Las vacaciones de Amelia terminaron y con ello, cambió mi rutina de tres a cinco días laborales. E iniciaban como antes, muy temprano. De siete de la mañana a seis de la tarde. Amy comenzaría su penúltimo año del ciclo de educación diversificada y al finalizar la semana, cumpliría sus dieciocho años. Y yo no tenía idea de qué comprarle. La señora Leyla me comentó —aparte de la invitación— que no era necesario que le regalara algo, pero que su hija recibiría gustosa y feliz cualquier detalle que quisiera darle. Tenía días desgastándome las neuronas en un obsequio que le fuese útil, porque ella lo tenía todo. Una familia que la adoraba, la mejor comida, una laptop, celular, estéreo, ropa, zapatos, joyas... ¿Qué le podía ofrecer yo, que ya no tuviera? «Sexo sucio y salvaje». «Maldita mente

