Desde ese día, Nuestra interacción se ha vuelto más constante. No hablamos de temas personales, pero nuestras conversaciones son más frecuentes. Hay algo distinto en su forma de mirarme, como si estuviera intentando entenderme sin preguntar directamente. Yo tampoco le doy pie. Me limito a responder con cortesía, a veces con una sonrisa, otras con silencio
—Quiero empezar a buscar trabajo —digo, mientras acomodo el pan en su sitio—. No le digo que, aunque ya no tengo marcas visibles en la cara, el miedo sigue ahí, agazapado. Que cada vez que pienso en salir, en caminar por la ciudad, me aterra la idea de que Gabriel me encuentre no quiero arriesgarme.
El no responde de inmediato. Me observa. No con juicio, sino con esa mirada suya que parece leer más allá de las palabras. Creo que sabe. Intuye que huyo de alguien, aunque nunca ha preguntado. Y lo agradezco. Su silencio ha sido un refugio.
Finalmente, habla.
—¿Para qué buscas trabajo? Aquí tienes todo.
Su tono no es de reproche, sino de genuina curiosidad. Como si intentara entender algo que no se puede explicar del todo.
—Siento que abuso de tu generosidad —respondo, bajando un poco la voz—. Además, estoy acostumbrada a trabajar desde muy pequeña. No hacer nada me hace sentir incómoda. Extraña. No lo sé...
Bueno, si quieres trabajar, mi empresa es lo suficientemente grande para que consigas un puesto allí —dice Bastián, mientras parte el pan con calma—. Mañana te vas conmigo. Le diré a mi asistente que te ubique en el área que prefieras.
Me quedo quieta. La comida se enfría en el plato. Siento que ya he abusado bastante de su generosidad al quedarme en su casa. Ahora, ¿también aceptar un trabajo? No puedo. No quiero.
—No puedo aceptar —le digo, con la voz baja pero firme—. Ya siento que estoy abusando de ti. No hacer nada me incomoda, sí, pero esto... esto es demasiado.
Él me mira. Esa máscara de frialdad que suele mostrar al mundo, que había guardado conmigo, vuelve a cubrirle el rostro.
—No está a discusión. Mañana te vas conmigo.
No hay espacio para réplica. Solo silencio.
Al día siguiente, nos dirigimos a su empresa. Me quedo sin palabras al ver el edificio: imponente, de vidrio y acero, como un monumento a su poder. Al entrar, todo cambia. Las personas se mueven con prisa, como si su presencia activara un reloj invisible. Algunos bajan la mirada, otros se apresuran a saludarlo. Nadie se atreve a ignorarlo.
Camino junto a él, sintiéndome pequeña, insignificante. Las miradas se clavan en mí, curiosas, inquisitivas. ¿Quién soy yo para estar al lado de él?
Llegamos a su oficina. Su asistente lo recibe con una sonrisa amplia, casi exagerada. Pero al verme, esa sonrisa se quiebra. Intenta disimular el desagrado, pero no lo logra del todo. Sus ojos me recorren de pies a cabeza, como si evaluara cada centímetro de mi presencia.
—Desde hoy ella trabajará aquí —dice Bastián, sin mirar atrás—. llévala a Recursos Humanos y que la ubiquen en el puesto que quiera.
Su asistente asiente, con una sonrisa fingida que no alcanza los ojos. Cuando él entra a su oficina, ella me mira con fastidio, como si mi sola existencia fuera una molestia.
—Sígueme —dice, sin más.
Yo la sigo. Con el corazón latiendo fuerte, sin saber si estoy entrando en una nueva oportunidad… o en una nueva batalla.
Camino junto a la asistente de Bastián por los pasillos impecables del edificio. Me pregunta por mi experiencia laboral, sin mirarme del todo. Le hablo de los trabajos que he tenido, de lo que sé hacer, de lo que he aprendido. Ella responde con sarcasmo:
—Era de esperarse.
Me molesta su tono, su forma de tratarme como si fuera menos. Pero no digo nada. He soportado cosas peores. No vale la pena gastar palabras en quien no quiere escuchar.
Llegamos a Recursos Humanos. Ella habla con otra chica, y ambas me miran. Se ríen. No sé si de mí o de algo más, pero lo siento en la piel. Me entregan un contrato. Lo leo. Lo firmo. No por resignación, sino porque necesito empezar, aunque sea desde abajo.
La asistente me mira con desdén.
—Desde hoy comenzarás en la única área que se adecua a ti —dice, con una sonrisa que no es sonrisa—. En limpieza. Baja al primer piso. Allá te darán tu uniforme y tu carrito. Comenzarás allá, porque para llegar al piso superior debes ganártelo.
No, le respondo. Solo agradezco, con la voz firme y los ojos tranquilos. No me rebajo. No me quiebro.
Durante la cena, que son los momentos donde mas compartimos, Bastián me pregunta cómo me fue en mi primer día de trabajo. Le digo que todo bien. No menciono el trato de su asistente ni el puesto que me asignaron. Quejarme sería abusar aún más de su generosidad, y la verdad, no me molesta el trabajo.
Cenamos casi en silencio. Él no insiste, y yo agradezco que no lo haga.
Los días siguientes me voy adaptando. Me siento útil. Animada. Un poco mas tranquila se que en esta zona gabriel mi padre no me encontrara. aqui en el primer piso trabajan los que muchos prefieren ignorar, los que no tienen grandes puestos, pero sí manos que sostienen el edificio desde abajo. Los de arriba, se creen superiores. Eso me lo dice una de las compañera que ha presenciado un par de veces que la asistente de Bastian ha bajado al primer piso solo para molestarme haciendome limpiar el baño o algo siempre a la hora del almuerzo, no le hagas caso le digo a teresa mi compañera.
Las personas de este piso me han recibido con amabilidad me han apoyado, Son personas buenas, de esas que no miran a nadie por encima del hombro. Me reciben sin preguntas, sin juicios. Me enseñan, me acompañan, me hacen reír. La verdad es que me siento a gusto trabajando en este piso.
Llevo casi un mes en el trabajo, y estar en constante movimiento me hace sentir viva. No tengo tiempo de pensar ni de torturarme con recuerdos que desearía borrar para siempre. Cada día que pasa, siento cómo mi cuerpo se fortalece y mi mente se despeja. Ganar mi propio dinero es más que gratificante como recuperar pedazos de mí que creía perdidos.
He empezado a ahorrar. No mucho, pero lo suficiente para imaginar que, en algún momento, podré buscar un lugarcito donde mudarme. Sé que a Bastián no le molesta que siga viviendo con él. Nunca ha insinuado lo contrario. Pero yo… yo siento que no puedo seguir así. Tal vez un día aparezca con una novia, y dudo que a ella le agrade que una desconocida comparta su espacio.
Mientras divago en mis pensamientos, camino por el pasillo sin prestar atención. De pronto, tropiezo con Bastián. No lo había visto venir. Llevo el uniforme de limpieza puesto y la escoba en la mano. Él me mira, frunce el ceño apenas, y lanza una mirada rápida a su asistente. No dice nada. Solo sigue su camino, como si nada hubiera pasado.
Mi corazón late con fuerza, como si quisiera salirse del pecho. Pero por fuera, aparento calma. Me enderezo, respiro hondo y continúo con mi labor.
Esa noche, Bastián llega a casa. Su rostro parece tenso, como si estuviera molesto por algo. No me dice nada. No me dirige ni una palabra. Solo pasa de largo y se encierra en su estudio.
Me quedo en la sala, fingiendo que no me afecta. Pero por dentro, me pregunto si hice algo mal. O si simplemente se canso de mi, como siempre, Bastián es imposible de leer.