CAPITULO 2
Es mi padre. Su Presencia me Llena de terror. Tiene una Sonrisa perversa en el rostro, pero sus ojos intentan fingir preocupación.
—¿Cómo te sientes, querida? —pregunta con una voz que intenta sonar dulce, pero que no puede ocultar la malicia subyacente.
Mi respiración se vuelve errática y siento un nudo en el estómago. Quiero gritar, pero mi voz no sale. Estoy atrapada en esta cama, vulnerable y a merced de alguien que debería protegerme, pero que solo me ha causado dolor.
En ese momento, los médicos entran en la habitación para revisarme. Uno de ellos se dirige a mi padre, con una expresión seria.
—Es importante que la apoye en este momento —dice el médico—. Lo que intentó hacer ayer es muy grave. Necesita sentirse segura y comprendida.
Mi padre asiente, fingiendo preocupación.
—Por supuesto, doctor. Haré todo lo posible para ayudarla —responde, su voz llena de falsa sinceridad.
El médico se vuelve hacia mí, con una mirada comprensiva.
—Vamos a recomendar que vayas a terapia con un psicólogo —me dice—. Es importante que hables con alguien sobre lo que estás sintiendo.
Intento responder, pero mi voz sigue atrapada en mi garganta. Solo puedo asentir débilmente, sintiendo el peso de la situación aplastándome. Los médicos continúan con sus revisiones, mientras mi padre sigue fingiendo preocupación, su sonrisa perversa nunca desaparece del todo,
Me dan el alta. Aunque quisiera salir corriendo, el miedo me paraliza. Mi padre me toma del brazo, y solo su tacto me causa náuseas. me susurra al oído:
—Ya eres mía otra vez. Si vuelves a intentar escapar, yo mismo te matare. La tristeza y el miedo me consumen mientras intento soportar sus palabras. Me siento atrapada, sin salida. Si ese hombre no hubiese aparecido tal vez ya no estaria aqui y mi sufrimiento habrian terminado, pero al mismo tiempo le agradezco que me salvara.
—Vamos a donde vives por tus cosas —dice con frialdad—. De ahora en adelante, vivirás conmigo en un lugar que rento. Tendrás que trabajar muy duro para pagarme todo lo que he gastado buscándote.
Asiento, sin fuerzas para resistirme. Mi mente se llena de desesperación mientras me dirijo hacia un futuro incierto y oscuro.
Llegamos al lugar donde reside mi padre. Es un edificio viejo y descuidado, con paredes agrietadas y ventanas rotas. El olor a humedad y moho impregna el aire, y el suelo está cubierto de basura y escombros. Pocos habitarían un lugar asi, pero para mí esta es mi nueva prisión.
Ese dia que mi padre me encontró había cancelado el depósito del arriendo de un piso muy lindo en Brooklyn iba de camino al cuarto que arrendaba a buscar mis pocas pertenecías cuando lo vi, no sabe que tengo arrendado ese lugar si tan solo pudiera escapar y refugiarme hay, pero se que mi padre me mantiene en constante vigilancia, me niego aceptar que mi vida sera asi, despues de todo lo que pase desde que escape de el.
Los dias transcurren lentamente en este lugar, cada mañana me levanto antes que el, asi poder irme a trabajar sin verlo, su sola presencia me enferma, trabajo medio tiempo de mesera en un restaurante de comida rapida, y el otro turno en un hotel en el area de limpieza, aunque estoy agotada agradezco pasar el dia trabajando y llegar tarde a ese lugar que ahora es mi hogar.
La oscuridad del otoño ya ha caído, y el aire frío se cuela por las ventanas mal selladas de ese horrible lugar. A medida que me acerco a la puerta, siento un nudo en el estómago. La presencia de mi padre siempre me llena de una sensación nauseabunda y un miedo paralizante, algo en el ambiente me dice que esta noche será peor.
Abro la puerta con cautela y la cierro detrás de mí, intentando hacer el menor ruido posible. Pero el silencio en la casa es ensordecedor, y mis pasos resuenan en el suelo de madera desgastada. Me dirijo a la sala, y es entonces cuando lo veo. Mi padre está en el sofá, con una botella medio vacía en la mano. El olor a alcohol impregna el aire, mezclado con el hedor de su sudor y el tabaco rancio.
"¿Dónde está el dinero?" gruñe, sin molestarse siquiera en levantar la mirada.
Saco todo lo que he ganado hoy y lo dejo sobre la mesa. Mis manos tiemblan mientras cuento los billetes. Cada centavo que se lleva me pesa en el alma, como si me arrancara un pedazo de mí misma. Él toma el dinero y murmura algo inaudible, pero no me quedo para escuchar. Me apresuro hacia mi habitación, cerrando la puerta detrás de mí.
El miedo me consume. Sé que cuando está ebrio lo peor puede pasar, se vuelve impredecible. Me acurruco en el colchón viejo que apenas amortigua el frío del suelo, rogando al cielo porque no venga tras de mí esta noche.
El sonido del aspirador es ensordecedor, pero prefiero eso al silencio. Es mi refugio, mi forma de mantener mi mente ocupada mientras limpio los pasillos alfombrados del hotel. Estoy en el último piso, ajustando las sillas en una sala de eventos, cuando lo veo
Primero lo oigo, una voz grave y tranquila, aunque cargada de autoridad. Mi cuerpo se congela al instante. Cuando levanto la mirada, es como si el aire abandonara mis pulmones. Él está allí. El hombre que aquella noche me sostuvo cuando yo misma no podía. Ahora lleva un traje perfecto, su presencia llena el espacio de una manera imponente.
Por un instante, mis manos se detienen sobre el carrito de limpieza. Mi corazón late con fuerza. Una parte de mí quiere acercarse. Quiero agradecerle… pero no puedo. No después de todo lo que ha pasado desde aquella noche. No después de volver a caer bajo el control de mi padre. La rabia burbujea en mi interior, dirigida tanto hacia él como hacia mí misma. Si no hubiera intervenido, quizá… No. Sacudo la cabeza, bloqueando ese pensamiento. Lo cierto es que, en el fondo, no quería hacerlo. No quería saltar.
Pero la vergüenza me consume. No puedo enfrentarme a esos ojos. ¿Qué pensará de mí? Él ni siquiera me ve. Está hablando con alguien más, su atención fija en un asistente que parece colapsar bajo la presión de su presencia. Aprovecho el momento y me retiro, doblando una esquina y escondiéndome en un rincón. Respiro hondo, intentando calmarme. Solo quiero desaparecer. Más tarde, cuando termino mi turno, me dirijo al área de descanso para recoger mis cosas. Mientras entro, una mujer joven con una expresión seria me intercepta.
"el jefe quiere hablar contigo, sígueme" dice, sin darme más explicaciones.
Mi estómago se hunde. ¿Qué he hecho mal? ¿Es el gerente? ¿Me van a despedir? Intento preguntar, pero ella simplemente señala una sala al fondo del pasillo. Me acerco lentamente, sintiendo el peso del mundo en mis hombros. Abro la puerta, esperando una reprimenda o una mirada de desaprobación... pero allí está él
De pie, con las manos en los bolsillos y el ceño ligeramente fruncido, me mira con esos mismos ojos que no puedo olvidar. Mi corazón se detiene por un instante, y todos los pensamientos y emociones que he estado reprimiendo regresan de golpe. Estoy allí, de pie, sintiendo cómo el aire se vuelve pesado a mi alrededor. Sus ojos están fijos en mí, y el mundo parece haberse detenido. Quiero decir algo, cualquier cosa, pero las palabras se quedan atrapadas en mi garganta. Mi mente lucha por encontrar una salida, pero mi cuerpo está congelado.
El silencio entre nosotros es espeso, incómodo, casi insoportable. Finalmente, inhalo profundo, obligándome a hablar.
"Gracias..." murmuro, mi voz es apenas un susurro. "Gracias por lo que hizo por mí aquella noche." Mi voz tiembla, y espero que no note el temblor en mis manos.
Él no responde de inmediato. Solo me mira, con una intensidad que me desarma. Siento que analiza cada palabra, cada pequeño movimiento que hago, como si estuviera tratando de leer lo que no digo. Mi corazón late desbocado, y mis manos tiemblan ligeramente mientras intento mantener la compostura.
"¿Cómo has estado?" pregunta al fin, su voz profunda pero carente de cualquier emoción evidente.
Mi mente se llena de imágenes que no quiero recordar: mi padre, la botella en su mano, las palabras llenas de odio los golpes y el miedo constante que me envuelve al regresar a casa. Pero no puedo decirle la verdad. No a él. Así que sonrío débilmente y miento. "Estoy bien. Todo está bien."
Él no dice nada, pero sus ojos se estrechan ligeramente. No me cree, lo sé. Puedo sentirlo en la manera en que sigue mirándome, como si estuviera intentando descifrar un enigma. Por un segundo, temo que insista, que haga preguntas que no sé cómo responder.
Antes de que pueda decir algo más, la puerta se abre y la mujer que me trajo aquí, quien por lo que noto es su asistente entra, es joven y muy hermosa esta impecablemente vestida, rompe el momento. "Señor Montgomery debemos irnos. Su vuelo para Londres sale en unas horas."
Asiento mentalmente al escucharla llamarlo por su apellido". Él es joven, pero imponente. No debe tener más de treinta, pero su presencia es como la de un hombre que ha vivido cien vidas. Su porte es impecable: alto, de hombros rectos y espalda erguida, como si cada movimiento estuviera cuidadosamente calculado.
Tiene el cabello oscuro, perfectamente peinado hacia atrás, sin un solo mechón fuera de lugar. Sus facciones son marcadas, con una mandíbula fuerte y pómulos altos que le otorgan una apariencia esculpida casi a la perfección. Sus ojos, de un tono gris profundo, son fríos como el acero, inquebrantables, y parecen atravesar todo lo que miran. No hay rastro de calidez en ellos, pero tampoco de crueldad. Solo... control. Una máscara de indiferencia cuidadosamente construida.
Su piel es clara, pero no pálida; Viste un traje n***o perfectamente entallado, que seguramente cuesta más de lo que podría ganar en un año. El reloj en su muñeca brilla discretamente, una pieza elegante que combina con su imagen de poder.
Pero es su expresión lo que más me impacta. No hay emociones. Sus labios están firmemente cerrados, sin sonrisa, sin mueca, como si cualquier muestra de sentimiento fuera una debilidad. Me resulta intimidante. Parece inaccesible, casi irreal, como alguien que pertenece a un mundo completamente diferente al mío. Y sin embargo, lo recuerdo siendo humano aquella noche, sosteniéndome cuando no quedaba nada.
Él asiente despacio, sin apartar la vista de mí. "Espero que realmente estés bien," dice, su tono algo más suave. Luego hace una señal a su asistente, quien se acerca y me entrega una pequeña tarjeta blanca. "Si necesitas algo, lo que sea, llama a este número."
No sé qué decir. Solo asiento, sosteniendo la tarjeta con manos temblorosas mientras él se gira. Mi nombre es Lily casi grito en un impulso que no sé de dónde vino, el sale de la sala con pasos firmes. Me quedo allí, sintiéndome pequeña, confundida, pero de alguna manera... agradecida. No es un hombre accesible, eso es evidente, pero este gesto, aunque inesperado, me da una extraña sensación de alivio. Una vez que él desaparece, mi mirada cae sobre la tarjeta. Ningún nombre. Ninguna pista más allá de un número.