—Buenas tardes, Sonia —saludé al entrar a la oficina. Ella contestó al saludo con una sonrisa y luego se levantó e ingresó al despacho tras de mí.
—Te preparé el chocolate caliente como te gusta —dijo de forma maternal.
Yo me senté en mi lugar y, una vez allí, ella colocó la taza en mi mano. Me apeteciera o no, lo tomaría; era la bebida más deliciosa y uno de los pocos buenos recuerdos que tenía de mi infancia.
—Gracias, mamama —sonreí, una vez dentro del despacho podía llamarla de la forma cariñosa en la que lo hacía en la intimidad, Sonia y Rita eran lo más parecido a una madre para mí.
—Mariano, tengo las cinco carpetas para elegir al próximo asistente.
—¿De verdad debo elegir uno nuevo? Me va tan bien con Víctor, es de los pocos de los que no tengo ninguna queja, es respetuoso, aplicado y se lleva muy bien con los alumnos, le respetan lo suficiente.
—Sabes que no puedes quedarte con un asistente por dos periodos consecutivos. —Me lo recordó.
Yo lo sabía. Los alumnos tomaban ese puesto porque les importaba el peso que les daba a sus currículos el haber trabajado conmigo, pero ellos debían estudiar y el puesto de asistente les llevaba demasiado tiempo. Durante un semestre se les otorgaba ciertos permisos, pero yo no podía mantener a un mismo asistente por dos periodos, era la regla. Además, mientras trabajaban para mí, no podían tomar mis clases, así que debían dejar de hacerlo para poder continuar con las materias que yo dictaba, si es que alguna estaba en su malla curricular. Y yo dictaba varias materias, la universidad y la docencia eran toda mi vida, literalmente.
—Bien. ¿Y quiénes son los osados alumnos que se han atrevido a dar semejante paso y además, han sido elegidos por ti? —pregunté.
Sonia era la persona que mejor me conocía, estaba completamente capacitada para decidir incluso por sí sola quién sería el indicado. Pero ella no quería dejarme fuera de la elección, decía que no era justo. Entonces, hacía la preselección, descartaba a la mayoría y me elegía a los cinco que consideraba más aptos. Aun así, después de escuchar las historias y trabajos de todos, y luego de que Sonia me dijera sus opiniones, casi siempre terminaba eligiendo al que ella decidía. Fueron solo dos veces las que la contradije, y debo admitir que en las dos me equivoqué, el tiempo me enseñó que su elección hubiera sido la adecuada.
Ese día estaba cansado, había sido una semana bastante larga y estresante. Los exámenes de fin de semestre eran agotadores tanto para los alumnos que debían estudiar, como también para los profesores que teníamos que prepararlos y luego corregirlos uno por uno. Ese trabajo lo hacía con mi asistente; Víctor debía leerme todas las respuestas para poder enterarme qué tanto habían aprendido los chicos en mis clases del semestre.
—Javier Romero, Analiz Sammuel, John Steveen, Carolina Mendieta y Ámbar Vargas.
—Mayoría femenina esta vuelta —sonreí.
—Casualidad. —Sonia tenía una fijación con encontrarme pareja y pensaba que debía aprender a relacionarme con el sexo opuesto, aunque fuera con alumnas. Lo cierto es que los estudiantes apenas me dirigían la palabra y mis asistentes siempre fueron muy profesionales, ellos sabían que yo no admitía errores—. John Steveen parece tener todas las características de lo que buscamos, pero no me convence su español. Aún le cuesta bastante y considero demasiado importante que tu asistente maneje bien el idioma.
—Lo entiendo. —El señor Steveen era un alumno de intercambio, era responsable e inteligente, pero era cierto, aún le costaba expresar todo lo que sabía en palabras del castellano.
—Analiz Sammuel me agrada, ha hecho una presentación excelente sobre «Cien años de soledad», he incluso aunque no la elijamos, deberías leerla.
—Sé que la leerás de todas formas —sonreí, sabiendo que luego de la pequeña presentación de cada uno, y aunque en su cabeza ya hubiera elegido al indicado, me leería todas esas carpetas.
—Javier Romero es un alumno excelente, además tiene muy buena reputación entre los demás chicos. Creo que puede ser una gran elección, así como lo fue Víctor. —Era muy importante que los asistentes fueran buenos con las relaciones públicas, que fueran aceptados por el alumnado para evitar que se creara una situación hostil entre ellos—. Carolina Mendieta me ha sorprendido con la carpeta presentada, pero sé que tiene algunos problemas de relacionamiento por lo que no estoy segura que sea la mejor opción y, por último, está Ámbar Vargas; sé que es nueva y no tiene mucho contacto con el resto de los estudiantes, pero considero que es una chica sumamente agradable e inteligente y su presentación ha tocado mi corazón.
—Bien, solo dime a quién elegimos.
—Comenzaré a leerte las presentaciones de cada uno. —Ignoró mi comentario. Sabía que lo haría, pero debía intentarlo.
Me habló entonces sobre estos chicos: sus nombres, con quienes vivían, lo que hacían en su tiempo libre, lo que aspiraban. Yo trataba de no dormirme, no me interesaba en lo más mínimo la información personal, solo quería saber a quién elegiríamos. Mamama era demasiado humana, a ella sí le importaban esas cosas, ella era la que pedía los datos, para hacerse una idea de qué clase de persona era cada aspirante. Yo no estaba de acuerdo, ¿en qué afecta que a uno le guste el tenis o que sea bueno ejecutando el piano?
Procedió luego a leer el tema libre de cada uno: ética, la tecnología en la educación, la diversidad de género bla, bla, bla. Este punto tampoco me interesaba, no me apetecía saber qué es lo que pensaba cada uno sobre cualquiera de estos temas, no estaba eligiendo a un amigo, solo a un asistente.
Y por último, me leyó los ensayos sobre los textos escogidos. Esto me importaba más que el resto de la carpeta. Primero, porque la elección de la obra me hablaba mucho de los alumnos; segundo, porque el análisis de la misma me llevaba a interiorizarme en una parte del mundo de cada candidato. Lo que más me interesaba era saber qué pensaban o cómo analizaban estas obras. Eso era lo único que valía para mí.
Cuando mamama terminó, le pregunté directamente cuál era su preferido. Lo dudó un momento; eso fue extraño porque era muy rápida al elegir.
—Me quedaría con Javier Romero, pero creo que debemos darle la oportunidad a la señorita Ámbar Vargas.
Esa conclusión sí que me sorprendió, pensé que la última candidata sería Vargas, de hecho, no entendía por qué la había elegido. Su análisis de «Orgullo y prejuicio» no estuvo mal, pero la verdad fue muy normal, por decirlo de algún modo. Eligió romance para jugarse el puesto, casi nadie elegía ese género, quizá porque creían que no me agradaba, aunque no era cierto, me gustaba el romance, al menos en los libros. En su composición, habló sobre la libertad, tenía interesantes conceptos o formas de ver aquello, pero me pareció una persona de esas que siempre corren tras una utopía. Vargas decía perseguir la libertad, y yo pensaba que la libertad no se alcanzaba jamás. Siempre somos reos de nosotros mismos.
—¿Vargas? —pregunté, confundido.
—Es una chica interesante —murmuró mamama—. ¿Sabes que ha elegido hojas con diseños variados para la carpeta? Acá hay una que tiene muchos corazones, y esta otra tiene palomas. Quiso darle un sentido a lo que escribía al seleccionar hojas que tuvieran relación con el tema. —Por el sonido de su voz, sabía que sonreía.
—¿Y eso no te parece demasiado inmaduro? ¿Una chica de la edad de Vargas con hojas con dibujitos te parece una buena opción para mi asistente?
—Sí, hay algo en ella. Me agrada su sentido de libertad, su capacidad de ver más allá de las cosas.
—¿Y todo eso lo entendiste de su redacción? Yo creo que Romero será mejor asistente, Vargas tiende a ponerse nerviosa ante cualquier situación. Si un alumno le levantara la voz o le faltara al respeto, no creo que fuese capaz de solucionarlo. No sé si tiene ese temple para hacerse respetar por sus coetáneos —añadí.
—Yo creo que puede aprender. Todos aprendemos por el camino; tiene buenas notas y sus trabajos en tus clases son excelentes —refutó mamama.
—Sí, son buenos y es muy responsable, en eso no tengo quejas, pero…
—La elección está en tus manos, Mariano, pero si me lo preguntas a mí, definitivamente elegiría a Vargas.
Lo dudé un buen rato. Esa chica era todo un enigma para mí desde el primer día que ingresó al salón. Cuando estaba cerca, cuando la oía hablar, cuando exponía alguna lección, su voz me resultaba tan melodiosa y cantarina que se me colaba por todos los sentidos. Tenía una gran curiosidad por tocar su rostro para imaginarme cómo era. Normalmente, cuando oía las voces, me hacía ideas mentales de cómo se verían las personas, pero nada más que eso, al rato lo dejaba pasar. Con ella, no podía. Me hubiera gustado poder verla, saber cómo se veían sus ojos o su cabello. Vargas me generaba curiosidad.
—¿Cómo es Vargas? —le pregunté a mamama, aprovechando la oportunidad; no podría preguntarle eso en otro momento porque le parecería demasiado extraño.
—Es una jovencita de mirada dulce, sus ojos son del color de la miel y es bastante pequeña de estatura. Su cabello está colmado de rizos y es de color n***o, muy n***o. —Podía darme cuenta de que mamama sonreía.
—Pareciera que le tienes un cariño especial. ¿Por qué la elegirías? —pregunté con curiosidad.
—Porque me lo dice el corazón.
Debo decir que aquella confesión me consternó. Mamama era muy profesional cuando se trataba de elegir a mi asistente, el corazón solía quedar excluido de esas situaciones, aunque sabía que ella tenía uno enorme. Estuve a punto de elegir a Romero por sobre la elección de mamama, pero aquello realmente me sorprendió, aunque yo no tuviera corazón.
—Entonces no se diga más, Vargas será. Confío en ti —asentí.