El sol de la mañana se alzaba sobre el complejo militar, sus primeros rayos cortando el aire fresco y proyectando largas sombras sobre el campo de entrenamiento, un vasto terreno de tierra compacta y obstáculos de madera. Una frialdad deliberada se había apoderado de mí, una armadura de hielo forjada durante la noche para contener el caos que amenazaba con consumirme. Llegué a la armada con la determinación de un general marchando a la batalla, mi rostro una máscara de severidad y mis ojos azules, desprovistos de cualquier emoción, observando el mundo con una distancia calculada y precisa. No había espacio para Fabián en mi mente; cada recuerdo de sus ojos verdes, cada eco de su voz, fue sistemáticamente desterrado a los rincones más oscuros de mi conciencia, reemplazado por la rutina, la disciplina y el orden inquebrantable de mi vida militar. Mi uniforme, perfectamente almidonado, se sentía como una segunda piel, y el peso familiar de las insignias en mi pecho era un ancla que me mantenía firme contra la marea de pensamientos prohibidos. Hoy no sería el hombre confundido de ayer; sería el Coronel, una figura de autoridad inquebrantable, un pilar de la masculinidad y la rigidez que todos esperaban y respetaban.
La rutina matutina comenzó con una intensidad brutal, diseñada para llevar a los soldados al límite de su resistencia física y mental. Mi voz resonaba en el campo, un trueno autoritario que dictaba cada movimiento, cada ejercicio, sin un ápice de compasión. “¡Más rápido, más alto, más fuerte!” se convirtió en mi mantra, una letanía que me permitía canalizar la tormenta interna hacia un propósito externo y tangible. El sudor empapaba mi camiseta, pegándose a mi piel como un recordatorio del esfuerzo físico que me permitía silenciar la mente, el olor acre del esfuerzo colectivo mezclándose con el aroma a hierba húmeda y tierra removida. Observé a mis hombres correr, saltar y arrastrarse por el barro, sus rostros contraídos por el esfuerzo, y sentí una extraña satisfacción en su agotamiento, un reflejo del mío propio. Cada músculo de mi cuerpo gritaba en protesta, pero yo los empujaba más allá del dolor, encontrando una extraña paz en la agonía física, una distracción bienvenida de la tortura emocional que me esperaba en el silencio. Al finalizar el entrenamiento, los envié a las duchas con una orden seca y cortante, y yo, empapado en sudor y con la respiración agitada, seguí el mismo camino, buscando el alivio del agua para lavar el cansancio y, con suerte, los vestigios de mi debilidad.
Las duchas colectivas eran un espacio amplio y funcional, un lugar de baldosas blancas y tuberías de metal expuestas donde la privacidad era un lujo inexistente. El vapor caliente llenaba el aire, creando una neblina densa que se aferraba a las paredes y empañaba los pocos espejos, un santuario de anonimato donde los rangos se disolvían temporalmente bajo el torrente del agua. El sonido de las gotas golpeando el suelo de cemento y las voces apagadas de los soldados creaban una cacofonía familiar, un ruido blanco que normalmente me resultaba reconfortante. Me despojé del uniforme empapado, dejando que la ropa cayera al suelo con un ruido sordo, y me adentré en la nube de vapor, eligiendo una alcachofa de ducha en una esquina, buscando instintivamente un rincón de soledad en medio de la multitud. El agua caliente cayó en cascada sobre mi espalda, un alivio inmediato para mis músculos tensos, y cerré los ojos por un instante, permitiéndome un momento de tregua. Pero las casualidades son a menudo crueles e incómodas, y cuando abrí los ojos y giré la cabeza para coger el jabón, mi mundo se detuvo. Justo a mi lado, tan cerca que podría haberlo tocado con solo estirar el brazo, estaba Fabián.
Estaba completamente paralizado, el corazón martilleándome contra las costillas con una fuerza que amenazaba con romperlas, cada músculo de mi cuerpo congelado en una mezcla de pánico y fascinación. Ambos estábamos desnudos, despojados de la protección de nuestros uniformes, expuestos en una vulnerabilidad cruda y primordial. El agua se deslizaba por su cuerpo atlético, trazando caminos sinuosos sobre su piel clara y resaltando la definición de sus músculos de una manera que me pareció casi artística. Sus hombros anchos, su pecho firme, su abdomen marcado; cada centímetro de su físico era una obra de arte que mis ojos, novatos en la apreciación de la belleza masculina, devoraban con una avidez que me avergonzaba profundamente. Las gotas de agua se aferraban a las puntas de su cabello n***o azabache y caían lentamente por su rostro, un espectáculo hipnótico y erótico que me dejó sin aliento. Y entonces, mis ojos descendieron, atraídos por una fuerza magnética incontrolable, hacia la evidencia innegable de su virilidad: un m*****o grande y bien formado que colgaba con una confianza natural, una imagen que se grabó a fuego en mi mente y envió una oleada de calor por todo mi cuerpo. Fabián levantó la vista y nuestras miradas se encontraron a través del vapor. Un leve sonrojo coloreó sus mejillas, pero lo disimuló rápidamente, una habilidad que yo, en ese momento, no poseía.
Con un esfuerzo sobrehumano, rompí el contacto visual y giré la cabeza, fingiendo una concentración absoluta en la pared de baldosas frente a mí, pero el daño ya estaba hecho. Mi cuerpo, traicionando a mi mente y a mi voluntad, reaccionó de la misma manera que lo había hecho en la soledad de mi ducha la noche anterior, pero esta vez, la situación era infinitamente más peligrosa. Sentí cómo la sangre se acumulaba, cómo una erección inconfundible comenzaba a formarse, un testimonio vergonzoso y visible del deseo que luchaba por negar con todas mis fuerzas. El pánico se apoderó de mí, un terror frío y visceral ante la idea de ser descubierto, de que alguien más pudiera ver la evidencia de mi desviación. En un movimiento brusco y torpe, cerré el grifo del agua y busqué a tientas mi toalla, fingiendo haber terminado mi ducha mucho antes de lo necesario, mi único pensamiento era escapar de esa situación insostenible. Pero mientras me envolvía en la toalla, ocultando mi traición, una voz tranquila y cercana cortó el aire a mi lado, una voz que reconocí al instante y que me heló la sangre en las venas.
— ¿Ya se va, Coronel? Parece que el agua fría no le sienta tan bien como a otros.
Me giré lentamente, la toalla apretada contra mi cintura como un escudo inútil, y lo encontré observándome, sus ojos verdes brillando con una mezcla de curiosidad y una comprensión que me desarmó por completo. Él lo había notado. La certeza me golpeó como un puñetazo en el estómago, dejándome sin aire.
— El deber llama, soldado. No todos tenemos el lujo de pasar la mañana a remojo —respondí, mi voz sonando más áspera de lo que pretendía, un intento desesperado por recuperar mi autoridad, por restablecer la barrera invisible entre nosotros.
— Por supuesto, Coronel. Pero a veces, tomarse un momento para… enfriar las cosas, puede ser más productivo a largo plazo —replicó él, su tono suave pero cargado de un doble sentido que no pude ignorar. Se enjabonaba el pecho con movimientos lentos y deliberados, sin apartar la mirada de la mía, convirtiendo un acto mundano en algo íntimo y provocador.
— No sé a qué se refiere, Fabián. Y le sugiero que se concentre en sus propias… tareas —mascullé, sintiendo cómo el calor subía por mi cuello. La formalidad de su apellido en mis labios se sentía extraña, una mentira en medio de la cruda honestidad de la situación.
— Me refiero a la tensión, Coronel. Se puede cortar con un cuchillo —insistió él, su voz bajando a un susurro que apenas era audible por encima del sonido del agua— Ayer, en el auditorio, sentí que había algo más allá de su fachada. Y hoy… creo que no me equivoqué.
— Está cruzando una línea muy peligrosa. Le recuerdo su rango y el mío. Esta conversación no debería estar ocurriendo —le advertí, dando un paso atrás, pero el espacio reducido del baño me hacía sentir atrapado, acorralado por su percepción y mi propia vulnerabilidad.
— ¿La línea entre un coronel y un soldado? ¿O la línea entre dos hombres? —cuestionó él, su audacia dejándome sin palabras. Apagó el agua de su propia ducha y se quedó allí, de pie, las gotas resbalando por su cuerpo, completamente indiferente a su desnudez, a la mía, a todo excepto a la conexión que vibraba entre nosotros— No tiene que fingir conmigo, Diego.
Escuchar mi nombre de pila salir de sus labios fue como una descarga eléctrica, una intimidad que no le había concedido y que, sin embargo, se sentía extrañamente correcta. Mi fachada se resquebrajó, la rigidez se derritió bajo la intensidad de su mirada, y por un instante, me permití ser simplemente un hombre, confundido y aterrorizado, frente a otro que parecía entenderme de una manera que nadie más lo había hecho.
— No sabes nada de mí —logré decir, mi voz apenas un murmullo.
— Sé que tiene unos ojos increíblemente tristes para ser un hombre que, aparentemente, lo tiene todo —confesó Fabián, su voz teñida de una empatía genuina que me desarmó— Y sé que lo que pasó aquí… no tiene por qué ser algo de lo que avergonzarse.
— ¿Y qué es exactamente lo que “pasó aquí”? —le reté, aunque ambos sabíamos la respuesta.
— Una reacción. Honesta. Incontrolable. Algo que ninguno de los dos esperaba —respondió él, su calma contrastando con mi tormenta interna— No voy a decir nada, si es eso lo que le preocupa. Este será nuestro secreto.
La palabra “secreto” resonó en el aire húmedo, sellando un pacto no solicitado, creando un vínculo entre nosotros que era tan aterrador como extrañamente reconfortante. Asentí, incapaz de formar palabras, y me di la vuelta, caminando rápidamente hacia los vestuarios, mi corazón latiendo a un ritmo desenfrenado. Me vestí con una velocidad mecánica, mis manos temblando ligeramente mientras abrochaba los botones de mi uniforme, la tela sintiéndose más como un disfraz que nunca. Cuando salí al pasillo, Fabián ya estaba allí, vestido y con el cabello todavía húmedo, esperándome.
— Diego… —comenzó, pero yo levanté una mano para detenerlo.
— No. Aquí no. Nunca más —sentencié, mi voz recuperando algo de su antigua firmeza— Mo que sea que crees que viste, lo que sea que crees que pasó, te equivocas. Fue una… reacción al entrenamiento. Nada más. Olvídalo.
Me alejé sin esperar una respuesta, mis pasos resonando en el pasillo vacío, cada uno de ellos sintiéndose como una mentira. Pero mientras caminaba, una parte de mí sabía que era demasiado tarde. El secreto ya no era solo mío; ahora era nuestro. Y la idea, en lugar de aterrorizarme, encendió una pequeña y peligrosa chispa de algo que se parecía peligrosamente a la esperanza en medio del naufragio inminente de mi vida.