Capítulo 23.

2122 Palabras
El silencio que siguió a la tormenta de nuestra pasión era una entidad propia, una calma profunda y resonante que parecía absorber todos los ruidos del mundo exterior, dejando solo el eco de nuestros corazones latiendo al unísono en la penumbra del dormitorio. Yacíamos enredados en las sábanas de lino gris, un nudo de miembros y de almas, el aire a nuestro alrededor cargado con el aroma almizclado y primordial del sexo, un perfume de honestidad cruda que se había convertido en el olor de mi única y verdadera libertad. La luz pálida de la madrugada comenzaba a infiltrarse por las rendijas de las persianas, dibujando franjas plateadas sobre la piel de Fabián, iluminando la curva de su espalda, la definición de sus hombros y el desorden de su cabello n***o azabache esparcido sobre la almohada. Tracé la línea de su columna con la yema de mi dedo, un camino de piel cálida y sudorosa, maravillándome de la simple y abrumadora realidad de su presencia, de la solidez de su cuerpo junto al mío. Él se removió con un suspiro de satisfacción, girándose lentamente para mirarme, sus ojos verdes, nublados por el sueño y el placer, brillando con una ternura tan profunda que sentí cómo algo en mi pecho, una vieja cerradura oxidada, terminaba de ceder. No había necesidad de palabras; la comunicación entre nosotros se había elevado a un plano superior, un lenguaje de roces, de miradas, de respiraciones compartidas que era infinitamente más elocuente que cualquier conversación. En la seguridad de sus brazos, en el santuario de su modesto apartamento, el Coronel Herrera había muerto, y en su lugar, simplemente Diego había comenzado a nacer. — Podría quedarme así para siempre. Sin uniformes, sin horarios, sin mentiras. Solo esto. — Suena como un plan excelente. Aunque me temo que en algún momento tendremos que levantarnos para buscar comida. A diferencia de ti, yo no tengo la resistencia de un súper soldado. Necesito reabastecerme. — Puedo alimentarte yo. Conozco una receta excelente de huevos revueltos. — ¿Ah, sí? ¿Y esa receta incluye una rosa blanca robada del jardín de tu esposa? Porque si no es así, me temo que no podrás competir. Nuestras voces eran murmullos roncos, un juego de susurros en la intimidad de la cama, nuestras bromas tejiendo una red de normalidad sobre lo extraordinario de nuestra situación. Su risa fue un sonido bajo y cálido que vibró a través de su pecho y se transmitió al mío, una melodía que disipó los últimos vestigios de la oscuridad que la muerte de mi padre había dejado en mi alma. Me incliné y lo besé, un beso lento y profundo que no tenía nada de la urgencia salvaje de antes, sino que era una exploración lánguida, un sello de paz, una promesa de que la mañana no traería arrepentimiento, solo el comienzo de algo nuevo. El sabor de su boca era una mezcla de café y de él, un gusto que se había grabado a fuego en mi memoria, y mientras mis manos se enredaban en su pelo, sentí una oleada de felicidad tan pura y tan abrumadora que me asustó. Era una felicidad frágil, lo sabía, un castillo de naipes construido en medio de un huracán, pero en ese momento, era lo único que importaba. Y entonces, el sonido agudo y electrónico de una notificación de mensaje atravesó la burbuja de nuestra paz, un zumbido insistente y profano que provenía del teléfono de Fabián, abandonado sobre la mesita de noche. El sonido fue una aguja de hielo en la calidez de nuestro c*****o, una intrusión del mundo exterior que ambos habíamos acordado tácitamente ignorar. Fabián suspiró, un sonido de pura irritación, y se apartó de mí con una renuencia palpable, estirando el brazo para alcanzar el aparato que seguía vibrando con una urgencia que me provocó un vago y desagradable presentimiento. Se recostó contra las almohadas, la pantalla del teléfono arrojando una luz blanca y fría sobre su rostro, borrando la suavidad de la penumbra y reemplazándola con una claridad clínica. Lo observé mientras sus ojos recorrían las líneas de texto, y fui testigo de una transformación tan rápida y tan devastadora que sentí cómo el aire se helaba en mis pulmones. El color desapareció de su rostro, su piel clara adquiriendo una palidez cerosa, enfermiza, y la sonrisa lánguida que había jugado en sus labios se desvaneció, reemplazada por una línea dura y tensa. Sus ojos verdes, que segundos antes brillaban con afecto, se abrieron de par en par, fijos en la pantalla con una expresión de incredulidad absoluta que lentamente se metamorfoseó en un horror puro y sin adulterar. La mano que sostenía el teléfono comenzó a temblar, un temblor violento e incontrolable que sacudía todo su brazo, y su respiración, que había sido profunda y acompasada, se volvió un jadeo corto y superficial, como si alguien le estuviera apretando la garganta. Dejó escapar un sonido ahogado, un estertor de angustia, y el teléfono se deslizó de sus dedos inertes, cayendo sobre las sábanas con un ruido sordo. — ¿Fabián? ¿Qué ocurre? ¿Qué es eso? — No… no puede ser. Es un error. Tiene que ser una broma. Una broma de muy mal gusto. — ¿Quién? ¿Qué broma? Déjame ver. Su voz era un murmullo roto, las palabras de un hombre que se niega a creer la evidencia de sus propios ojos, mientras negaba con la cabeza una y otra vez, como si el movimiento pudiera borrar lo que acababa de leer. Me incorporé, el pánico comenzando a serpentear por mis venas, y tomé el teléfono de las sábanas. La pantalla todavía estaba iluminada, mostrando el mensaje en un recuadro de un azul impersonal. El nombre del remitente me golpeó primero: Sebastián Vargas. Y luego leí el texto, cada palabra una gota de veneno diseñada para destruir. “Fabián. Sé lo del Coronel. Lo vi en los baños de la base. No soy idiota. O me das una muy buena razón para mantener la boca cerrada, una razón que se pueda depositar en un banco, o te juro que para el final de la semana, hasta tu abuela sabrá que eres el maricón de un oficial casado. Tienes 24 horas para decidir cuánto vale tu secreto. Y el de él”. El mensaje era brutal, directo y no dejaba lugar a dudas. Era un chantaje en su forma más cruda, una traición calculada para infligir el máximo daño posible. Levanté la vista del teléfono y me encontré con la mirada de Fabián, y lo que vi en sus ojos me partió el alma. El tormento era absoluto, una agonía tan profunda que parecía haberlo vaciado por dentro, dejando solo una cáscara de desesperación. Las lágrimas corrían por sus mejillas en silencio, no un llanto ruidoso, sino el goteo constante de un corazón roto. — Sebastián… Mi mejor amigo. Mi hermano. Crecimos juntos. Nos cubrimos las espaldas en la academia. Le confié todos mis secretos. ¿Cómo ha podido? ¿Por dinero? ¿Por qué? — La gente hace cosas desesperadas por dinero. O por envidia. O simplemente porque son malas personas. No importa el porqué. Lo único que importa es la amenaza. — ¡Ha destrozado todo! ¡Si esto sale a la luz, tu carrera estará acabada! ¡Tu familia! ¡Diego, lo siento tanto, te he metido en esto, es mi culpa, él es mi amigo, yo debería haber…! — Shhh. Nada de esto es tu culpa. Mírame. No es tu culpa. Su voz se quebró en un sollozo, su cuerpo encogiéndose sobre sí mismo como si le hubieran golpeado, la magnitud de la traición eclipsando incluso el miedo a las consecuencias. Se culpaba a sí mismo, y esa autoinculpación era algo que no podía permitir. Me acerqué a él, rodeándolo con mis brazos, atrayéndolo hacia mi pecho mientras él temblaba incontrolablemente, sus sollozos ahora audibles, sacudiendo todo su cuerpo. Dejé que llorara, que sacara el veneno de la traición, mi mano acariciando su pelo, mi mente ya fría, calculadora, cambiando del modo amante al modo estratega. La tristeza y la rabia por el dolor de Fabián eran reales, pero bajo ellas, una capa de hielo se estaba formando, una frialdad letal que evaluaba la situación no en términos de sentimientos, sino de logística. Sebastián Vargas no era un amigo traidor; era un problema. Una amenaza directa a mi seguridad, a mi futuro y, lo más importante, a Fabián. Y los problemas, en mi mundo, no se discuten. Se eliminan. Cuando sus sollozos comenzaron a amainar, convirtiéndose en un temblor agotado, lo aparté suavemente, lo suficiente para poder mirarlo a los ojos. Me incliné y le besé la mejilla, un beso tierno y firme que era a la vez un consuelo y una sentencia de muerte. — No te preocupes más por esto. Yo me encargo. Con una calma que se sentía completamente ajena al caos emocional de la habitación, me levanté de la cama y busqué mi propio teléfono en el bolsillo de mis pantalones, tirados en el suelo. Fabián me observó desde la cama, sus ojos rojos e hinchados llenos de una confusión y una desesperación infantiles, un hombre perdido que buscaba un faro en la oscuridad. Desbloqueé mi teléfono, ignoré las notificaciones de condolencias y abrí mi lista de contactos, desplazándome hasta encontrar un nombre que no era un nombre, sino una designación: “Limpieza”. Abrí una nueva conversación y mis pulgares se movieron sobre la pantalla táctil con una velocidad y una precisión que desmentían la tormenta que se había desatado. El mensaje fue corto, críptico y desprovisto de cualquier emoción. “Tenemos una fuga. Teniente Sebastián Vargas, Inteligencia Naval. Problema de seguridad nacional. Contención permanente y discreta. Urgente”. Lo leí una vez, comprobando la exactitud de los datos, y pulsé enviar sin un atisbo de duda. Unos segundos después, el teléfono vibró con la respuesta, una única palabra: “Recibido”. Borré la conversación, apagué el teléfono y lo dejé sobre la cómoda. El problema estaba arreglado. El mundo de Fabián, y el mío, volverían a estar a salvo. El coste de esa seguridad era irrelevante. Me volví hacia Fabián, una sonrisa tranquila y tranquilizadora en mis labios, mi rostro una máscara de confianza absoluta que no dejaba entrever la orden de ejecución que acababa de firmar. Me senté de nuevo en el borde de la cama y tomé sus manos frías entre las mías, infundiendo mi calor en las suyas. — Ya está. El problema ha desaparecido. Te doy mi palabra de que ese hombre no volverá a molestarte. Nunca más. — ¿Qué? ¿Cómo? ¿Qué has hecho, Diego? ¡No puedes enfrentarte a él! ¡Sería tu palabra contra la suya, te destruiría! — No me he enfrentado a nadie. Simplemente he activado un protocolo. Hay ciertas… ventajas en mi posición. Ciertas palancas que puedo accionar para que los problemas desaparezcan de forma silenciosa y eficiente. No necesitas saber los detalles. Solo necesitas saber que estás a salvo. Que estamos a salvo. — Pero… — Confía en mí, Fabián. ¿Confías en mí? Él me miró, su mente atormentada luchando por procesar la rapidez, la finalidad de mi declaración. Vio la seguridad inquebrantable en mis ojos, sintió la calma absoluta en mi tacto, y en su estado de vulnerabilidad, se aferró a esa certeza como un náufrago a una roca. La idea de que el problema simplemente pudiera ser borrado era demasiado tentadora como para cuestionarla, un milagro en medio de su pesadilla. Asintió lentamente, un movimiento casi imperceptible, sus ojos todavía llenos de una duda temerosa, pero también de una creciente y desesperada esperanza. Confiaba en mí. Lo que él no sabía, y lo que nunca sabría, era la verdadera naturaleza del protocolo que yo había activado. No había ninguna palanca burocrática, ninguna transferencia discreta a una base en el Ártico. Mi mensaje no había ido a un superior, sino a un equipo de operaciones encubiertas que me debía lealtad personal, hombres entrenados para neutralizar amenazas al estado de la forma más permanente posible. En algún lugar de la ciudad, un teléfono acababa de recibir unas coordenadas. Un equipo se estaba movilizando. Y la vida del Teniente Sebastián Vargas, el amigo de la infancia, el hermano, el chantajista, había entrado en sus últimas horas. Y mientras atraía a Fabián de nuevo a mis brazos, acunándolo, susurrándole promesas de seguridad, sentí una oleada de poder tan fría y tan pura que me heló la sangre en las venas. Había matado para protegerlo. Y no sentía absolutamente nada. Solo el inmenso y aterrador alivio de saber que nuestro secreto, por fin, estaba a salvo.
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