En tus brazos

1867 Palabras
Al día siguiente Camilo se dirige a primera hora de la mañana a su oficina en Villalobos & Asociados, la prestigiosa firma de abogados donde trabajaba como CEO. A pesar de su formación como abogado, sus tareas principales se centraban en la administración y estrategia de la firma. Al entrar en su amplio despacho, fue recibido por Mariana Villalobos, una figura imponente de ojos verdes. Aunque su reputación en los tribunales era feroz, Mariana siempre trataba a Camilo con un afecto especial, por una razón obvia. Lo valoraba profundamente, no solo por su habilidad profesional, sino también por su entrega al trabajo y su lealtad. —Camilo, amor mío, qué bueno verte —exclamó Mariana, acercándose con una sonrisa cálida y dándole un fuerte abrazo seguido de un beso en la mejilla—. ¿Cómo te encuentras? Me quedé esperando tu llamada anoche. —Llegué bien, pero mi celular se quedó sin batería —respondió él, con una sonrisa tímida—. Lo puse a cargar y me quedé dormido. Mariana suspira con alivio. —Sabes cómo me preocupo, especialmente con el aguacero de ayer. Este lugar no sería el mismo sin ti si algo te llegara a pasar. Camilo agradece el gesto, pero rápidamente dirige la conversación al trabajo. —Gracias, Mariana. Ayer lo hicimos bien, tenemos todo listo para el caso Ramírez. —Asi es. Te has ganado un buen descanso este fin de semana. No olvides la cena de esta noche en el Hotel Océano. Camilo asiente, pero su mente ya estaba enfocada en su plan para la hora del almuerzo. Después de una jornada cargada de trabajo, se despide de Mariana y, pese al tráfico pesado, decide volver a la pequeña cafetería de Valeria. Había algo en ella que lo atraía, algo que iba más allá de su intención de protegerla de los abogados de Ferrer Constructions. Esas dos palabra le hacía revolver el estómago. Cuando entra a la cafetería, Valeria estaba limpiando el mostrador. Al verlo, sus miradas se cruzaron, y ella no pudo evitar sentir un pequeño sobresalto. Lanzó el paño de limpiar a un lado a la velocidad de la luz y se acomodó el vestido que lleva puesto. —¡Oh, hola! No esperaba verte tan pronto —dice Valeria, algo nerviosa. Camilo sonríe mientras se acerca al mostrador. —Te prometí que vendría para ayudarte con tu caso —responde él, entregándole el paraguas que le había prestado—. Esto es tuyo. Además, quiero ver los documentos que esos hombres dejaron ayer. —Si tienes tiempo, los tengo en mi casa, vivo atrás—dijo Valeria, señalando hacia la parte trasera de la cafetería. Lucía, la ayudante de Valeria, entró en ese momento. —Vayan, jefa, yo me encargo de todo aquí —dice Lucía con una sonrisa cómplice. Valeria guia a Camilo a través de una discreta puerta que conducía al jardín trasero. Al cruzar la puerta, él queda sorprendido por lo que ve. El jardín era un pequeño paraíso escondido en medio de la ciudad. Árboles, flores y pequeños animales como palomas, ardillas y otros animalitos, corrían libremente. El ambiente era sereno, aislado del bullicio urbano. —Es hermoso —dice Camilo, mirando a su alrededor—. Tus abuelos debían ser personas especiales para crear un lugar así. Valeria asiente, con una leve tristeza en los ojos. —Lo eran. Ellos crearon este espacio para los amantes de la naturaleza. Es lo único que me queda de ellos. Camilo percibe el dolor en su voz. Valeria, mientras tanto, lo guia hacia la casa adosada, una estructura centenaria que parecía haberse detenido en el tiempo. Detrás de ella, Camilo Santillán, un hombre cuya presencia siempre traía consigo una energía intrigante, caminaba en silencio. Viste un traje impecable, como era habitual, con la chaqueta desabotonada. Su mirada se paseaba por el entorno con una calma que contrastaba con el torbellino de emociones en su cabeza. Camilo admiraba el jardín cuando, de repente, Valeria pisa una baldosa suelta y pierde el equilibrio. El mundo parece detenerse cuando sus pies se deslizaron. — ¡Cuidado! —¡Ahhh, carajos!—grita Valeria. Camilo, que venía justo detrás, apenas tuvo tiempo de reaccionar. Sus manos se movieron instintivamente, atrapándola por la cintura antes de que cayera al suelo, pero en su esfuerzo por sostenerla, no pudo mantener el equilibrio. El tiempo parecía ralentizar mientras se tambalean, luchando contra la caída inevitable. Antes de que pudieran reaccionar del todo, terminaron sumergidos en el pequeño estanque del jardín. El agua fría les toca la piel en una ola inesperada, envolviendo sus cuerpos. Valeria terminó sobre Camilo, quien aún intentaba procesar lo sucedido. Siente su respiración entrecortada, el pelo alborotado, el vestido dejándola casi expuesta, su cuerpo temblando ligeramente por el impacto. Durante un instante que se alargó en el tiempo, se miraron a los ojos, incapaces de decir una palabra. El eco de su caída resuena en sus oídos. Por un momento, todo lo que ella siente, es el cuerpo firme y duro de Camilo bajo el suyo, su respiración caliente contra su cuello y el palpitar acelerado de su corazón. El estanque no era profundo, pero al verse oscuro ese maldito estanque daba la impresión de ser muy profundo, el impacto generó una sensación de sorpresa y, de algún modo, intimidad. —¡Me lleva!...¿Estás bien? Valeria observa cómo la camisa mojada se pega a su cuerpo, revelando los músculos de su pecho y abdomen. Su rostro se sonrojó al darse cuenta de que lo estaba mirando detenidamente. Intentó sacudirse el pensamiento, pero la imagen de él desnudo, la hizo tragar en seco. — Estoy bien ¿Tú estás bien? —pregunta Camilo, con la voz baja y grave, cargada de tensión. Ambos intentaron reírse mientras se incorporaban. Su rostro estaba a solo unos centímetros del de Valeria y pudo sentir su aliento, quien lo miraba, sorprendida y sonrojada. —Sí, lo siento tanto —murmura ella, apartándose rápidamente, avergonzada por la cercanía y lo que había sucedido—. Soy un desastre. —No te preocupes —dice él, ayudándola a levantarse. Sus manos todavía estaban en su cintura, manteniéndola cerca de él, como si no quisiera dejarla ir del todo. Ese breve contacto dejó a Valeria sin aliento, sintiendo una oleada de calor recorriendo su cuerpo, a pesar de estar empapada en agua fría. —Discúlpame, nunca me había pasado algo así —dice Valeria, riendo nerviosamente mientras intentaba arreglar su vestido mojado, se podía ver sobre la tela, el patrón de encajes en su brasier y sus pezonës. —No te preocupes —responde Camilo, esbozando una sonrisa que la desarma. La sensación del agua empapando su vestido delgado hizo que Valeria se sintiera expuesta. El estúpido vestido se pegaba a su piel, revelando los contornos de su cuerpo. Camilo, por su parte, se obliga a mantener la compostura, aunque no podía evitar que su mirada se deslizara sobre ella, recorriendo su figura con una mezcla de preocupación y algo más profundo, él siente como su virilidad se estremece y crece en sus pantalones, disimuladamente se cubre con las manos. Ambos rieron, pero la tensión en el aire no desaparecía. Valeria no podía evitar sentirse atraída por la tranquilidad con la que él manejaba la situación. Sus ojos oscuros parecían ocultar algo. Valeria lo mira, dándose cuenta de lo mojado que estaba su traje, la camisa pegada a su piel, revelando el contorno de sus músculos. Aparta la vista al ver el bulto entre sus pantalones. Su corazón dio un vuelco al observarlo de esa manera, tan vulnerable y, al mismo tiempo, tan atractivo. Camilo la sigue, sus zapatos están empapados chapoteando sobre el suelo de baldosas, mientras ambos se dirigían hacia el interior de la casa. Valeria intentaba concentrarse, pero la sensación de su cuerpo junto al de él en el estanque seguía rondando su mente, provocándole un nerviosismo que le resultaba incómodo. A pesar de la situación, Camilo no podía evitar sonreír para sí mismo. Había algo encantador en Valeria, en su torpeza y en la forma en que intentaba sobrellevarlo. A medida que caminaban, su mirada se deslizaba de vez en cuando hacia ella, tratando de entender qué lo atraía de manera tan inesperada. Camilo la sigue hacia el interior de la casa. —La casa es hermosa —dice él de repente, rompiendo el silencio—. ¿No importa si entro empapado de agua? —¡No importa! Ambos estamos mojados por mi torpeza —responde rápidamente—. Perdona, pasa adelante. Te buscaré algo de ropa seca de mi abuelo que aún tengo guardada. —No es tu culpa que hayamos caído —replica él, observándola con una sonrisa suave—. Pensé que el estanque era más profundo y no estaba seguro de si tú sabías nadar. —Yo sé nadar, así que solo debiste dejarme caer sola, jejeje —responde rápidamente, tratando de no pensar en la cercanía que habían compartido—. El baño está aquí, te traeré la ropa, hay toallas limpias en el estante. —Entonces te molestaré con tu lavadora, para lavar mi ropa y secarla —comenta Camilo, con esa mirada penetrante que parecía leer más allá de las palabras. —No es molestia —dijo Valeria, casi tartamudeando—. La lavadora está al fondo del pasillo, cerca de la cocina. Camilo entró en el baño y comienza a desvestirse, dejando caer la chaqueta y la camisa mojada en una silla. Valeria de gira y sale, apoyándose un segundo en la pared para tranquilizarse. El calor en su rostro no se disipaba, y la imagen de Camilo, mojado y mirándola de esa manera, seguía nublando su mente. — «Concéntrate» —se dijo. Valeria se apresura a traerle la ropa seca. Cuando regresa, sus ojos se encontraron con la visión de su torso desnudo. Camilo ya se había quitado la chaqueta y la camisa mojada. El aire de la habitación parecía haberse vuelto más denso al ver su torso desnudo, marcado y definido. Valeria se congeló por un segundo al verlo sin camisa, y su rostro se tiñó de rojo. Aunque él todavía llevaba puestos los pantalones, la escena la hacía sentir fuera de lugar. —Te traje algo de ropa —dijo Valeria, entregándole las prendas con las manos temblorosas, mientras intentaba no mirar, pero el cuerpo frente a ella no ayudaba—. Escoge lo que quieras. Camilo la mira intensamente. Ella no podía evitar fijarse en los músculos definidos de su pecho y abdomen, esa linea de bello fino que baja desde su ombligo hasta el borde de su pantalón, sintiendo una mezcla de nerviosismo y curiosidad por aquel hombre que, de alguna manera, seguía siendo un enigma. Camilo toma la ropa, pero no pudo evitar notar cómo Valeria evitaba sus ojos. Esa vulnerabilidad en ella, esa mezcla de timidez y orgullo, la hacía aún más intrigante. Se preguntaba qué escondía detrás de esa fachada de chica normal y amable. Algo en ella le resultaba fascinante, algo que lo hacía querer saber más. —Gracias —dice él, sonriendo suavemente—Si me permite, debo terminar de desvestirme.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR