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¿Doble Realidad?

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Descripción

Ya conocemos el día a día de Amelia, sus miedos y su forma de ver la vida... Pero falta un lado de la historia. Falta la experiencia de Nykolas Hedderich, el impaciente exmilitar y guardia, que solo buscaba su estabilidad laboral y financiera para llevar un vida cómoda y tranquila, pero no pensó que terminaría enamorado de su trabajo y su vida dio un vuelco para entrar en la de Amelia Goldman. ¿Te atreves a no enamorarte?

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1-Cita
Días después... Los señores Goldman no tardaron en llegar, la señorita Amelia fue a saludarlos al recibidor y yo aproveché de irme, me despedí de la insoportable mocosa con una sonrisa fingida y salí de la enorme mansión. Había esperado mucho para este respiro. Las calles casi se veían diferentes... Estar encerrado no era para mí, yo era un ave libre, de esas que viajaban de un lugar a otro y se adaptaban a las condiciones del lugar. No podía quedarme estancado en un mismo lugar, por muy fabuloso que fuese. Y aunque en esa mansión no la estaba pasando mal, sí me sentía un tanto oprimido por no poder salir a correr como lo hacía normalmente. Tomé un taxi hacia mi casa y al llegar, no tardé en ducharme y cambiarme de ropa. No me incomodaba estar con blazer y pantalones de vestir, pero me fastidiaba estar tan acartonado. No era del todo yo. A los minutos, salí a buscar a Celeste en la Suzuki. Al llegar a su residencia, ella esperaba abajo. Estaba linda, casi angelical. Se había soltado el cabello y se había maquillado más dramático de lo usual. Olía a vainilla... Me dio, con calma, un beso en la comisura de los labios. Subimos a la motocicleta y debatimos por varios minutos el restaurante. Ella quería sushi, yo quería pasta. Terminamos en un restaurante de comida tailandesa. —¿Pad thai para ti? —preguntó, viendo el menú. Le tapaba casi toda la cara y los ojos coquetos me miraban. Sonreía, pero lo ocultaba. —¿Tallarines con ternera? —Suena rico. —En sopa —agregué. —Ñam, ñam —contestó, juguetona. —¿Lo intentamos? Ella me entendió a la perfección y dejó de escudarse con el menú. Le tomé la mano y le acaricié el dorso. Ella quiso retirar la mano, pero detuvo el impulso y la dejó sobre la mesa. Luego me devolvió la caricia. —Eso... ¿por qué insistes con eso? —Me gustas. Mucho. No te hagas la desentendida. El mozo llegó y le indicamos nuestros platos. Al irse, volvimos al tema. —¿Crees que funcione? —preguntó, dudosa. —Estoy seguro, no somos cualquieras... Ve donde estás tú, ve donde estoy yo. —Es decir, somos amigos... —Ah... —resoplé—. Odio que digas eso. Bajó la mirada y me tomó la mano entre las suyas. —Te quiero, Nyx. Te extrañé mucho. —Yo te extrañé más. Mira, sino fuese por Alek, me sentiría a la deriva en la mansión donde estoy ahora. —¿Estás en una mansión? —Sí... Le conté de mi nuevo trabajo, sabía que no era el mejor, pero me ayudaría a salir de mis deudas y a organizar muchos cabos sueltos en mi vida. Podría comprar mobiliario para mi hogar y ahorrar para un auto. Ella no pareció muy entusiasmada, pero no dejó de prestarme atención. —...y en todo eso, te veo a mi lado. —Es lindo que me incluyas... —Miró su carterita, su celular estaba dentro y sonaba insistente—. Disculpa... —Se soltó de mi mano para sacar el celular y continuó el contacto con una sola mano, mientras, revisó el aparato con la otra y su cara, que estaba serena, cambió a una más tensa. Frunció el ceño y me soltó de nuevo, pero brusca. —¿Qué sucede? Se colocó el móvil en el oído y abrió la boca luego de un par de segundos. —¿Celeste? La miré con preocupación. —Me voy —dijo apresurada. Se iba a levantar, pero la agarré por la muñeca, instándola a sentarse. —¡¿Qué?! ¿Por qué? —¿Cómo que por qué? —chilló—. No puedo creerlo, Nyx. Esto es inaudito. —¿Qué sucede? Celeste, me estoy preocupando... —¿Quién es ella? —averiguó, casi me pegó su celular en la nariz y me eché hacia atrás. No pude detallar bien la imagen, pero se parecía a la mocosa Goldman. «No puede ser, no puede ser... ¿Qué coño?». —¡¿Quién es ella?! —E-es la hija de mi jefe, creo... No sé, no la reconozco —dudé. —Pues ella sí te reconoce a ti —vociferó y jaló su muñeca. Mi celular, que estaba sobre la mesa, se iluminó y vi la fotografía de Alek en la pantalla. «¿Qué carajos?». «Él debe saber algo». Cerré la mano en torno a la muñeca de Celeste y la retuve, mientras contesté la llamada de Alek, que para mí sorpresa, era una video llamada. —No puede ser... —murmuré. En la pantalla no estaba Alek. Estaba la misma mocosa que yo cuidaba. Pero totalmente diferente. Maquillada. Y no se veía como la niña malcriada y miedosa que yo perseguía por su casa, sino como una mujer que tenía por hobby partir corazones. Me quedé boquiabierto. No podía ser la misma. Celeste se soltó de mi mano y se levantó de la mesa, fui tras ella y comenzó a despotricar. Quería irme de allí, detestaba las escenas de celos y esos espectáculos ridículos y en cambio, a Celeste no le daba temor protagonizarlos. —Es una broma... Celeste ven, te digo que es una broma de la mocosa que cuido… Mira, la tengo en video llamada… Ella mascullaba y gruñía, esquivando mesas y personas, y yo, detrás, tratando de alcanzarla y al mismo tiempo, pendiente de la llamada en el celular para que no se finalizara. —Imbécil. ¡Cínico! —¿En serio? No puedes callar y escucharme por... —¡No! —cortó y se giró hacia mí—. No puedo, porque en el momento que lo hago, aparece una novia tuya. —Qué novia y qué nada, es la estúpida hija de mi jefe y... —Oh, sí —interrumpió, desdeñosa—. Ahora sales con la hija de tu jefe... Eres un falso, un mentiroso... —Celeste, es en serio... Es una jodida apuesta que hice... —Pues métete tus apuestas por el culo, así como se la metes a ella —soltó, las venas del cuello se le marcaron y se le coloró el rostro. —Okey, vale. Cree lo que quieras —tajé. Me di media vuelta y ella me agarró del brazo, cuando volteé, me dio una cachetada. La gente chilló y luego el silencio llenó cada rincón del restaurante. Se dejaron de escuchar los cubiertos chocando con la porcelana y eso me dio en el centro del pecho, porque en ese momento, todos nos miraban. —Púdrete —espetó y corrió a la salida del local. Levanté el celular y la llamada seguía activa. «Perdí». —Has ganado —concluí frente a la pantalla y finalicé la video llamada.

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