Capítulo 42.

2354 Palabras

El sobre, de un color manila insípido y oficial, yacía sobre la mesa de centro de caoba como una lápida en miniatura, un rectángulo de papel que contenía las cenizas de dieciocho años de mi vida, destiladas en la jerga fría e impersonal de los tribunales. Hacía días que el drama del intento de suicidio de Beatriz se había disipado, reemplazado por una tregua tensa y silenciosa dictada por los abogados, y nosotros habíamos regresado a la casa, a mi casa ahora, un palacio de mármol y silencios que Fabián y los niños intentaban, con una valentía conmovedora, transformar en un hogar. El aire ya no olía exclusivamente al perfume de jazmín de Beatriz, sino que ahora se mezclaba con el aroma a sándalo de la colonia de Fabián y el olor a pintura al óleo de los lienzos de Lucía, una nueva sinfonía

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