Capítulo 1.
El eco de la puerta al abrirse fue un trueno que partió mi mundo en dos. Beatriz irrumpió en el dormitorio y se quedó paralizada, su figura esbelta enmarcada en el umbral como un espectro de la vida que estaba a punto de perder. La escena era devastadora; sus ojos verdes, normalmente deslumbrantes de intensidad, se abrieron con un horror mudo al verme en pleno acto s****l con Fabián, un hombre al que ella misma consideraba mi mejor amigo. El aire se espesó con el aroma de nuestro sudor mezclado con el sándalo de mi loción, un perfume que ella me había regalado en nuestro aniversario. Los rayos del atardecer se filtraban por la ventana, pintando de un naranja cruel las sábanas de seda revueltas y la piel desnuda, exponiendo la traición en toda su crudeza. Nunca imaginó que yo, el hombre con quien había compartido dieciocho años y dos hijos, le estaba siendo infiel de una manera tan profunda.
En cuanto supe que nos había descubierto, un frío glacial me recorrió la espalda y me apresuré a cubrirme, el calor del momento evaporado y reemplazado por una vergüenza corrosiva. Fabián se apartó, su cuerpo atlético tenso como un resorte, su expresión una máscara de incredulidad y remordimiento. Mi corazón martilleaba contra mis costillas, un tambor de guerra anunciando la catástrofe mientras intentaba articular una defensa, una súplica, cualquier cosa que pudiera detener la demolición de nuestro hogar. Beatriz, completamente desorientada, no pronunció ni una sola palabra, sus delicadas pecas destacando sobre su piel pálida y sin vida. Dio media vuelta y se marchó, su silencio más ensordecedor que cualquier grito, sintiendo cómo el suelo se hundía bajo sus pies mientras yo quedaba atrás, intentando explicar lo que en mi corazón se había convertido en un enredo de amor y culpa; pero ya era demasiado tarde.
— Lo que siento por él… no puedo negarlo, Beatriz. Te juro que lamento haberte mentido.
Mis palabras se perdieron en el pasillo vacío, un eco inútil que rebotó en las paredes de una vida rota.
Cinco Meses Antes...
El olor a desinfectante y a metal pulido impregnaba el aire del auditorio, un aroma tan familiar para mí como el de mi propio hogar. Estaba de pie sobre una tarima, mi imponente presencia acentuada por el uniforme de gala perfectamente planchado, sintiendo el peso de cuarenta pares de ojos fijos en mí. El proyector a mi espalda zumbaba suavemente, iluminando una diapositiva sobre tácticas de contrainsurgencia, un tema que dominaba con la misma frialdad y precisión con la que tomaba cada decisión en mi vida. A mis cuarenta años, mi carrera militar me había moldeado, convirtiéndome en un hombre de carácter rígido y disciplina férrea, una fortaleza que ocultaba la vulnerabilidad que nadie conocía. Observé las filas de nuevos reclutas, rostros jóvenes y ansiosos por demostrar su valía, todos cortados por el mismo patrón de obediencia y ambición.
Mi mirada recorrió las filas con autoridad, deteniéndose en cada rostro para evaluar, para medir. Fue entonces cuando lo vi. Sentado en la tercera fila, ligeramente apartado del resto, había un hombre cuya presencia rompía la monotonía del uniforme verde olivo. Tenía el cabello n***o azabache ligeramente despeinado, un detalle que en cualquier otro habría denotado descuido, pero que en él parecía deliberado, un aire desenfadado que contrastaba con la severidad del entorno. Su cuerpo atlético se adivinaba bajo la tela, y cuando levantó la vista, sus ojos verdes me atraparon con una inteligencia y profundidad que me desarmaron por completo. Fue una simple interacción, un cruce de miradas que duró apenas un segundo, pero fue suficiente para que algo dentro de mí, algo que llevaba mucho tiempo dormido, comenzara a despertar.
Proseguí con la capacitación, mi voz resonando con la misma firmeza de siempre, pero mi mente se había desviado. Cada vez que hacía una pausa, mis ojos buscaban instintivamente los suyos, encontrándolos siempre atentos, curiosos, como si no solo estuviera escuchando mis palabras, sino intentando leer algo más allá de mi fachada severa. Se llamaba Fabián, según la lista que había revisado esa mañana; treinta y cinco años, un historial impecable y recomendaciones que lo describían como un hombre brillante. Hacia el final de la sesión, abrí el turno de preguntas, esperando las consultas habituales sobre protocolo y estrategia, pero la mano que se alzó fue la suya, y su pregunta fue diferente, más profunda, más estratégica.
— Coronel, su enfoque se basa en la contención preventiva, pero ¿ha considerado el impacto psicológico a largo plazo que esa táctica podría tener en la población civil, y cómo eso podría generar nuevas células insurgentes a futuro?
Su voz era calmada, segura, pero cargada de una empatía que rara vez encontraba en este ambiente. La pregunta era audaz, desafiante, y demostraba una mente aguda que iba más allá del manual. El resto de los reclutas se removieron incómodos, pero yo sentí una punzada de admiración. Por primera vez en mucho tiempo, alguien no solo me escuchaba, sino que me estaba entendiendo en un nivel más complejo, obligándome a justificar mis principios más arraigados.
— Es una observación excelente, soldado. La estabilidad a largo plazo depende de ganar los corazones y las mentes, no solo el territorio. La fuerza bruta sin estrategia psicológica es simplemente barbarie.
Mi respuesta fue directa, pero mis ojos azules buscaron los suyos, transmitiendo un reconocimiento que iba más allá de lo profesional. Al terminar la sesión, mientras los demás se dispersaban, él se quedó atrás, esperando pacientemente a que yo recogiera mis notas del atril. La cercanía de su presencia me puso extrañamente nervioso; su energía era vibrante, extrovertida, y chocaba directamente con mi naturaleza reservada y controlada.
— Coronel, lamento si mi pregunta pareció impertinente. Su charla fue realmente inspiradora.
— Al contrario. Fue la pregunta más inteligente que he escuchado en meses. Demuestra que no solo sigue órdenes, sino que piensa en las consecuencias.
Nuestras miradas se encontraron de nuevo, y esta vez, la conexión fue innegable. Sus ojos verdes reflejaban una calidez que parecía derretir lentamente mi rígida fachada. Un leve sonrojo coloreó su piel clara, y una sonrisa casi imperceptible se dibujó en sus labios. Era un hombre carismático, y de repente comprendí por qué su atractivo era tan magnético; no era solo su físico, era la inteligencia y la empatía que emanaban de él.
— Me apasionan los deportes, me ayudan a pensar con más claridad, a ver el panorama completo —confesó, como si quisiera llenar el silencio que se había formado entre nosotros.
— La disciplina del deporte es similar a la disciplina militar. Ambas requieren enfoque y dedicación.
La conversación fluía con una facilidad sorprendente, pasando de temas profesionales a otros más personales. Me habló de su amor por el montañismo, de la sensación de libertad en la cima, y yo, sin darme cuenta, le hablé de mis hijos, de Lucía y su pasión por el arte, de Tomás y su espíritu rebelde. Me descubrí compartiendo detalles de mi vida que rara vez discutía, ni siquiera con Beatriz. Fabián escuchaba con una atención genuina, su capacidad para conectar con los demás era asombrosa, haciéndome sentir visto de una manera completamente nueva.
— Debe ser complicado equilibrar una carrera tan exigente con una familia. Su esposa debe ser una mujer muy fuerte.
La mención de Beatriz me devolvió a la realidad como un golpe. Recordé su belleza innegable, su mente astuta y su porte de alta clase, la mujer que era la pieza clave en mi vida aparentemente estable. Una punzada de culpa me atravesó, un sentimiento oscuro y desconocido que se enroscó en mi estómago. Lo que estaba sintiendo en ese momento, esa extraña y poderosa atracción por el hombre que tenía delante, era una traición no solo a mi matrimonio, sino a todo lo que yo representaba.
— Lo es. Beatriz es… excepcional.
Mi tono se volvió más seco, más distante, y di un paso atrás, restableciendo la barrera invisible entre nosotros. Fabián pareció notar el cambio de inmediato, su sonrisa se atenuó y un atisbo de cautela apareció en su mirada. Asintió lentamente, comprendiendo que había tocado un límite.
— Bueno, Coronel, fue un honor. Espero tener la oportunidad de aprender más de usted en el futuro.
Se despidió con un gesto de respeto y se marchó, dejándome solo en el silencio del auditorio. Me quedé allí, inmóvil, mi corazón latiendo a un ritmo irregular. Aquel encuentro, que debería haber sido una simple interacción profesional, se había convertido en un punto de inflexión. La atracción que sentía por él era algo que no pude haber anticipado, y mucho menos el impacto que tendría en mi mundo, un mundo que, hasta ese momento, creía tener bajo un control absoluto. Esa noche, al llegar a casa y ver, aún de lejos claro, a Beatriz, tan elegante y perfecta como siempre, sentí el primer temblor de la contradicción que comenzaría a devorarme por dentro.