cap11

876 Palabras
Han pasado dos días desde que Bastián dejó de llevarme a la empresa. Ahora me envía con el chofer, sin explicaciones, sin palabras. En casa, no me dirige la mirada, mucho menos la voz. Y yo no sé qué hice mal. La angustia me carcome. No dejo de repasar cada momento, cada gesto, cada palabra que pude haber dicho. ¿Será que se cansó de mí? ¿Que ya no quiere tenerme cerca? Pero si es así… ¿por qué no me lo dice? ¿Por qué me ignora como si no existiera? Paso el día en el trabajo debatiéndome entre hablar con él o simplemente irme. Pero ¿a dónde? No tengo suficiente dinero para pagar una habitación. Tampoco tengo amigas, ni la confianza para pedirle a alguien que me reciba. Mis compañeras de trabajo apenas me conocen. ¿Cómo podría siquiera insinuarles algo así? El día se me va en un borrón de pensamientos y ansiedad. Al llegar a casa, Sofía me recibe en la puerta justo cuando está por salir. La saludo con cariño; desde que empecé a trabajar, casi no la veo. Me dice que el señor ya cenó y se fue a su habitación. No respondo. Solo le doy una sonrisa que no llega a mis ojos. Cuando la puerta se cierra detrás de mí, la ira me invade. Me arde en el pecho. Y con una valentía que no sé de dónde sale, camino directo hacia su habitación. No toco. Entro. Bastián está sentado en el balcón, con un vaso en la mano. Me mira. No dice nada. Su silencio me enoja más que cualquier palabra. Lo observo por lo que parece una eternidad. Su sola presencia me paraliza, pero no retrocedo. Me obligo a hablar. —¿Qué hice para que me dejaras de hablar? —le digo, con la voz temblando—. ¿Acaso te hartaste de mí? Si quieres que me vaya, solo dímelo. Pero no hagas como si yo no existiera. El silencio se alarga. Bastián no se mueve, no parpadea. Solo después de unos segundos, rompe la quietud con una pregunta que me toma por sorpresa. —¿Por qué estás trabajando en el área de limpieza en mi empresa? Isabel me dijo que tú le pediste ese puesto. Sé que eso es mentira. Pero no la desmiento. No ahora. No en este momento. —¿Y qué tiene? —respondo, con la voz aún contenida—. Ningún trabajo es denigrante mientras sea honrado. A mí no me molesta. —Pero a mí sí —interrumpe, con ese tono frío que usa cuando quiere mantener distancia—. Soy el CEO. Tengo negocios multimillonarios. Te ofrezco que trabajes en lo que quieras… y tú pides limpiar el piso. Su comentario me enciende. Esta vez no me contengo. Elevo la voz. La ira comienza a burbujear dentro de mí, como si cada palabra suya removiera algo que llevo tiempo intentando calmar. —¿Cómo puedes siquiera pensar que yo pedí ese puesto? —le digo, temblando—. No estoy preparada para otra cosa. No quiero estar en los pisos superiores, donde todos me miran como si no fuera nada. Me hacen sentir pequeña, como si mi sola presencia les diera asco. Lo miro fijamente. No retrocedo. —Lo siento si tú te sientes como ellos. No pensé que fueras así. Sé que tengo mucho que agradecerte, Bastián, pero no soy el tipo de persona que se aprovecha de conocer al jefe para subir de posición. Yo quiero ganarme mi lugar. No que me lo regalen. Él no responde. Pero su expresión cambia. No sé cómo describirla. Ya no es la máscara de indiferencia que suele usar. Hay algo más. Algo que no alcanzo a leer del todo. ¿Dolor? ¿Confusión? ¿Vergüenza? Me doy cuenta de que estoy conteniendo el aire. No sé por qué. Tal vez porque temo que si respiro, él vuelva a ponerse esa máscara y todo lo que acabo de decir se pierda en el silencio. Pero no lo hace. Bastián sigue ahí, mirándome. Su rostro ya no es el muro impenetrable de siempre. Hay algo roto en su mirada. Algo que no esperaba ver. Me dan ganas de preguntarle qué siente, pero no me atrevo. No quiero que piense que estoy buscando una grieta para entrar. No quiero que crea que estoy jugando a entenderlo. Yo solo quiero que me escuche. —se que tu me has protegido y que gracias a ti sigo viva —digo, más bajo ahora—. Pero quiero aprender a sostenerme sola a protegerme por mi misma. Y si eso significa seguir limpiando baños y recogiendo basura, lo haré. Pero lo haré con la cabeza en alto. Él baja la mirada por un segundo. Se pasa una mano por la nuca, como si algo le pesara. Como si mis palabras le hubieran tocado una fibra que no sabe cómo manejar. —No sabía que te sentías así —murmura al fin. Su voz me toma por sorpresa. No por el contenido, sino por el tono. No hay dureza. No hay autoridad. Hay… algo parecido a culpa. —No lo sabías porque no preguntaste —respondo, sin rabia, sin reproche. Solo verdad.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR