El viernes fue el último día de clases del semestre y también el examen final. Por fin, me esperaba un mes de descanso en el que podría relajarme y salir un poco con los chicos. Las semanas anteriores habían sido extenuantes, pero no me podía quejar, las notas fueron fantásticas.
Era el primer lunes sin ir a clases, me encontraba desayunando tranquila mientras veía algún programa matutino y disfrutaba de la calma de no tener que hacer todo contra reloj. Entonces, mi celular empezó a sonar. Sonreí al ver el número.
—Hola, papá —saludé, feliz de oírlo.
—Hija, ¿cómo estás? Hace mucho que no me llamas, estoy preocupado.
—Estoy bien, papi, solo que he estado ocupada con los exámenes. Al fin ha terminado todo, tendré unos días de descanso.
—Me alegro y estoy seguro de que todo te ha ido perfecto —añadió con certeza, me agradaba la confianza que mi padre siempre había depositado en mí.
—Algo así.
Seguimos hablando un poco más y luego se despidió. Su señora lo esperaba para ir de compras al supermercado. Quedamos en volver a hablarnos pronto.
El resto de la mañana me dediqué a arreglar un poco el departamento, a limpiarlo y a ordenarlo. Entre el poco tiempo que me dejó el estudio y el cansancio con el que regresaba a casa cada noche, pareciera que había pasado un tornado por mi hogar.
Me preparé algo liviano para comer y luego fui a encender la computadora. Esperaba ansiosa la llegada de este día para revisar el correo electrónico y saber si había sido aceptada o no para trabajar con el profesor Galván.
Un correo del Centro de Estudiantes de la Universidad, notificaciones de actualizaciones de w*****d, algún amigo que me etiquetó en una publicación de f*******:, noticias y ahí estaba: un email de la señorita Sonia Mora, la secretaria de Galván. Lo miro con temor, no sabía si abrirlo o no. En realidad, ansiaba saber cuál era la respuesta, pero a su vez no quería afrontar la posible desilusión. Lo pensé un rato y, después de todo, acepté que en la incertidumbre todavía quedaba lugar para la esperanza. Al final, y como es lógico, terminé por abrirlo.
«Estimada señorita Ámbar Vargas:
Me place informarle que ha sido seleccionada para ejercer el cargo de asistente del Prof. Dr. Mariano Galván por el siguiente semestre educativo. Es un honor para nosotros contar con sus servicios.
A efectos de informarle sobre sus funciones y coordinar tareas y horarios, la esperamos en una reunión el próximo jueves a las diecisiete horas en el despacho del Profesor Galván.
Sin otro particular, nos despedimos atentamente.
Sonia Mora – Secretaria
Prof. Dr. Mariano Galván»
No podía creerlo. Lo releí y, en efecto, ¡había sido seleccionada! Estaba llena de emoción. Se presentaba un nuevo reto para mí, y ello me alegraba —más allá de lo que implicaría para mi carrera y mi crecimiento profesional trabajar codo a codo con una eminencia como Galván—. En el semestre que acababa de terminar, había aprendido un sinfín de cosas en su clase, ¿¡cómo sería trabajar a su lado!?
Llamé a los chicos para contarles la noticia y todos decidieron que festejar sería una buenísima idea. Además, en un par de horas más podríamos acceder a las notas finales de todas las materias, y ello también era motivo para festejar, o eso esperábamos todos.
Cuando nos encontramos por la tarde, descubrimos que las cosas no fueron tan bien para Roberto. Estaba completamente apagado, verlo así resultaba extraño.
—¿Qué te pasa? —pregunté al observarlo llegar con los ojos rojos.
—Reprobó dos materias —respondió Alejandro.
—Oh, lo siento mucho. —Me solidaricé con un abrazo.
Él solo asintió, recostándose en mi hombro.
—Lo que pasa es que Roberto tiene una beca —explicó Fátima—. Una que le costó mucho conseguir y, si reprueba una materia más, se la quitarán.
—Te podemos ayudar a estudiar —ofrecí compungida, realmente me afectaba ver a Roberto tan alicaído. Él solo asintió, era obvio que no quería hablar más del tema.
Decidimos olvidarnos un rato de las notas y solo divertirnos. Fuimos a comer algo y luego a bailar, estuvimos allí hasta altas horas de la madrugada —aunque fuera lunes— pues estábamos de vacaciones.
Las horas y los días hasta llegar al jueves me los pasé imaginando qué cosas me dirían Sonia y Galván. Estar en el mismo lugar que él, y a solo pocos metros, me producía una sensación extraña muy similar al miedo. Él era intimidante y tan seguro de sí mismo que parecía robarse la confianza de todos los que lo rodeaban, por ello era tan respetado —además de todos sus conocimientos y cualidades como docente, claro—.
Aun así, el ansiado día llegó y yo solo pedía que mi corazón se desacelerara, que las manos me dejaran de sudar y que no dijera alguna tontería que me hiciera ver estúpida frente a estas personas. Tendía a ser muy torpe cuando me ponía nerviosa.
La señorita Sonia sonrió al verme, me dijo que Galván nos esperaba y que la siguiera. Ella ingresó primero y me señaló dónde sentarme, una silla frente al escritorio en el que Galván se encontraba. El profesor parecía estar concentrado en un libro en braille. Me acomodé y Sonia se sentó a mi lado.
—Mariano, aquí está Ámbar Vargas —me presentó. Me sorprendió que su secretaria lo llamara por su nombre de pila. De hecho, se hablaba de él con tanto respeto que no parecía tener un nombre de pila que se utilizara independientemente de su apellido o de sus títulos.
—Buenas tardes, señoritas —saludó con cortesía.
—Buenas tardes, profesor.
—Bueno, si está aquí es porque ha tenido el honor de ser elegida entre muchos otros estudiantes para ser mi asistente durante el próximo semestre. Como sabrá, los docentes no tenemos vacaciones en esta época. Yo utilizo este tiempo para preparar mis clases para el siguiente período. Seré titular en cuatro materias y usted deberá asistir conmigo a todas las clases. Si alguna le coincide con otra materia que usted deba tomar, la Universidad le facilitará la posibilidad de transitar esa clase a distancia o con un tutor, o bien, cursarla en el próximo semestre. Aun así, debe saber que si elige la tutoría, aunque tenga tareas y demás, no podrá desatender su función principal de este semestre, que es ser mi asistente.
—Lo entiendo —expresé cuando hizo una pausa.
—Las cosas funcionan así —me explicó Sonia con calma y con una sonrisa en su rostro—: se reunirá con Mariano una vez por día, cada tarde de diecinueve a veinte y treinta horas. Ocasionalmente y en épocas de exámenes, también podría haber reuniones los sábados por la mañana. En cada reunión se prepararán las clases del día siguiente, Mariano le dictará lo que debe escribir en las presentaciones multimedia que se proyectarán en cada clase. Durante las mismas, su función será ir pasando la presentación a medida que el profesor vaya exponiendo un tema. Debe estar atenta a no equivocarse con la página para que coincida con lo que él esté diciendo en ese momento en la presentación que ven los alumnos. En las reuniones de la noche también tendrá que leerle a Mariano los trabajos prácticos entregados por los alumnos, y él le indicará la nota que pondrá en una planilla de texto que, antes de retirarse, deberá enviar a mi casilla de correo electrónico para poder procesarla en el sistema.
—Lo entiendo —asentí, aunque en que en realidad me parecía pesado. Aquello llevaría mucho tiempo.
—Tendrá mi número de celular y el de Mariano —agregó la mujer—, pero no puede escribirle a él a menos que fuera una verdadera urgencia o si antes yo no le he podido solucionar el problema. En síntesis, ante cualquier duda, primero debe recurrir a mí y, si es necesario, le derivaré con él. Demás está decirle que no puede pasar ni su número ni el mío a ningún alumno y bajo ninguna circunstancia.
—Comprendido —asentí.
—Bien, Vargas, ahora puede leer el contrato que le facilitará Sonia. Es solo un papel donde explicamos este arreglo a modo de evitarnos toda clase de complicaciones. Durante las vacaciones trabajaremos una hora cada día de por medio, de diez a once de la mañana. Si hubiera necesidad de trabajar un día fuera de lo estipulado, se le avisará con anticipación. Además, Sonia le entregará un calendario con todas fechas, los horarios de nuestras reuniones y los de mis clases del próximo semestre, para que pueda organizar su tiempo en torno a ello. ¿Está bien?
—Todo claro —asentí.
—Bien, entonces puede retirarse. No sin antes firmar ese contrato con Sonia en su oficina. Por mi parte, ha sido todo y la espero el lunes a las diez para comenzar —zanjó. Luego, volvió sus dedos al libro que leía con anterioridad.
—Muy bien, Profesor Galván, es un placer trabajar con usted, espero no defraudarlo —comenté mientras me levantaba.
—También lo espero, que le vaya bien. —Se despidió el hombre.
Acompañé entonces a Sonia hasta su escritorio y, luego de leer, firmé el papel que decía básicamente lo mismo que ya habíamos hablado adentro. A pesar de que era un hombre extremadamente frío e impersonal, yo estaba feliz de poder trabajar a su lado, lo admiraba demasiado incluso antes de ser mi profesor, pero después de escuchar aquellas clases magistrales, todo fue en subida.