En schok.
Los ojos parecidos a la noche de Mark ahora eran dos candelabros hirvientes. Retrocedí lentamente con pasitos inciertos hasta quedar pegada a la pared.
—¡Te dije que la echarás!—le gritó a Gigi.
—Por favor Mark, Willow es mi amiga.
Mark la toma de los hombros.
—Cariño, date cuenta—le acuna el rostro—. Quiere ser como tú. Mírala—me señala con desprecio—. Su cabello es churco igual que el tuyo. Su forma de vestir la ha adoptado. Es una desconocida que salió del psiquiátrico.
Tiemblo como una hoja ante su acusación. Los recuerdos me vienen a la mente al igual que un tsunami. Me llevo las manos a las cienes y las lágrimas se me escapan.
—¡Basta Mark! es una chiquilla.
—Una chiquilla que quiere ser tú mi amor. Date cuenta. Hay cosas de ella que no me gustan—advierte—. Es peligrosa. La noche que la encontraste en la carretera es porque se habia escapado de un psiquiátrico... entiéndelo, psiquiátrico mi amor. Pregúntale—me señala.
Los ojos de Gigi están fijos en mí, estoy aún con las manos en la cabeza con las lágrimas por todo el rostro.
—Willow... cariño... ¿es verdad?
Aprieto los dientes, maldigo en el interior a Mark por hacerme volver a un pasado que me estoy encargado de sepultar completamente.
—¿Escapaste de un psiquiátrico?—insiste en la pregunta y se me heló la sangre al responderle con la verdad. En la vida real las personas que salen de un psiquiátrico son marginadas, no quiero que Gigi me vea diferente, como si fuera una loca demente que merece estar encerrada.
Cierro los ojos y inspiró hondo.
Mi mente desvela que la noche en la que me encontré con Leviatán y estuve en el Boulevard del Suicidio es porque me había escapado del psiquiátrico, solo sé que tenía que huir de allí lo más rápido que pude porque no aguantaba un día más encerrada en un lugar tan perturbador dónde todo el tiempo estaba sedada.
Se me resbala una lágrimas.
—Si.
Los ojos de Gigi son decepción y quiero que la tierra me tragué antes de verla de esa forma.
—Dijiste que no recordabas nada.
—Lo acabo de recordar—eso es verdad, hasta ahora mi mente me muestra vivas imágenes de una yo corriendo del psiquiátrico a traves de la lluvia.
Frunce el ceño, procesando mi estatus de cordura.
—¿Por qué estabas en el psiquiátrico?—pregunta
Me encogo de hombros.
—No lo recuerdo...—eso también es verdad, tengo los recuerdos bloqueados, es como si mi mente pusiera un muro tan grande que no me deja mirar más allá de lo que tengo ahora, mi realidad.
Mark se ríe con sarcasmo.
—¡Que conveniente!
Gigi lo mira...
—¡Cállate Mark!—me mira nuevamente—. Willow... ¿que pasó?
Niego con la cabeza, las lágrimas se me escapan, el corazón lo tengo acelerado y el pecho en un malestar desagradable.
Mark pierde la paciencia y se aproxima a dónde me encuentro con violencia, me toma del cuello pegándome de la pared.
Escucho a Gigi gritar, taparse la boca sorprendida por la acción de su compañero.
—¡Mark, basta!—esta rasguñando sus manos, pero el hombre no cede, quiere destruirme, me odia.
Me está asfixiando. No puedo respirar.
—Vete de mi casa, no quiero a una loca psiquiátrica con problemas mentales en mi casa. Lo supe desde el primer día en que te ví, que no eras normal, que tienes un toque mental. No es normal que tenga la habitación con el nombre de Gwen, que despiertes gritando todas las noches con pesadillas y que arregles la casa por tamaño o color o que se mierda yo. Es una enferma Gigi, temo a que algún momento tome un cuchillo y acabe con mi vida, viene de un psiquiátrico, date cuenta.
Me zarpan las lágrimas de la rabia por sus palabras.
—Ultimamente, pasas más tiempo con ella que conmigo. La consuelas. Pasas la mayor parte de tiempo con una demente.
—¡Basta, Mark!—dice Gigi.
Me río, juro que se me escapó la risita.
Mark me mira furioso.
—¿De que te ríes rara?
—¿Estás celoso? Gigi no te necesita Mark, eres un inútil que no sirves ni para hacerla feliz.
Forma un puño y me quiere golpear, lo detiene a mitad de camino.
—Me has odiado desde el primer momento en que Gigi me trajo aquí. Siempre fui linda contigo mientras que tú, me despreciaste, no me diste la oportunidad de nada.
—Porque tenías la palabra loca en la frente—se rió—. Acaso no sé que hablas sola. Que estás obsesionada con Gigi. Te haces la inocente con ella y me haces quedar como el culpable. Eramos felices antes de tí, desde que llegastes los problemas empezaron. Hasta el estilo de la casa cambio apenas en 3 meses.
—¡Mark, suéltala, por favor!—suplica Gigi.
La miro con tristeza.
—Estar en un psiquiátrico no significa que sea una loca Gigi, tienes que creerme.
—¡Largo de mi casa!—me toma por el brazo y me arrastra hasta la puerta.
—¡Gigi!
—Adios...
Me saca y cierra la puerta. Lo odio, odio a Mark. Lloro, golpeo la puerta pero nadie me abre.
Miro la oscuridad y me asusta, esa misma que en las pesadillas me sigue a todas partes. La silueta escondida de Leviatán permanece en mi memoria, es como si me hubiese infundido una mitad de él en mi interior.
Veo lo bello de la oscuridad, a Gwen. Su amabilidad sobrepasa todo.
Escucho gritos en mi cabeza. Cierro los ojos y me pongo las manos en el lugar donde me atormenta a medida que camino por la inmensa oscuridad. Todo se está repitiendo. Huyendo una vez más.
Oscuridad... confusión, gritos en la mente, solo que está vez no llueve, y no estoy en el boulevard del Suicidio.
Mi mente me lleva al lugar que huí del psiquiátrico, a esa noche dónde lo conocí a él, a Leviatán, a esa criatura que nunca puedo olvidar.
Me veo en el psiquiátrico.
Veo la lluvia precipitarse.
Veo los enfermeros. Me quieren dar los medicamentos pero lo escondo bajo la lengua, como siempre lo he hecho.
Espero... estoy esperando a que todas las luces se apaguen.
Sigo caminando, mi mente presenta una variedad de episodios desordenados que no logro conectar en orden cronológico.
Camino por la oscuridad.
Había negociado las llaves, mi salida con uno de los enfermeros a cambio de sexo.
Aún escucho los jadeos en mi mente, los gemidos, el sonido de nuestros cuerpos convirtiendose en uno. El sonido gutural cuando se corrió en mi estómago.
La salida, en como me metí la polla de Leviatán a la boca y quedé bajo la lluvia en posición fetal.
Camino sin rumbo, parezco una loca con las lágrimas en todo mi rostro y las manos puesta en mi cabeza, en realidad, siento que me va a estallar.
Recuerdo:
Las luces de un auto alumbrando mi espalda. La voz de una buena samaritana que estuvo dispuesta a recogerme de esa lluvia y sacarme de ese boulevard.
Me llamo Gigi, me dijo metiéndome en su auto y cubriéndome con la manta. Yacía mucho tiempo que alguien tenía una muestra de amabilidad conmigo como lo tuvo Gigi esa noche.
—Vamos al hospital—dijo, conduciendo.
—No, al hospital no—respondí. Estaba harta de los hospitales, de los hombres vestidos de blancos, de los enfermeros, de las pildoras. A la verdad, quería ir a un lugar seguro, lejos de donde estuve.
Estoy corriendo envuelta en lágrimas, en un llanto tan desgarrador que desnuda mi alma. Los recuerdos me están atormentando, la voces, las imágenes que llegan a mi mente al igual que un huracán volviendo todo un caos atroz.
Entro al apartamento, estoy empapada. Gigi me busca ropa, aún recuerdo el olor a cítrico del perfume que tenía la sudadera con una chaqueta de capucha. Miré la chaqueta y Leviatán regresó a mi mente con esa sonrisa malévola que me aterrorizó.
La rechacé. No puede usarla hasta que me ofreció una camisa de Bob esponja.
—Lo tuyo es Bob esponja—dijo divertida, con una ceja levantada. Su pelo rubio churco le daba esa cara circular la cuál le sobresalía las cejas gruesas. Los ojos verdes eran del mismo color que el césped y su piel bronceada le daba un look especial, además, de tener ese toque divertido y fresco.
Me acostó en la cama al igual que una madre a su hija. Y, agradecí que lo hiciera, porque nunca habia recibido un gesto igual de mi madre adoptiva. De hecho, nunca fui importante en la familia, solo un estorbo, una chica que adoptaron porque creían no tener hijos propios, pero cuando los tuvieron, fui desperdicio, la Cenicienta de la casa.
Arropó mi cuerpo con una manta peludita, y allí calientita permanecí todavía pasmada por lo ocurrido, sin poder olvidar al hombre del boulevard.
Escucho a Gigi hablar con alguien, en ese momento no conocía a Mark. Su voz ronca hizo que recordara a él, a Leviatán, y tuve el mero impulso de verificar esa noche que no estuviera en casa del monstruo. Así que, me levanté y abrí la puerta unos centímetros. Me basto para escuchar la conversación entre ellos.
—Gigi, no puedes traer extraños a casa, es peligroso—le beso los labios de forma apasionada. Me quedé mirando en como sus bocas se unian con desesperación.
—¡Es una niña Mark, no podía dejarla tirada!
Suspiró.
—¿La policía?, ¿los médicos?
Gigi negó con la cabeza.
—No quiso cariño. Por fa, dejemosla está noche aquí en casa. Además, ya está dormida y tenemos está noche solo para los dos—le rodeó el cuello y lo pegó a su cuerpo, a sus tetas perfectamente paradas y le besó con determinación. Las manos de Mark se posicionaron en su trasero masajeandolo hasta meterlos dentro de su pantalón.
Quería ver más, acercarme más. Así que lo hice con sigilo, sin que se diera cuenta que estaba mirando su fiesta en la cocina.
Mark la sube a la encimera y se mete entre sus piernas. Hunde sus dedos en la melena rubia a medida que deja una cantidad de besos por todos sus senos. Le quita la camisa, los pantalones, y así van en ese juego de desvestirse, desnudarse.
Lo veo acariciarla, besarla con amor, con pasión y la imagen del psiquiátrico llega a mi mente, dónde el enfermero está dentro de mí disfrutando de un sexo que no quiero, que solo lo hice para ser libre de esa prisión.
Tengo un poco de envidia de Gigi, ella si conoce al amor mientras yo, solo consigo que me usen y me desechen de la misma forma que un trapo viejo.
Mark le baja las bragas a Gigi y se hunde en ella de un solo tirón. La veo arquear la espalda de placer soltando un gemido ronco que luego silenció con la mano.
Las embestidas son bravías, fuertes, rudas. Los dos jadean, gimen, se besan. Gigi tiene las piernas tan abiertas que le es fácil a Mark entrar y salir sin ningún problema. En cambio a mí, me dolió, me lastimo que el enfermero me follara.
Mark está inspirado, soltando rugidos cuando cometo mi primer error: él logra verme. Se detiene, murmura algo y yo corro a la alcoba, cierto la puerta con sumo cuidado metiéndome bajo las sábanas. Estoy expectante. Minutos más tarde, Gigi verifica que este dormida y finjo hacerlo.
—¡Está dormida Mark, deja de ser paranoico!
Sigo corriendo con la voz de Gigi en mi mente cuando escucho el sonido del claxon pitar fuerte, luego, un golpe, el piso y el aturdimiento de no saber que pasó.
—¡Oh, Jesucristo!—exclama una mujer. Mi vista se nubla, y veo el cielo. La luna está llena, las estrellas resplandecientes. Quizás mi tiempo de morir ha llegado ahora, en esta calle, en este momento, al lado de una mujer desconocida.
Cierro mis ojos, y todo lo que veo es oscuridad.
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