Tu mirada.

1786 Palabras
La lluvia había empezado a ceder, y las gotas se convertían en una fina llovizna que caía sobre las calles empedradas de Brooklyn. En la pequeña cafetería donde Valeria trabajaba, el ambiente era cálido y acogedor, en marcado contraste con el clima frío del exterior. El olor a café recién hecho y a pastelillos horneados impregnan el aire, mientras los pocos clientes que aún quedaban se refugiaban en el interior, disfrutando de una última bebida antes de continuar con sus vidas. Un grupo de clientes comenzaron a llegar de un momento a otro cuando la lluvia empieza a disminuir, eran casi las siete, la hora pico dónde oficinistas y trabajadores salían de sus horas laborales y muchos de ellos optaban por cenar en la cafetería o llevarse algo a sus casas para picar, además estaban las personas que compraban algún pastel para alguna celebración. —Una taza de café y un pudin señorita, por favor—ordena una mujer. —Yo quiero una tartaleta de fruta y un mocachino, si es tan amable—ordenaba un joven. Y así la fila empezaba a alargarse. Camilo se percata que Valeria no tiene otro empleado, además de Lucía. —Bueno, será mejor que me vaya —dice Camilo, tomando su chaqueta húmeda de la silla, no se dió cuenta cuánto tiempo habia pasado volando—. Pero si esos tipos vuelven a molestarte, no dudes en llamarme. —De acuerdo, cuenta con ello…y gracias nuevamente. Por cierto, toma—le pasa su paraguas favorito —No se si aparcaste lejos tu carro o si vas a tomar el metro, tómalo por si arrecia el agua de un momento a otro, no te mojes más. Su rostro se mantuvo serio y distante, pero en el momento en que sus manos se rozaron al entregarle el paraguas, algo en sus ojos se suavizó. Valeria nota el breve contacto y siente un ligero escalofrío recorrer su espalda. Ella seguía sintiendo una mezcla de alivio y asombro. Valeria solo sonreía por ver ese héroe sin capa, que acababa de defenderla. —Gracias…— él lo toma aún sabiendo que anda en moto, para no hacerle el desaire—el café y el postre estaba delicioso, gracias por eso también. El siente un peso en el cuerpo como si no quisiera irse. Pero la gente empieza a amontonarse en el pequeño local y Lucía parecía no dar vasto. —Devuélvelo cuando regreses... —dijo ella, intentando mantener el tono casual, aunque su corazón latía un poco más rápido de lo habitual. Camilo asiente nuevamente y se despide con una sonrisa, sus hoyuelos en las mejillas lo hacen aún más sexy, era como una promesa implícita en el aire. Valeria se queda mirando la puerta, sintiendo una extraña mezcla de emociones: alivio, curiosidad y una leve tristeza por no poder seguir viendo sus ojos enigmáticos. Sabía que alguien como él no formaba parte de su mundo, pero aún así se siente especial. Un abogado exitoso, elegante, siempre rodeado de una nube de misterio no era lo de ella ¿Qué podía ofrecerle ella, la dueña de una pequeña cafetería? —Lucía llamando a Valeria en la luna —bromeó su compañera, sacándola de sus pensamientos. —Ah, perdón... ¿qué decías, Lucía? —Valeria sacudió la cabeza, tratando de volver a la realidad. —Nada, jefa. Sólo que hacía mucho que no te veía sonreír así. Ya voy a buscar más sobres de café en la despensa —dice Lucía con una sonrisa cómplice antes de desaparecer en la trastienda—¿Me ayuda aquí mientras vuelvo? Ya les cobre a todos, solo esperan por sus pedidos. —Disculpa...enseguida los atiendo mientras regresas. —Gracias, los pedidos están en el bpt. Valeria suspira y guarda la tarjeta de Camilo en el bolsillo de su abrigo. Miró por la ventana, observando cómo la lluvia finalmente se detenía del todo. Se queda un rato más en la barra, reflexionando sobre todo lo que había pasado en los últimos meses. Tras la muerte de sus abuelos, quienes la habían criado, se había sentido más sola que nunca. Nunca había tenido novio en sus veinticuatro años, solo algunas mejores amigas. Pero ahora, por primera vez en mucho tiempo, algo —o alguien— había encendido una pequeña chispa de esperanza en su interior. Valeria empezó a atender a los clientes por orden de llegada, sin embargo, no podía concentrarse. Su mente seguía atrapada en la imagen de Camilo, el abogado que había aparecido de la nada para defenderla de esos tipos que habían intentado intimidarla. Recordaba su mirada firme, sus manos decididas al apartarlos, y la tranquilidad con la que había manejado la situación. Nunca había conocido a alguien tan seguro como él. Mientras limpiaba la barra al terminar una malteada, una leve sonrisa cruza su rostro. Por un momento, se imagina a sí misma como la protagonista de un drama coreano, donde el misterioso héroe aparecía en el momento exacto para salvarla, y luego desaparecía con el viento, dejando una promesa de un encuentro futuro. Valeria no estaba dispuesta a quedarse en un simple sueño. Siempre había sido una mujer de acción, una emprendedora que sabía reconocer una oportunidad cuando la veía y si él se ofreció en ayudarla, ella debía aceptar su ayuda. Además de no creer en príncipes azules, Valeria tenía muy claras sus prioridades. Debía salir de algunas deudas de algunos equipos que sus abuelos habían comprado a crédito antes de morir, además de algunas remodelaciones que tenía que completar. Debía pagar los impuestos correspondientes y cumplir con las normas de sanidad americana para que no cerrarán la cafetería o peor que no la embarguen y la dejen en la calle por no pagar. Camilo le cayó muy bien como persona y ser humano, por eso, en lugar de cobrarle el café, le ofreció una membresía de cliente fiel. En ese momento Camilo sonrió, asintiendo levemente, aunque no parecía que él frecuentara, muchas cafeterías en esa parte de la ciudad. Aquel extraño y misterioso abogado había aparecido justo cuando más lo necesitaba, como si el destino lo hubiera colocado ahí. No podía dejar de pensar en él, en su actitud tranquila y protectora. Mientras tanto, Camilo camina algunos metros hacia su moto. El frío viento de Brooklyn soplaba suavemente, levantando las hojas mojadas del suelo. A pesar de la noche oscura, las luces de los faroles iluminaban su camino, creando reflejos en los charcos. Cerró el paraguas que Valeria le había dado y lo guardó dentro de su chaqueta, sabiendo que no lo necesitaba, pero apreciando el gesto de ella. Miro por última vez y vió como más personas llegan al negocio, él emboza una sonrisa. Monta su moto y arranca el motor, sintiendo cómo el rugido de la máquina comenzaba a despejar sus pensamientos. No podía evitar que su mente volviera a Valeria. Había algo en ella, en su forma de ser, en su mirada, que lo había impactado. Le recordaba a la vida que había soñado tener, antes de que todo en su mundo se viniera abajo, cinco años atrás. La imagen de su exnovia le golpeó la mente como un mal recuerdo. El dolor de la traición aún seguía presente, enterrado profundamente, pero vivo. Después de conducir por las calles mojadas, Camilo llega a su departamento en una zona exclusiva de Brooklyn. Su hogar era un reflejo de su éxito profesional, aunque las cicatrices emocionales que llevaba lo hacían sentir vacío y esa parte nadie la podía ver. A pesar de los lujos que lo rodeaban, la soledad lo acompañaba a dónde quiera que fuera. Al entrar, su perro labrador, Hunter, lo recibe con entusiasmo, moviendo la cola y saltando alrededor de él. —Hola, chico... —dice Camilo mientras le acariciaba la cabeza, su tono de voz, suavizado. Acariciar a Hunter siempre lo hacía sentir mejor, como si el perro entendiera sus pensamientos más profundos sin necesidad de palabras. Juntar, un canino que tuvo que adoptar por recomendación médica, para ayudarlo a recuperarse de sus demonios. Después de darle de comer y asegurarse de que tenía agua fresca, Camilo se desnudo en el área del lavadero, metió la ropa mojada en la máquina y luego se dejó caer en el sofá, observando las luces de la ciudad a través de las grandes ventanas. Sus pensamientos volaron entre los recuerdos del pasado y la imagen de Valeria. No podía dejar de pensar en ella, pero al mismo tiempo, sabía que no debía involucrarse emocionalmente con nadie para no acarrear sufrimiento a la otra parte. Había cerrado su corazón hacía años, convencido de que nunca podría confiar plenamente en otra persona. Su exnovia lo había dejado marcado, y desde entonces, había mantenido una vida emocionalmente distante. Saca su celular del bolsillo y, como era costumbre después de una larga jornada de trabajo, llama a la Compañía de escoltas Madame Loto. Era un hábito que había adoptado tras la traición de su ex. Le resultaba más fácil pagar por compañía que intentar algo real, algo que pudiera poner en peligro su ya frágil estabilidad emocional. El teléfono suena dos veces antes de que una voz femenina respondiera: —Escoltas y damas de compañía Madame Loto, buenas noches. Habla Miranda. ¿En qué le puedo ayudar, señor Santillán? Camilo se acomoda en el sofá antes de responder. —Buenas noches, Miranda. Necesito una dama para mañana a las siete en el Hotel Océano. Que sea joven, unos veinte años, elegante y que no sea habladora. Ya sabes lo que busco. —Por supuesto, señor Santillán. Lo cargaré en su cuenta habitual. ¿Alguna preferencia específica? —Ojos almendrados, cabello castaño oscuro. Que sea sexy, pero sin ser vulgar. Es un evento importante. —Entendido. No se preocupe, nos encargaremos de todo. Camilo cuelga, sintiendo la sensación familiar de vacío. Sabía que la mujer que enviarían sería perfecta en apariencia, pero también sabía que no importaría. Ninguna de ellas llenaba el hueco que llevaba dentro. Sin embargo, era mejor así. Sin compromisos, sin riesgos. Se recostó en el sofá y cerró los ojos, dejando que el sonido de la ciudad lo arrullara mientras Hunter se acostaba en el piso alfombrado a sus pies. La imagen de Valeria aparece brevemente en su mente mientras cerraba los ojos del cansancio, se dió cuenta que la descripción de la chica que había dado a la casa de escoltas, para él siguiente día, era la descripción de Valeria, el sonríe, antes de que finalmente se quedara dormido, preguntándose si alguna vez sería capaz de sentir algo real nuevamente. Para él, el tiempo pasaba tan lento. Era difícil pensar en vivir su vida, así que optaba por vivir el momento.
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