CAPÍTULO UNO
CAPÍTULO UNO
Callie enterró las manos hasta el fondo de los bolsillos, apretando el codo de forma de sujetar su bolso más contra el cuerpo. Siempre tomaba este tipo de precauciones cuando visitaba a Javier, un amigo de ella con un gran talento artístico.
Se habían conocido en la universidad, y aunque Callie se había visto obligada a trabajar en una oficina, al menos Javier intentaba cumplir su sueño. Claro que vivir siendo un artista con una deuda estudiantil significaba que no podía vivir en el mejor de los vecindarios. Había momentos en que Callie, joven y atractiva, no se sentía segura allí.
Pero se recordó a sí misma mientras rozaba con los dedos el exterior frío de la lata, que esa era la razón por la cual siempre llevaba gas pimienta en su bolsillo.
También tenía un plan de escape: rociar el aerosol y correr, dependiendo de hasta donde había llegado. Debía cruzar un pequeño callejón para llegar al monoambiente de Javi, el que también era su punto de referencia. Antes de llegar a este, sabía que el camino más rápido era correr por donde había venido hacia la calle principal, en donde estaría segura entre el gentío. Si pasaba ese punto a mitad de camino, correría hacia la puerta de Javi y le gritaría por el portero eléctrico hasta que la dejara entrar.
No era que se pasara todo el tiempo preocupándose por los posibles riesgos de los lugares a donde se dirigía. De hecho, todo lo contrario. Callie había ideado ese plan la segunda vez que había ido a visitar a Javi, y desde entonces podía fantasear de camino a su casa. Fantaseaba con el tatuaje que él le iba a hacer, y con cómo luciría.
Habían trabajado juntos en el diseño durante un par de años, desde que se hizo el primero. Le había gustado tanto que le rogó que le hiciera otro, y esta sería la tercera vez que los diseños de él decorarían su cuerpo. Había algo extrañamente íntimo en eso, aunque nunca habían sido amantes. Algo en la forma en la que su obra le recorría la piel, su único gesto rebelde contra el estilo de vida empresarial que sin dudas iba a tener que soportar durante décadas.
O quizás no. Quizás podía encontrar la forma de escaparse, de hacer las cosas que realmente le apasionaban. Empezar su propio negocio, aunque aún no había decidido cuál sería. Callie aún tenía esperanzas.
Bajó por el callejón, pasó por un contenedor de basura derribado y un mural de grafiti sobre el que unos niños habían pintado con frascos de aerosol. Arte, cubierto por los garabatos inútiles que hacían que las ciudades tomaran medidas contra los grafitis. Era una pena. El sol californiano que había brillado en su rostro desapareció, y fue reemplazado por la sombra fresca entre los altos edificios, haciendo que sus ojos tuvieran que acostumbrarse a la penumbra.
Del otro lado del callejón apareció un hombre caminando en su dirección. Callie se tensó un poco, contemplándolo mientras fingía observar el terreno a su izquierda. Llevaba una sudadera con la capucha cubriéndole la cabeza, el rostro en las sombras y las manos enterradas en los bolsillos, igual que ella.
No podía descifrar su identidad. Eso podía ser un problema en un lugar como este. Podía significar que él no quería que se conociera su identidad. Una mala señal.
Callie envolvió al gas pimienta con la mano, tensando los músculos del brazo cuando pensó en usarlo. Lo sacaría con un ágil movimiento, le apuntaría a la cara –utilizó la punta del dedo índice para encontrar el lado correcto del pulverizador– y luego lo rociaría. Rociar y correr.
Aceleró el paso, pensando que cuanto más rápido lo pasara, menos posibilidad tendría él de tener ventaja. Miró hacia abajo para calcular la distancia que había entre ellos. Levantó la vista al cielo. ¿Ya estaba a mitad de camino? ¿Sería más rápido correr hacia adelante o hacia atrás? Javi la estaba esperando. Quizás si le pedía ayuda la dejaría entrar más rápido. Sí, acudiría a Javi.
Contuvo la respiración al tiempo que el hombre se acercaba, e intentó seguir adelante como si no pasara nada, pero sujetaba el gas pimienta con más fuerza que nunca. Estaba preparada, lista…
Él pasó a su lado sin que nada ocurriera.
Callie volvió a respirar, regañándose mentalmente por ser tan paranoica. Eso era lo que le pasaba a quienes estaban demasiado preparados. Quienes pensaban demasiado en ser atacados en callejones.
Javi se reiría de esto. Ella se lo contaría, aunque fuera vergonzoso. Se reiría cálidamente y le diría que él la protegería de los hombres peligrosos. Sería un momento de conexión entre ellos.
De forma inesperada, Callie sintió un tirón que la desequilibró justo cuando volvía a respirar con tranquilidad. Algo detrás de ella. Se dio cuenta de que era él, tenía que serlo. La tomó por los hombros con uno de sus brazos. La empujó hacia él. Los omóplatos de Callie chocaron contra su pecho y algo le cortaba la garganta, algo filoso, algo…
Quería vociferar pidiendo ayuda, vociferar por Javi, gritar, pero cuando lo intentó el aire le gorgoteaba de la garganta por el nuevo corte que él le había hecho. Le había cortado la garganta. Algo caliente le chorreaba por el pecho –ella sabía lo que era– su propia sangre.
En un momento de claridad, como nunca antes había tenido, Callie Everard supo que iba a morir.
Sabía incluso que se estaba muriendo. Estaba ocurriendo en ese momento, dinámicamente, y nunca iba a ver a Javi para que le hiciera el tatuaje. Nunca iba a seguir su sueño de ser su propia jefa y nunca iba a ser dueña de aquel Mercedes que había soñado desde que leyó que una editora de moda famosa tenía uno. Callie se apretujó la garganta con las manos, que se le resbalaban con la sangre, y apenas podía sujetar los bordes del nuevo corte, cuya geografía no tenía sentido al tanteo de sus dedos.
Callie se desplomó sin darse cuenta, hasta que reconoció que estaba mirando al cielo y por lo tanto debía estar sobre su espalda. Hizo fuerza una última vez para hacer ruido, succionando aire por la boca de forma desesperada e intentando expulsarlo en un grito. Lo único que oyó fue otro borbotón de sangre que salía de la herida, el oxígeno gorgoteando sin siquiera llegar a los pulmones.
En tan solo un instante, Callie ya no pudo ver nada y dejó de respirar, y entonces era solo su cuerpo lo que yacía abandonado en el callejón. Un caparazón. Su alma, su consciencia, o lo que fuera que era Callie, ya se habían extinguido.