mi pulgar. —Déjame en paz —exclama, negándose a mi toque. Aprieto los dientes y la ignoro, impido su nulo intento de levan

