La tenía en mi regazo, acurrucada contra mi pecho. Podía sentir su aroma impregnando mi alma, podía acariciar su espalda y sentir sus labios rozando los míos. Con la punta de su nariz recorría mi rostro en caricias suaves, absorbiéndome por completo y yo, me sentía emocionado, feliz y ansioso. Nunca había experimentado esta plenitud a la que te transporta el poder amar y sentirte amado. Nunca había pensado que yo podría sentir aquello que estaba escrito en los libros. Jamás imaginé que yo tendría mi propia historia de amor. Cuando llegué a la estación, estaba helado, temblaba de frío y de miedo, por la ansiedad y por el temor que me producía la posibilidad de fracasar, de humillarme en público ante gente que me podía ver; después de todo. Roberto me guio hasta un lugar y luego se detuvo;

