Y así, entre sonrisas y besos, la hora de regresar llegó. Estoy sentada en la cama, guardando mis cosas en una maleta y Alex me observa desde el umbral de la puerta en un tenebroso silencio. Su mirada me dice que no está feliz, o quizás había olvidado que en algún momento tendría que regresar. Pero no hay más que pueda hacer al respecto. — ¿me pasas esa camiseta? —pregunto señalando lo que trae en la mano. — Esta se queda conmigo… —contesta enganchándola en su bolsillo trasero. — Pero es mía… — Pero voy a extrañarte y necesito que dejes algo en casa— finaliza, voltea, y se marcha de la habitación. — Okey… —digo hablándole al vacío. Quizás ahora que soy yo quien se marcha, entenderá lo duro que fue para mi despedirlo tantas veces en el aeropuerto. De to

