La chica que mamama eligió no me terminaba de convencer, había algo en ella que me generaba cierta incomodidad inexplicable que era incapaz de dominar, y las cosas que escapaban a mi control, tendían a ponerme nervioso. El día de nuestra primera reunión, la chica llegó al horario pactado, eso era un punto a su favor. Ingresó a la oficina y, luego de saludar, se acomodó en la silla frente a mi escritorio. Desde esa distancia, escritorio de por medio, pude percibir un dulce aroma a manzanas. Me atrevo a afirmar que venía recién bañada y, quizás, hasta traía el cabello mojado. Su aroma a frutas me envolvió por completo y me hizo sentir un fuerte impulso por acercarme, por tocar su piel, por sentir su textura. —Bueno, ¿por dónde empezamos, profesor? —habló. Sus repentinas palabras me arreba

