Capítulo 2
Lluvias de sabores
Nada es tan común como el deseo de ser notable>>. William Shakespeare
Willow:
3 meses después.
Escribo en la encimera repetidas veces el nombre: Gwen. Lo hago de diferentes formas, cursiva, negrita, grafito, separado, aglutinado al fin, escriba como lo escriba siempre es el mismo nombre. Tengo la hoja repleta y sigo escribiendo, concentrada, sin intención de parar.
—¡Eso es enfermizo!—susurra Gigi que me mira por encima del hombro como si fuera una demente. Cierro el cuaderno de golpe conduciendome al lavadero para enjabonar los platos.
Gigi se me queda mirando de una forma que no puedo explicar, de soslayo la veo suspirar.
—Okey, debemos hablar de esto...
—¿Hablar de que?—le dedico una sonrisa amable, tal como lo haría Gwen.
—De que Gwen no existe.
Dejo de enjabonar los platos de vidrios, no hay nada que me saqué de mis cabales que me llamen loca, o que me diga que Gwen no existe, claro que sí. Quiero lanzarle el plato a Gigi con jabón y todo, y espero abrirle un gran agujero en la cabeza, además, de dejarla ciega cuando el jabón le entre por los ojos.
Sin embargo, no lo hago, trato de controlarme y le doy una sonrisa.
—¡Si existe!—afirmo—. Solo está por ahí.
Pone los brazos en jarras enarcando una ceja.
—Willow, tienes que aterrizar en tierra. Gwen es producto de tú imaginación, solo existe y habita aquí—se toca la cien—. En tu cabeza. Deberías de hacerme caso e ir a un psicólogo.
Hago una pausa para procesar su propuesta.
—Gigi, tan linda, siempre preocupandote por mí, pero estoy bien—sonrio. No quiero darle a saber con gesto o mi cara que me ha molestado su comentario. No necesito un loquero o psicólogo, estoy bien como estoy y como soy.
La veo suspirar aproximandose a dónde me encuentro. Pongo toda mi atención en los platos que ahora enjuago.
Me abraza por la espalda por unos micro segundos, enseguida, pone una mano condescendiente en mi hombro.
—Tengo que decirte algo importante Willow.
Oh no. No quiero saberlo, no quiero que lo diga. No quiero escucharla. Me abandonará, me echará a la calle. Ella no sabe que escuché su conversación con Mark, dónde le pedía que me sacara del apartamento.
Obviamente, no le caigo bien a él, desde que Gigi me recogió hace 3 meses atrás en el boulevard del Suicidio y me llevo a su casa, para Mark he sido una molestia absoluta por más que me esfuerzo en tener la casa impecable, a el perro alimentado y la cafetería bien atendida.
Estoy congelada, pasmada, debo hacer algo. Me volteo cerrando el grifo hasta quedar frente a ella. Sonrio aunque por dentro estoy estallando del miedo. No tengo a dónde ir, ni a quien acudir, mi única familia en estos momentos es Gigi, y ella no puede abandonarme, echarme como si fuera un animal, no, ella no es así. El que se interpone en esta relación es Mark, todo es su culpa.
—Yo también quiero decirte algo—digo, con el corazón galopando dentro del pecho.
—¿Ah, si? tu primero—dijo Gigi recogiendo su pelo crespo en una coleta alta.
Me lamo los labios, no quiero que Gigi me abandone de esa manera, al menos hasta que tenga a dónde irme.
—Quiero agradecerte por... por ayudarme hace 3 meses. Por recogerme de esa calle y llevarme a tú apartamento aún sin conocerme. Gracias por confiar en mí y por traerme a lluvias de colores que me encanta. Gracias por todo.
Los ojos de Gigi se entristecen, me mira con nostalgia, con melancolía. Me abraza, y me refugio en ese abrazo a la espera de que cambie de decisión.
Apenas nos separamos le sonrio, ella también lo hace.
—¿Que ibas a decirme?—pregunto. No obstante, la veo titubear, por su expresión, no se atreve a correrme después de esas palabras emotivas.
—Nada. Que te quiero mucho jovencita—dice—. Bueno, a trabajar.
Su teléfono suena y la veo alejarse de manera que no escuche la conversación, puedo estar segura que es Mark, le debe estar preguntando: ¿le dijistes a Willow que se fuera? a lo que Gigi le responderá: No he tenido el valor.
Sonrio de medio lado porque amo joderle los planes a Mark. Es malcriado, patético y un soberbio de primera.
Seco los platos y los organizo desde el más pequeño hasta el más grande. Los pocillos varían por tamaños y a veces por colores, me gusta más ubicarlos por colores, me hacen ver el arco iris reflejado en simples tazas.
Le doy una sonrisa a los clientes y comienzo la jornada laboral en lluvias de sabores.
Lluvias de sabores para mí, es uno de los lugares más acogedores que he conocido. Se vende todo tipo de café, desde mocaccino, capuchinos, helados de todo tipo con sabores, topping, gaseosas, hamburguesas y waffles. Adoro preparar los waffles, y la combinación de colores, sabores, frutas me enloquece, me fascina lo que hago, es como si este trabajo fuese diseñado especialmente para mí.
La labor que desempeño es prácticamente de todo. Desde preparar, cobrar, atender, limpiar, y picar las frutas hasta añadir diversas comidas rápidas que Gigi no tenía previsto.
A esto le agregamos, hamburguesas doble queso, con carne, pollo, tocineta y hot dog especial. En definitiva, soy un crack haciendo hamburguesas y waffles, es lo mejor que mis manos preparan.
Por ender, no entiendo porque Gigi me quiere fuera de su vida. Me necesita. Lluvias de sabores me necesita.
Culpo a Mark de todo este meollo, es él que ha estado celoso desde el primer día que pise el apartamento de Gigi.
Lo escuchaba decir: Willow esto, siempre Willow. Mark no entendió que le era más útil a Gigi que él. Y es que este mundo se divide en dos: en los útiles y los inútiles, en los que aportan y lo que no hacen ni mierda y Mark son de ese grupo que no hacen ni mierda.
Veo a Gigi llegar, se limpia las manos con el delantal que lleva puesto. Y la camisa rosa que identifica a la tienda como lluvias de sabores y el logo de un postre al lado izquierdo.
Le doy una sonrisa dulce y ella me la devuelve, entonces, el voleo se intensifica y corro para tener a los clientes contentos, hago lo posible para no demorar con el producto para que los clientes no se vayan enfadados. De hecho, hace unos días nos sucedió que una mujer pidió un mocaccino, estábamos en pleno voleo cuando Gigi la atendió. Le tomó el pedido e hizo todo lo posible para llevarle el mocaccino lo más rápido que pudo, al final, la mujer no aceptó el mocaccino porque hubo mucha demora y Gigi terminó maldiciendola en grandes voces mientras tantos yo me reía como una loca desquiciada.
Fue un día donde me oriné de la risa.
Desde allí, trato de ser efectiva para que Gigi este contenta, me gusta verla feliz, alegre, sonriendo, cómoda conmigo.
Gigi es... es dulce, carismática, extrovertida. emprendedora. Admiro que sea así, la forma la que socializa. En mi caso, no podría ni siquiera hablarle a una mosca, considero que dios cuando repartió el don de la socialización, me encontraba en la última fila, porque no fui bienaventurada con ese talento.
Agradezco que el local es pequeño. La cocina con heladera, frutas, fregaderos, gabinetes, y un rincon de pared lleno de grasa. El salón con muebles azules y rosas con las paredes en rayas de diferentes colores, parece una paleta de esas que los niños comen que son igualitas a un arco iris y por último los baños. El lugar es pequeño, acogedor, familiar. Por eso, lo amo.
El día es como siempre, terminamos exhaustas lavando los platos y preparando todo para el día siguiente. Gigi está contenta, hubo buenas ventas, por lo tanto, pasamos a una pizzería y compramos una para Mark, la de peperonni con extra queso es su favorita, no es la mía, prefiero la que le gusta a Gigi, la que tiene piña, la hawaiana.
Cabe destacar que son las mejores del mundo entero, definitivamente, Gigi y yo tenemos muchas cosas en común.
Al llegar al apartamento, Gigi abre la puerta con una sonrisa, aún lleva el uniforme rosa y el cabello churco echo un lío. Veo a Mark en el sillón, cuando me visualiza su expresión cambia de inmediato. Una mezcla de enfado se refleja en esos ojos oscuros como la noche, los dientes están apretados y sus manos en jarras le daba una expresión siniestra a todo.
El apartamento iluminado se convirtió en un ambiente tenso. Observé que Gigi le suplicaba con la mirada que no hiciera un espectáculo por lo menos delante de mi presencia, pero a Mark, el estúpido de Mark siempre tiene algo que decir y no se puede callar nada en lo absoluto.
—¡Quiero que está demente se aleje de nuestras vidas!—reclamó, mirándome—. Sé la verdad de tí.
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Aquí les dejo otro capítulo, si te ha gustado, por fa, déjame tus comentarios.