cap3

1176 Palabras
Los días pasan como un borrón, cada uno más pesado que el anterior. Mi rutina de trabajo es lo único que me mantiene en pie, pero el miedo crece con cada noche que regreso a casa. Mi padre, Gabriel, bebe más que nunca, y sus insultos son cada vez más frecuentes temo que en cualquier momento comiencen los golpes. Cada día me dice que soy suya lo que me recuerda que estoy atrapada. Esta noche, llego del trabajo agotada, con el cuerpo adolorido y el alma aún más. Pero algo está mal. Mi pago, que debería haber recibido hoy, no llegó. Un problema en el sistema, dijeron. Mañana estará listo, prometieron. Pero eso no importa ahora. Lo único que importa es cómo se lo tomará él. Abro la puerta y lo encuentro sentado en el sofá, con una botella en la mano y los ojos inyectados de furia. Antes de que pueda explicar, ya está gritando. "¿Por qué llegas tan tarde? ¿Dónde está el dinero? maldita inútil?" Su voz retumba en las paredes, y mi corazón late con fuerza. " Hubo un error... Mañana lo tendré," intento decir, pero mis palabras apenas salen. No me escucha. No quiere escuchar. Se levanta de un salto, tambaleándose ligeramente por el alcohol, y antes de que pueda reaccionar, su mano se estrella contra mi rostro. El dolor es cegador, Él se abalanza sobre mí, su aliento apestando a alcohol mientras me agarra del brazo con fuerza. "¡No me mientas!" grita, y su mano se estrella contra mi rostro una vez más. El golpe me hace tambalear, pero no se detiene. "¡Todo esto es tu culpa! ¡Por ti, tu madre me dejó! ¡Por tu culpa estoy así!" Es lo que siempre me ha dicho desde el día que esa mujer se fue, y vuelve a golpearme una vez más tirándome al suelo. Intento protegerme, levantar las manos, pero es inútil. Su furia es imparable. "¡No puedes mentirme! ¡A mí no!" grita, y siento cómo su peso se inclina sobre mí. Mi cuerpo se paraliza de terror cuando entiendo lo que está a punto de hacer, rasga mi blusa de un solo tirón. El pánico se apodera de mí. Mi mano busca desesperadamente algo, cualquier cosa, mientras el manosea mi pecho intentan abrir mi pantalón, encuentro una botella vacía en el suelo. Con la poca fuerza que me queda, la levanto y la estampo contra su cabeza. El sonido del vidrio rompiéndose es ensordecedor, y él grita, llevándose las manos a la cabeza. Maldita perra que has hecho la sangre le corre por el rostro aprovecho el momento. Me levanto tambaleándome, con el cuerpo temblando y el corazón a punto de explotar. Corro hacia la puerta, sin mirar atrás, y salgo a la noche fría. El dolor es insoportable. Mi rostro late con cada paso que doy, y apenas puedo ver el camino frente a mí. La sangre corre por mi piel, mezclándose con las lágrimas que no puedo detener. Pero no me detengo. No puedo. Si lo hago, él me encontrará. Corro sin mirar atrás, mis pies golpeando el pavimento con fuerza. La noche es fría, pero no la siento. Todo lo que siento es el miedo, el pánico que me impulsa a seguir adelante. Mi respiración es irregular, y cada inhalación quema mis pulmones. Finalmente, llego a lo que parece ser una estación de metro. Las luces brillantes me ciegan momentáneamente, y las voces de las personas a mi alrededor se mezclan en un murmullo confuso. Siento sus miradas, horrorizadas, clavándose en mí. Algunos se apartan, otros murmuran entre ellos, pero nadie se acerca. Mis piernas tiemblan, y el mundo comienza a girar a mi alrededor. Intento dar un paso más, pero mi cuerpo ya no responde. Todo se vuelve borroso, y antes de que pueda entender lo que está pasando, el suelo frío me recibe. La oscuridad me envuelve, y lo último que escucho son los murmullos de las personas que se acercan, sus voces llenas de preocupación y miedo. Despierto con un dolor punzante que atraviesa cada fibra de mi ser. Mi rostro late con una intensidad que me hace querer gritar, pero apenas puedo abrir la boca. Intento abrir los ojos, pero uno está completamente cerrado, y el otro apenas me permite distinguir formas borrosas. Todo es confuso, El olor penetrante a desinfectante me rodea, mezclado con el sonido constante de pitidos que provienen de alguna máquina cerca de mí. Estoy en un hospital. No hace falta verlo para saberlo, todo lo que me rodea lo confirma. Intento moverme, pero un dolor lacerante recorre mi cuerpo. Siento mi rostro arder, hinchado debe estar irreconocible, mientras mis brazos y piernas están pesados, como si cada músculo hubiera sido golpeado hasta quedar inútil. Me invade un pánico silencioso al recordar los últimos momentos antes de perder la conciencia. Escapar. Correr. Desmayarme. Giro la cabeza con esfuerzo, y mi visión limitada me muestra una figura masculina sentada en un sofá al otro lado de la habitación. Mi corazón se detiene. Es él. Estoy segura de que es mi padre. Me ha encontrado. Otra vez. El pánico me golpea como una ola, robándome el aire. Mi cuerpo, aunque adolorido y débil, reacciona por instinto. Intento levantarme, ignorando el dolor que grita en cada movimiento. Las máquinas comienzan a pitar frenéticamente, como si compartieran mi desesperación. Mi respiración se acelera, y siento que el mundo se cierra a mi alrededor. —¡No! —quiero gritar, pero mi voz apenas sale como un susurro ahogado. De repente, la puerta se abre de golpe, y la habitación se llena de doctores y enfermeras. Sus voces son un murmullo distante mientras intentan calmarme. Siento una aguja perforar mi brazo, y poco a poco, el caos se desvanece. Mi cuerpo se rinde, cayendo en un abismo oscuro mientras la sedación me arrastra lejos de mi terror. Me siento atrapada entre el sueño y la realidad, como si mi mente estuviera envuelta en una niebla espesa que no consigo disipar. Mi cuerpo duele, cada parte de mí parece protestar ante el simple hecho de estar consciente. Intento abrir los ojos, pero el esfuerzo me resulta casi insoportable. Apenas puedo entreabrir uno, lo suficiente para distinguir luces difusas y sombras. Antes de que el miedo tenga tiempo de apoderarse de mí, escucho una voz. Es suave, pero firme. Mi cuerpo se tensa de inmediato. Mi corazón comienza a latir más rápido, aunque no sé si es por la confusión o por el terror. Algo en esa voz me resulta familiar. —Tranquila, estás a salvo —dice la voz, pausada, como si midiera cada palabra. Intento responder, pero mi garganta está seca y cada palabra se atasca antes de salir. La confusión sigue latiendo en mi cabeza mientras trato de procesar lo que estoy escuchando. Esas palabras. Esa voz. Mi mente lucha por conectar los puntos, por recordar por qué siento que la conozco. Con esfuerzo, logro murmurar algo apenas audible. —¿Quién…?
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