La llamada de Galván me dejó atónita. Oír su voz en el teléfono era abrumador, parecía invadir mi cuerpo, me llenaba de señales confusas e inmanejables. Al ver su nombre en el celular, me pregunté qué querría. Cuando le atendí me pareció enfadado y pensé que me regañaría por haber faltado. Luego se excusó y se interesó en lo que me sucedía. Yo, no sabiendo qué decir o cómo actuar, di demasiados detalles de lo que me estaba pasando, y eso lo dejó incómodo. Cuando me di cuenta, quise meter la cabeza bajo la tierra. ¿Cómo se me había ocurrido decirle al profesor Galván que estoy con el periodo? En un momento, me llamó por mi nombre, que sonaba en su voz como una hermosa canción; mi corazón respondió a sus palabras, acelerándose, y aquello me asustó por demás. Intenté no prestarle atención, p

